RATAS DE DOS PATAS: LA ESCALADA DEL ROBO CON VIOLENCIA EN CUERNAVACA Y OTROS MUNICIPIOS
CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Miércoles 1 de abril de 2026
En los primeros tres meses de 2026, Cuernavaca y varios municipios morelenses han registrado un repunte alarmante en los robos a mano armada y asaltos con violencia. Ya no se trata de incidentes aislados en colonias periféricas: los delincuentes irrumpen en pleno centro, en avenidas transitadas y hasta en comercios emblemáticos.
El asalto reciente al Sanborn’s Casa de Piedra es apenas el ejemplo más visible de una ola que parece no tener freno. Las “ratas de dos patas”, como las llama el sentido común popular, andan desatadas y ya no respetan ni horarios, ni lugares ni personas. La incidencia ha crecido de manera sostenida, según las propias cifras que circulan en redes y reportes vecinales, y los ciudadanos lo perciben en la calle con mayor temor y menos confianza.
La raíz económica de este fenómeno es innegable. Los primeros meses del año han sido de sequía pura: inflación que no cede, empleos precarios y un poder adquisitivo que se evapora. Mientras los gobernantes insisten en que “todo está de maravillas”, la realidad cotidiana muestra lo contrario. Los programas sociales federales, que supuestamente debían contener la delincuencia juvenil, no fructifican. Muchos jóvenes, sin oportunidades reales y con el ejemplo de la impunidad a la vista, optan por el camino más corto: el asalto. La pobreza no justifica el crimen, pero sí lo explica y, sobre todo, lo multiplica cuando se combina con la ausencia de políticas efectivas de reinserción y empleo.
A esto se suma la laxitud institucional. Las policías municipales lucen más preocupadas por el cobro de “cuotas” que por la prevención. La llegada de un nuevo mando en Cuernavaca prometía mano dura y mejores condiciones de seguridad; sin embargo, los resultados brillan por su ausencia. Peor aún: persiste la confabulación entre algunos elementos policiacos y las pandillas, un cáncer que erosiona desde dentro cualquier intento de control. Cuando los que deben cuidar el orden se convierten en parte del problema, los ciudadanos quedan desprotegidos y los delincuentes actúan con mayor descaro.
El vacío generado por la captura de algunos “generadores de violencia” tampoco ha sido llenado con inteligencia ni estrategia. Donde cae un capo, surge otro más joven, más violento y con menos escrúpulos. El ciclo se repite porque no se ataca la estructura de fondo: la corrupción, la falta de coordinación entre los tres niveles de gobierno y la nula reinserción social. Mientras tanto, los morelenses pagan la factura con miedo, con pérdidas materiales y, en el peor de los casos, con la vida.
El panorama no es optimista. Todo indica que la tendencia se agravará conforme avance 2026 si no hay un cambio radical en la estrategia de seguridad y una mejora palpable en las actividades económicas.
La ciudadanía ya no cree en discursos ni en números maquillados. Exige resultados concretos: policías honestos, coordinación real y políticas que generen empleo y oportunidades. Mientras eso no ocurra, las ratas de dos patas seguirán campando a sus anchas y Cuernavaca, la otrora “ciudad de la eterna primavera”, se convertirá en sinónimo de inseguridad. El reloj corre y la paciencia de la gente se agota.
