LA TENTACIÓN DEL CONTROL MEDIÁTICO EN LOS REGÍMENES TOTALITARIOS
LA CRÓNICA DE MORELOS
Martes 28 de julio de 2026
E D I T O R I A L
En la serie documental de Netflix “Cómo se convirtieron en tiranos”, el control de los medios de comunicación y de la información aparece como una de las reglas centrales del “manual” para ejercer el poder absoluto.
Desde Hitler hasta Stalin, pasando por la dinastía Kim, los dictadores retratados no improvisan: comprenden que quien domina la narrativa domina la realidad percibida por la población.
Ese patrón histórico no es casualidad; revela una tentación estructural que todo gobierno totalitario termina por sentir con fuerza.
Hay una constante histórica que la serie pone sobre la mesa con ironía brutal: todo régimen que aspira a ser totalitario termina, tarde o temprano, codiciando el control de los medios de comunicación. No es un capricho estético ni una paranoia pasajera. Es una necesidad estructural del poder absoluto.
Un régimen totalitario no puede tolerar que exista una versión de los hechos distinta a la suya. La realidad debe ser una sola: la que emana del líder o del partido. Cuando los ciudadanos pueden contrastar información, preguntar, dudar o simplemente ver lo que ocurre en otro lado, el relato oficial se resquebraja.
Por eso la tentación es tan poderosa y tan recurrente: quien controla la información controla la percepción de la realidad, y quien controla la percepción de la realidad controla a la población.
Esta tentación opera en varias capas. La primera es defensiva: silenciar la crítica, ocultar los fracasos, esconder los cadáveres (literales o figurados). La segunda es ofensiva: fabricar un enemigo, magnificar los logros, convertir al gobernante en héroe, padre o dios. La tercera es existencial: impedir que la gente se imagine un mundo diferente. Sin medios independientes no hay contrapeso, no hay memoria colectiva alternativa y, en última instancia, no hay posibilidad real de oposición organizada.
Lo que vuelve peligrosa esta tentación no es solo la violencia abierta (aunque suele acompañarla). Es la sutileza con la que se justifica. Casi nunca se presenta como “quiero censurar”. Se presenta como “proteger al pueblo de la desinformación”, “garantizar la unidad nacional”, “combatir las fake news de los enemigos del pueblo” o “asegurar que la narrativa histórica sea correcta”.
El lenguaje es paternalista; el objetivo, totalitario.
La historia demuestra que una vez que se acepta que el Estado tiene derecho a definir qué es verdad y qué no, el resto de las libertades cae en dominó. Libre expresión, libre asociación, libertad de prensa, derecho a la información: todo se vuelve subsidiario de la “verdad oficial”. Y cuando esa verdad oficial colapsa (porque siempre colapsa: la realidad es terca), el régimen suele responder con más control, no con más transparencia.
En las democracias imperfectas, la tentación también existe. Aparece cada vez que un gobierno se siente amenazado por la crítica, cada vez que un funcionario prefiere un “periodismo amigo” a un periodismo incómodo, cada vez que se intenta regular “contenidos dañinos” con definiciones tan amplias que terminan abarcando la disidencia. La diferencia es que en las democracias todavía existen contrapesos institucionales, una sociedad civil y, sobre todo, ciudadanos que recuerdan que la verdad no es propiedad del poder.
La lección que deja “Cómo se convirtieron en tiranos” no es solo histórica. Es contemporánea. El control de los medios no es un síntoma tardío de la tiranía: es una de sus condiciones de posibilidad. Quien lo codicia, ya sea con la brutalidad de Stalin o con los mecanismos más sofisticados del siglo XXI, está revelando qué tipo de poder realmente desea. Y la única vacuna conocida sigue siendo la misma: una prensa libre, imperfecta, molesta y plural, y una ciudadanía que no delegue en nadie el derecho a pensar por sí misma.
