EL HUESO QUE QUEMA: MARX ARRIAGA Y LA PATALETA DE LOS QUE NO SUELTAN
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Sábado 14 de febrero de 2026
Marx Arriaga Navarro, hasta ayer director general de Materiales Educativos de la SEP —el mismo que parió los libros de texto más polémicos de la Cuarta Transformación—, fue defenestrado con la delicadeza de un golpe de Estado de opereta. Notificación verbal, policías en la puerta, oficinas en avenida Universidad convertidas en escenario de telenovela barata.
Él, doctor en Filología Hispánica y autoproclamado guardián de la “Nueva Escuela Mexicana”, se atrincheró exigiendo acta de despido como si el cargo fuera su útero y la SEP su placenta. No se iba. No soltaba. El hueso, ese hueso jugoso del presupuesto y el micrófono, le quemaba las manos, pero prefería quemarse vivo antes que soltarlo.
Hay un tipo humano que se repite en la historia de todos los regímenes: el que llega creyéndose indispensable y, cuando lo bajan del pedestal, se convierte en caricatura de sí mismo. No es lealtad, es adicción. No es convicción, es codependencia. Se aferran al hueso aunque el hueso ya esté pelado, aunque huela a carroña, aunque todo el mundo los mire con esa mezcla de lástima y asco que reservamos para los que no saben perder.
Marx Arriaga no es excepción: es el espécimen perfecto. Un funcionario que diseñó materiales educativos con la solemnidad de un profeta y ahora llora porque el nuevo gobierno —el de la misma 4T, ojo— se atreve a cambiar el libreto. Patético, pero instructivo.
Porque el problema no es que lo hayan corrido. El problema es la forma en que lo digiere: con insultos, con acusaciones de traición, con tuits que más parecen berrinches de adolescente que análisis político. Cuestiona al gobierno de Claudia Sheinbaum con la misma delicadeza con que un borracho cuestiona a su ex en la cantina.
Y aquí viene lo interesante: no es solo rabia. Es un problema emocional de manual. Como explicaba el psicoanalista Heinz Kohut, el “narcisista rabioso” surge cuando el yo grandioso se siente herido de muerte. El sujeto no debate: ataca. No argumenta: escupe. Porque admitir que el proyecto sigue sin él equivaldría a admitir que nunca fue tan esencial como creía. Y eso, para ciertos egos, es insoportable.
Marx Arriaga no es el primero ni será el último. La Cuarta Transformación está llena de estos personajes: los que confundieron lealtad con propiedad privada, los que creyeron que el hueso era suyo por derecho divino y ahora, al verlo en otras manos, prefieren romperlo antes que compartirlo. Se sienten traicionados porque en el fondo nunca entendieron que la transformación era colectiva, no su patrimonio personal. Y en lugar de retirarse con dignidad, optan por el escándalo. Como si el escándalo les devolviera la relevancia que ya perdieron.
Al final, la defenestración de Marx Arriaga no es solo un cambio de piezas en la SEP. Es un espejo. Un espejo donde se reflejan todos los que, en nombre de la pureza ideológica, se niegan a soltar el hueso aunque ya les esté pudriendo los dientes. Y mientras tanto, la presidenta Sheinbaum sigue adelante, con la serenidad de quien sabe que el poder no se mide en oficinas ocupadas, sino en proyectos que sobreviven a sus arquitectos. A algunos, esa serenidad les duele más que cualquier golpe. Y duele, claro, porque revela lo que siempre sospecharon: que el hueso nunca fue tan importante. El problema siempre fueron ellos.
