¿VOTO EN CASCADA O VOTO CONSCIENTE? EL PULSO REAL DEL ELECTORADO MEXICANO

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Viernes 24 de julio de 2026
Desde hace muchos años he analizado cómo votan los electores mexicanos. Aunque el voto en cascada —donde el arrastre del candidato presidencial define el resto de la boleta— se ha debilitado frente a patrones más selectivos, no ha desaparecido. Se demostró con claridad en las elecciones de Andrés Manuel López Obrador en 2018 y de Claudia Sheinbaum en 2024, especialmente en estados como Morelos. El arrastre presidencial sigue activándose cuando hay figuras carismáticas nacionales o locales con fuerte popularidad, combinando lealtad partidista con simpatía personal.
En 2018, Cuauhtémoc Blanco ganó la gubernatura de Morelos con más del 52 por ciento de los votos, una cifra histórica. Su imagen como exfutbolista ídolo de multitudes, sumada a la poderosa ola de AMLO, generó un voto en cascada evidente. Los aficionados al fútbol y los simpatizantes del cambio nacional cruzaron boletas por el “Cuau”, impulsados tanto por el carisma del candidato como por el contexto nacional. Sin embargo, recuerden ustedes que en 2018, AMLO y Blanco formaron parte de la coalición “Juntos Haremos Historia”, integrada por Morena, PES, PT y Verde. Casi nadie votó por el PES en favor de su candidato gubernamental en Morelos (Blanco), pero sí con el voto en cascada por Morena y López Obrador. Ese arrastre se replicó en alcaldías y legislatura local.
Algo similar ocurrió en 2024 con Sheinbaum, donde Morelos mostró fuerte alineación entre la presidencial y las preferencias estatales, confirmando que el voto en cascada revive con líderes fuertes o personalidades reconocidas.
Empero, este fenómeno no es ya la norma automática de hace décadas. Las encuestas revelan que los candidatos presidenciales se mueven en una franja estrecha, alrededor del 28 al 35 por ciento, y la decisión final suele definirse entre los indecisos.
El voto se ha vuelto más reflexivo: la gente distingue entre poderes, evalúa personas más que partidos y considera qué tipo de gobierno espera de cada opción. El Legislativo gana peso propio y el voto selectivo o diferenciado es cada vez más común, aunque convive con arrastres presidenciales en momentos de alta polarización o entusiasmo.
En las elecciones locales, sobre todo en municipios pequeños, prevalece el factor confianza, cercanía y conocimiento directo del candidato. Allí el voto personal y la percepción de conveniencia superan al arrastre nacional. Esto explica por qué, incluso en años de fuerte ola presidencial, aparecen diferencias notables entre los resultados federales y los locales. El elector razona según el nivel de gobierno y el contacto que tiene con el aspirante.
Las propuestas reales suelen quedar enterradas bajo una cortina de ataques sistemáticos o provocados. Es necesario excavar en la información para comparar plataformas. Algunos candidatos las presentan con mayor claridad, pero la tarea de facilitar esa comparación corresponde a medios, analistas y ciudadanos. Mientras tanto, las actitudes de los candidatos adquieren mayor relevancia: cómo responden ante crisis, cómo se blindan o deslindan de escándalos, y qué coherencia muestran entre discurso y acciones. Las campañas pragmáticas a menudo se alejan de los principios partidistas, por lo que el carácter y la autenticidad percibida terminan pesando más.
Conceptos como el voto útil y el diferenciado siguen circulando como supuestas estrategias inteligentes, pero en realidad son trampas oportunistas. El voto útil desincentiva apoyar convicciones y reduce la competencia a solo dos opciones. El diferenciado invita a mezclar partidos como en una lotería, priorizando el triunfo sobre el proyecto. Ambos convierten al ciudadano en calculador pragmático y pueden llevar a que termine apoyando gobiernos contrarios a sus intereses reales.
La dignidad ciudadana exige votar conforme a principios, aunque el candidato elegido no tenga chances inmediatas de ganar. Es una forma poderosa de rechazar la corrupción, el oportunismo y la demagogia. Cuando se vota por proyectos, programas y plataformas concretas, se fortalece la democracia y se reduce el peso de la mera mercadotecnia electoral. Esa consistencia ideológica es la que puede sentar bases más sólidas para el país a largo plazo.
El caso de Cuauhtémoc Blanco ilustra perfectamente cómo el voto en cascada sigue vigente: su popularidad futbolística atrajo votos emocionales que se potenciaron con la ola nacional de Morena. Muchos electores cruzaron boletas por simpatía al movimiento y por identificación con la figura del candidato. En 2024, el fenómeno Sheinbaum mostró lealtad similar en varios estados. El voto en cascada no está muerto; se activa con líderes carismáticos o en contextos de fuerte identificación nacional, aunque convive con un creciente segmento que vota de forma más diferenciada, priorizando perfiles individuales.
En este panorama, la polémica propuesta de la abogada e influencer Natalia “Nat” Torres resulta oportuna. En un podcast reciente planteó que no todos deberían votar de la misma manera y sugirió que el INE implementara un examen de conocimientos cívicos e historia para acceder al voto. Tras las críticas por supuesto clasismo, matizó su idea: no prohibir el sufragio, sino establecer un curso formativo previo a la credencial de elector, similar al proceso para obtener una licencia de conducir. El objetivo es formar un electorado más informado, capaz de entender la estructura del Estado y evaluar propuestas con criterio, ya sea en voto en cascada o selectivo.
El dilema central persiste: universalidad versus calidad informada del voto. El voto en cascada demuestra que las emociones, el carisma y las olas nacionales siguen moviendo masas, pero un electorado mejor preparado podría hacer que ese voto sea más consciente y menos susceptible a manipulaciones. México requiere equilibrar ambos: respetar el sufragio universal como pilar democrático mientras se fortalece la cultura cívica. Solo así, ya sea en cascada o diferenciado, el voto contribuirá verdaderamente a una democracia más madura y responsable.
Por lo demás, debemos recordar una de las declaraciones más controversiales de Andrés Manuel López Obrador, expresada en su conferencia matutina del 7 de junio de 2022. En ella, el entonces presidente citó al escritor Francisco Martín Moreno, quien había afirmado que “Morena obtiene sus votos con la gente más ignorante. Entre más analfabetismo, más apoyo a Morena”. AMLO reprodujo la frase para criticar el clasismo y el desprecio de sus opositores hacia el pueblo, contrastándolo con su visión de que los sectores humildes son leales, conscientes y agradecidos. Sin embargo, el fragmento fue viralizado como si el mandatario estuviera reconociendo o celebrando que los pobres e ignorantes votan por su movimiento, cuando en realidad lo usaba para denunciar el elitismo de sus críticos. En otras mañaneras, López Obrador insistió en que los pobres no tienen malicia, son solidarios y han sido el principal soporte de la transformación, mientras acusaba a sectores medios y altos de ser más manipulables por la información opositora. Me parece que lo antes escrito se inserta en el voto emocional, al cual me referiré en otra columna.
