Crónica de una primera mirada: Cuernavaca vista por ojos forasteros
Hace menos de dos semanas, un familiar muy cercano llegó por primera vez a Cuernavaca. Venía de Monterrey, sin prejuicios románticos ni nostalgia local. Solo curiosidad y las expectativas lógicas de quien ha escuchado hablar de “la ciudad de la eterna primavera”.
Le preparamos un tour por los sitios de mayor cartel: el Palacio de Cortés, los Jardines de México, el centro histórico, alguna plaza arbolada y los miradores que aún conservan algo de la fama verde de antaño.
El clima, eso sí, lo conquistó desde el primer día. “Esto no se paga con nada”, repetía. Temperatura perfecta, brisa que mueve las hojas, vegetación que brota casi con insolencia. Árboles frondosos, bugambilias, jacarandas y esa sensación de estar en un jardín gigante. En eso no hubo discusión: Cuernavaca sigue teniendo un clima sensacional.
Pero la belleza natural chocaba, una y otra vez, con la realidad construida. El contraste fue tan brutal que resultaba incómodo. Zonas donde la basura se acumula sin que nadie parezca avergonzarse, calles enteras convertidas en basureros improvisados. El anfitrión, morelense de corazón, quería que se lo tragara la tierra cada vez que pasaban frente a montones de desechos que nadie recogía.
El centro citadino, ese que debería ser la postal de la ciudad, fue lo peor del recorrido: sucio, descuidado, con una dejadez que duele.
Y luego están las calles. Baches profundos, parches mal hechos que duran dos lluvias y, sobre todo, las zanjas abiertas por el SAPAC y abandonadas a su suerte.
El visitante lo resumió con crudeza: “Parece que reparan para dejar peor que antes”. El pavimento se ha vuelto un ejercicio de esquivar hoyos, costuras y huecos que obligan a manejar como en un rally de obstáculos.
Otro elemento que le llamó poderosamente la atención fueron los vendedores ambulantes y semifijos. Por cualquier lado, en cualquier esquina, ocupando banquetas, reduciendo carriles, invadiendo cruceros. “No hay un solo metro libre”, comentó. No era juicio moral, era simple observación: la ciudad parece haber renunciado a ordenar el espacio público.
Lo que más le impactó, sin embargo, fue el contraste violento entre la miseria urbana y las enormes residencias que asoman detrás de bardas altas y jardines impecables. Belleza privada rodeada de descuido colectivo. Ricos enclaves verdes junto a calles rotas y sucias. Esa dualidad tan mexicana, pero tan descarada aquí, le quedó grabada.
Al dejarlo en la terminal México-Zacatepec para regresar a Monterrey, el veredicto fue equilibrado pero sin adornos:—Clima de ensueño, muchos árboles, mucha vegetación… pero qué fuerte contraste entre lo feo y lo ostentoso. Y las calles… uf.
No fue una crítica feroz. Fue algo más incómodo: la impresión fresca de quien no tiene que defender ni justificar nada. Solo vio lo que cualquier ojo sin costumbre ve al llegar: una ciudad bendecida por la naturaleza y castigada por el abandono de sus propios habitantes y autoridades.
Cuernavaca sigue siendo hermosa. Pero su belleza, hoy, exige mucho esfuerzo para ser percibida entre tanto descuido. Y eso, un forastero lo nota en dos días. Los locales, a veces, ya ni lo ven.
