La juventud morelense grita en silencio: ansiedad, incertidumbre y un futuro que se resiste a llegar
LA CRÓNICA DE MORELOS
Miércoles 12 de agosto de 2026
El reciente boletín del SEDIF-Morelos, emitido este martes en el marco del Día Internacional de la Juventud, pone sobre la mesa un dato que debería hacer ruido: 336 jóvenes de 12 a 24 años recibieron orientación psicológica, prevención y promoción de la salud mental. Es una cifra concreta, valiosa y necesaria. Pero también es un termómetro de una crisis que se ha vuelto cotidiana en las aulas, en las casas y en las redes de nuestra juventud.
Los problemas emocionales más reiterados entre adolescentes y jóvenes mexicanos (y morelenses no son la excepción) son claros y contundentes. La ansiedad lidera la lista, seguida de cerca por la depresión y el estrés crónico.
Estudios recientes muestran que cuatro de cada diez personas de 18 a 24 años presentan síntomas graves o muy graves de depresión, ansiedad o estrés. Entre los adolescentes de 12 a 17 años, el malestar psicológico afecta a uno de cada diez, con una marcada diferencia de género: 13.2 por ciento en mujeres frente a 6.9 por ciento en hombres.
La ideación suicida, la planificación y los intentos también se concentran en este grupo etario, triplicando las cifras de la población adulta. No es un “mal de la época” abstracto: es el resultado de una presión constante que se acumula desde la secundaria y se agrava en la transición a la adultez.
¿Cuáles son las preocupaciones que alimentan este malestar?
En primer lugar, la incertidumbre económica y laboral. La falta de empleos dignos, los salarios insuficientes y la dificultad para independizarse generan una sensación de estancamiento. Muchos jóvenes morelenses combinan estudios y trabajo desde temprano, pero ven cómo la vivienda y la estabilidad se alejan.
La inseguridad y la violencia —presentes en la vida cotidiana de Morelos— se suman como un peso emocional permanente.
A esto se añade la sobrecarga informativa: el 70 por ciento de la Generación Z mexicana se siente abrumada por las noticias sobre crisis climáticas, injusticia social e inestabilidad. Las pantallas, que prometían conexión, terminan erosionando el sueño, la concentración y el estado de ánimo.
El acoso escolar, la presión académica y, en algunos casos, la violencia intrafamiliar completan un cóctel que muchos cargan en silencio.
Y sin embargo, sus expectativas de vida no son derrotistas. Paradójicamente, la misma generación que reporta altos niveles de ansiedad mantiene un optimismo notable: siete de cada diez se muestran esperanzados respecto al futuro de su comunidad, de su país y del mundo. Quieren estudiar, trabajar con sentido, retrasar la paternidad o maternidad, y construir proyectos de vida más conscientes. Ya no idealizan la independencia temprana ni la familia tradicional a los 20 años. Prefieren estabilizarse emocional y económicamente antes de dar pasos definitivos. Hay un deseo real de bienestar integral, de salud mental como derecho y de espacios donde se les escuche sin estigma.
El trabajo del SEDIF es un paso en la dirección correcta. Atender el aspecto emocional de cientos de jóvenes, complementar con alimentación, educación y protección de derechos, y hacerlo de manera integral, demuestra que el gobierno estatal entiende que la juventud no se atiende solo con despensas o talleres.
Pero 336 orientaciones, aunque valiosas, son apenas un destello frente a la magnitud del fenómeno. Hace falta más presencia en las escuelas, más acceso gratuito y oportuno a servicios psicológicos, más campañas que normalicen pedir ayuda y menos tabú alrededor de la salud mental.
La juventud morelense no pide compasión; pide herramientas. No quiere que le digan que “todo estará bien”; quiere que se creen las condiciones para que realmente pueda estarlo.
Mientras el SEDIF y el gobierno del estado continúen poniendo a las y los jóvenes en el centro —como instruyó la gobernadora—, habrá margen para convertir la ansiedad en resiliencia y la incertidumbre en proyecto. El silencio emocional de nuestra juventud ya no puede ser la norma. Es hora de escucharlo con acciones concretas y sostenidas.
