La resistencia encapuchada: anonimato, poder y fractura en la UAEM
LA CRÓNICA DE MORELOS
Jueves 19 de marzo de 2026
Por Guillermo Cinta Flores
En las últimas semanas, la Universidad Autónoma del Estado de Morelos se convirtió en un escenario de confrontación abierta. Lo que inició como una legítima indignación colectiva ante los feminicidios de las estudiantes Kimberly Joselin Ramos Beltrán y Karol Toledo Gómez —ocurridos en un contexto de inseguridad que muchos perciben como negligencia institucional— derivó en un paro indefinido que ya supera las tres semanas.
En el centro de esta movilización destacan los llamados “encapuchados” del Movimiento de Resistencia Estudiantil: figuras vestidas completamente de negro, con rostros cubiertos por pasamontañas o capuchas, que controlan accesos, mantienen tomas en rectoría y en varios campus, y dictan el ritmo de las negociaciones.
No se trata de un detalle estético ni de una moda pasajera. El atuendo uniforme —pantalones oscuros, sudaderas con capucha, guantes, botas y mochilas sin insignias visibles— responde a una estrategia calculada. En primer lugar, ofrece protección inmediata: evita la identificación individual en videos de vigilancia, fotografías o búsqueda en redes. Los estudiantes han denunciado amenazas de muerte, agresiones físicas durante irrupciones contrarias y filtraciones de material por parte de la propia universidad para criminalizar la protesta. En un estado donde la violencia feminicida y la presencia de grupos delictivos rondan los campus, el anonimato reduce el riesgo personal de represalias selectivas.
Esta forma de presentarse remite a tradiciones históricas de resistencia en México. Desde el zapatismo de 1994 —“nos cubrimos el rostro para que nos vean” como los sin rostro del sistema— hasta las movilizaciones estudiantiles de Ayotzinapa o las huelgas universitarias pasadas, el enmascaramiento ha sido un recurso para proteger a quienes desafían estructuras de poder. En el caso morelense, se combina con el negro como símbolo de duelo colectivo por las compañeras asesinadas, y con elementos de luto en marchas masivas: flores, veladoras y consignas que recuerdan a las víctimas.
Desde una perspectiva sociológica, el uniforme genera desindividuación: en un grupo indistinguible, la responsabilidad personal se diluye y surge una audacia colectiva mayor. Políticamente, representa acción directa horizontal, sin líderes visibles que puedan ser cooptados, arrestados o difamados. Evita que el movimiento dependa de figuras mediáticas y lo posiciona como resistencia pura frente a una federación estudiantil percibida como alineada con la rectora Viridiana Aydeé León Hernández y el gobierno estatal.
En su obra clásica Psicología de las masas (1895), Gustave Le Bon describe cómo el individuo, al integrarse en una multitud, experimenta una transformación radical: la desaparición de la personalidad consciente y su sustitución por una mente colectiva inconsciente, impulsiva e irracional. El anonimato juega un papel central en este proceso; al diluirse la identidad personal dentro del grupo numeroso e indistinguible, surge una certeza de impunidad que libera instintos reprimidos en la vida cotidiana. Le Bon argumenta que, en la masa, el sentimiento de responsabilidad individual se evapora porque nadie puede ser señalado ni castigado de forma aislada: “la noción de una considerable fuerza impulsora debida al número” y la ausencia de consecuencias personales permiten acciones heroicas o criminales que el mismo individuo rechazaría en soledad. Esta dinámica explica la audacia colectiva, la sugestión contagiosa y la exageración emocional que caracterizan el comportamiento de masas, donde la inteligencia crítica se atenúa y prevalecen las emociones primitivas. En el contexto de los encapuchados de la UAEM, el uniforme negro y el rostro cubierto potencian precisamente este anonimato leboniano, convirtiendo a un conjunto de estudiantes vulnerables en una fuerza colectiva audaz, difícil de desarticular y capaz de sostener un paro prolongado frente al poder institucional.
¿De dónde proviene su poder ante las autoridades universitarias? No radica solo en la legitimidad moral de las demandas —justicia por los feminicidios, protocolos de seguridad reales, transparencia y no represalias—, sino en un poder fáctico incontestable: controlan el territorio físico. La toma de rectoría, el campus Chamilpa y otras unidades paraliza la vida académica de decenas de miles de estudiantes, genera presión económica e imagen negativa nacional. La rectora ha tenido que entregar cartas de garantías colectivas (la más reciente el 19 de marzo, entregada en persona por un funcionario en la puerta tomada), reconocer la legitimidad del movimiento y convocar diálogos. El gobierno estatal lanzó un Plan Integral de Seguridad Universitaria, pero no logra romper la dinámica: los estudiantes rechazan ofertas por considerarlas insuficientes o individualizantes y dictan los tiempos (“se tomarán su tiempo para responder”).
Sin embargo, esta fuerza no es absoluta ni unánime. El paro ha fracturado a la comunidad: grupos de estudiantes, encabezados por la Federación de Estudiantes, han irrumpido en facultades como Medicina para romper candados y recuperar espacios, acusando vandalismo (destrucción de cámaras) y daños a la infraestructura. Otros planteles votaron por regresar a clases. La narrativa oficial y algunos medios los tildan de “infiltrados” o “porros”, mientras que los resistentes denuncian intervención gubernamental y agresiones para dividir el movimiento.
Al final, el conflicto revela una tensión profunda: la universidad no puede funcionar sin sus estudiantes, pero el costo de un paro prolongado —pérdida de semestre, cancelación de eventos, imagen deteriorada— obliga a negociar.
Los encapuchados no solo protegen su identidad; transforman la vulnerabilidad individual en fuerza colectiva anónima que obliga al poder a ceder terreno. Mientras el duelo por Kimberly y Karol siga sin respuestas plenas, esta resistencia vestida de negro seguirá marcando el pulso de la UAEM. La pregunta pendiente es si el anonimato servirá para construir soluciones duraderas o si, en la fractura actual, acabará diluyendo la indignación legítima que lo originó.
