EL CAMPO PROTESTA MIENTRAS EL TURISMO CELEBRA

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Miércoles 8 de abril de 2026
Entre el lunes y hoy, Morelos vivió dos realidades que se rozan sin tocarse del todo. Por un lado, las autoridades reportaron con satisfacción la llegada de casi 200 mil visitantes durante el primer fin de semana de abril, un respiro para balnearios, hoteles y restaurantes después de una Semana Santa que, aunque no rompió récords, dejó buenos números en ocupación. Por el otro, campesinos bloquearon la autopista Siglo XXI a la altura de Amilcingo exigiendo precios justos para el maíz y el sorgo, hartos de una competencia desleal que amenaza con dejar sin sembrar cientos de hectáreas este ciclo. Dos caras de la misma moneda: una economía que depende del ocio de unos y del sudor de otros.
El bloqueo de los productores no fue un capricho. Los precios del grano se han desplomado por las importaciones masivas, y los pequeños agricultores ven cómo sus costos de producción superan lo que reciben en el mercado. Mientras tanto, el gobierno estatal anuncia inversiones en caminos de Ayala y modernización de medios públicos, pero el campo sigue sintiendo que sus voces se diluyen entre conferencias de prensa y anuncios de obra. La gobernadora Margarita González Saravia ha reiterado su compromiso con el sector rural, pero las movilizaciones del lunes pudieran proyectar que las palabras aún no se traducen en resultados tangibles para quien siembra.
Al mismo tiempo, el turismo muestra su fortaleza como vocación histórica del estado. Cuernavaca, Tepoztlán y los balnearios del sur recibieron a miles de capitalinos y extranjeros en busca de sol, aguas termales y tranquilidad. Sin embargo, esta bonanza estacional no puede ocultar las grietas estructurales. Si el campo se debilita, también lo hace la oferta gastronómica y cultural que tanto atrae a los visitantes. Un Morelos sin productores locales es un destino que pierde autenticidad y, a la larga, competitividad.
Llama la atención que, en medio de estas tensiones, sigan apareciendo problemas paralelos como los 23 casos confirmados de gusano barrenador en varios municipios o las denuncias de maestros por pagos pendientes en el IEBEM. El estado parece correr en varias direcciones: rehabilitando caminos, combatiendo plagas biológicamente en la caña y atendiendo quejas laborales, pero sin una estrategia que integre el desarrollo rural con el turístico. La reactivación post-pandemia y el cierre de grandes industrias como la planta Nissan en CIVAC han dejado un vacío que el campo y el turismo intentan llenar por separado.
Morelos necesita dejar de vivir en dos velocidades. El éxito de un fin de semana turístico no debe opacar la urgencia de resolver las demandas del campo con apoyos reales, precios garantizados y control de importaciones que afecten la producción nacional. Si el gobierno logra articular una política que fortalezca al productor sin descuidar al visitante, el estado podría aspirar a un crecimiento más equilibrado y justo. De lo contrario, seguiremos viendo bloqueos en la autopista mientras los balnearios se llenan… hasta que un día el campo ya no tenga nada más que ofrecer. La pelota está en la cancha de las autoridades: unir estos dos Morelos antes de que la brecha se haga insalvable.
