LA MEMORIA DEL ELECTOR: ENTRE EL ESCÁNDALO DE HOY Y LA URNA DE MAÑANA
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Miércoles 16 de septiembre de 2026
Me encontré con un viejo y gran amigo, licenciado en Ciencias Políticas y conocedor del análisis y diseño de la comunicación política. Le formulé una pregunta que seguramente ronda hoy por muchas mesas políticas: ¿todo lo que estamos viendo en México y particularmente en Morelos terminará reflejándose contra Morena en las elecciones de 2027 y, después, en las presidenciales de 2030? Su respuesta fue lacónica: “Si lo de la estudiante española hubiera sucedido diez días antes de la elección, sí. Pero dudaría de que le vaya a pegar a Morena, pues la gente es desmemoriada”. Sopas.
La frase puede sonar excesivamente simple, incluso injusta con los electores, pero detrás de ella existe toda una discusión académica. La ciencia política lleva décadas estudiando lo que se conoce como voto retrospectivo: el ciudadano llega a la urna, mira hacia atrás y evalúa cómo gobernaron quienes estuvieron en el poder. Economía, seguridad, corrupción, servicios públicos, crisis y resultados forman parte de ese balance. El problema es que ese examen retrospectivo no necesariamente concede el mismo peso a todo lo ocurrido durante un gobierno.
Ahí aparece un fenómeno particularmente interesante: el sesgo de recencia. Investigaciones experimentales han encontrado que los ciudadanos pueden otorgar un peso desproporcionado a acontecimientos recientes cuando evalúan a un gobierno. Es decir, la memoria política no funciona necesariamente como una computadora que suma cuatro o seis años de acontecimientos y obtiene un promedio exacto. Lo sucedido cerca del momento de decidir puede adquirir una importancia superior a acontecimientos igualmente graves ocurridos mucho tiempo antes.
Un estudio de Miguel Pereira y Nicholas Waterbury resulta todavía más provocador para esta conversación. Al analizar décadas de escándalos políticos en Estados Unidos, encontraron que sus consecuencias electorales disminuyen con relativa rapidez y que los casos surgidos durante el propio año de la elección son los que muestran efectos electorales sistemáticos. Naturalmente, aquello no significa que México se comporte exactamente igual, ni que un feminicidio pueda equipararse a un escándalo político. Lo relevante es el mecanismo: la distancia entre el acontecimiento y la urna importa.
Por eso la observación de mi amigo merece atención, aunque no deba convertirse en una ley universal. El asesinato de Claudia Tacoronte Aguilera ha provocado indignación dentro y fuera de Morelos; este martes estudiantes y docentes de la UAEM se movilizaron para exigir justicia, mientras en España el caso ha tenido repercusiones y la Universidad de Granada canceló estancias académicas previstas en Morelos. Es un acontecimiento de enorme gravedad pública, pero entre septiembre de 2026 y la elección de junio de 2027 todavía habrá meses de acontecimientos capaces de modificar la agenda ciudadana.
Y ése es precisamente el punto. Lo que hoy ocupa primeras planas mañana puede ser desplazado por otra crisis, otro escándalo, una captura importante, una mejoría económica, una obra pública, un programa social, otro hecho violento o cualquier acontecimiento capaz de reorganizar la conversación pública. La agenda política tiene una capacidad extraordinaria para devorarse a sí misma: el acontecimiento nuevo desplaza al acontecimiento viejo, aunque el problema que originó aquel escándalo permanezca sin resolver.
Pero sería un error concluir que los ciudadanos simplemente “olvidan todo”. Una investigación publicada en 2026 cuestiona precisamente una versión demasiado rígida de la miopía electoral y encuentra que las evaluaciones retrospectivas pueden tener horizontes más largos. Dicho de otra manera: algunos episodios desaparecen de la conversación cotidiana, pero pueden integrarse en una percepción acumulativa sobre el desempeño gubernamental. Un homicidio puede olvidarse como fecha y circunstancia específica; otra cosa muy diferente es que permanezca la sensación de que “la inseguridad está peor”.
Ahí estará probablemente una de las claves rumbo a 2027. No necesariamente en determinar cuánto recordará el ciudadano dentro de ocho meses el caso específico de Claudia Tacoronte, sino en observar si éste termina formando parte de una cadena reconocible de acontecimientos. Si los problemas de seguridad, violencia, extorsión o impunidad continúan apareciendo, cada nuevo episodio puede reactivar los anteriores. La memoria individual puede ser corta; la construcción de una percepción social puede ser mucho más resistente.
Existe además otro concepto fundamental: la atribución de responsabilidad. Para que un problema se traduzca en castigo electoral no basta con que el ciudadano conozca el acontecimiento. Tiene que identificar quién considera responsable y, finalmente, transformar esa evaluación en conducta electoral. Los estudios sobre corrupción, por ejemplo, muestran que entre conocer un problema y castigar electoralmente a alguien existen varias estaciones: información, atribución de responsabilidad y decisión de voto. Si cualquiera de ellas se rompe, el castigo puede diluirse.
Por eso resultaría prematuro afirmar hoy que los acontecimientos de 2026 necesariamente perjudicarán a Morena en 2027 o que no tendrán consecuencia alguna. Entre una cosa y otra existen candidatos, campañas, oposición, participación electoral, economía, programas sociales, seguridad y, sobre todo, acontecimientos que todavía no conocemos. Mucho menos podría proyectarse linealmente esta coyuntura hasta 2030. Tres años en política mexicana constituyen prácticamente una eternidad.
Recordé entonces a Roberto Blanco Moheno, aquel periodista, escritor e historiador veracruzano, fundador de la revista Siempre! y colaborador de numerosos medios nacionales, personaje polémico cuyo estilo podía irritar a tirios y troyanos. A él se le ha atribuido durante años una sentencia demoledora que retrata cierta percepción recurrente de nuestra vida pública: “En México pasa todo y no pasa nada”. No pude localizar una fuente primaria que permita asegurar cuándo y dónde la escribió o pronunció, así que conviene conservarla como frase atribuida.
Quizá ahí radique la verdadera cuestión. El problema para cualquier gobierno no es exclusivamente el escándalo de hoy, sino determinar si los acontecimientos aislados terminan convirtiéndose en una narrativa persistente. Cuando diferentes episodios comienzan a ser interpretados por una parte significativa de la sociedad como síntomas del mismo problema —inseguridad, impunidad, corrupción, deterioro económico o incapacidad institucional— el recuerdo de cada caso particular importa menos que la percepción general que dejan.
Así que aquella respuesta de mi amigo no debería leerse como pronóstico electoral, sino como una advertencia sobre los tiempos de la política. Un acontecimiento ocurrido diez días antes de votar puede llegar fresco a las urnas; uno sucedido nueve meses antes deberá competir contra cientos de noticias posteriores. Pero también existe la acumulación. Morena, como cualquier partido gobernante, llegará a 2027 no solamente con aquello que los ciudadanos recuerden, sino con la evaluación que hayan construido sobre su vida cotidiana. Y entonces sabremos si aquella vieja sentencia atribuida a Blanco Moheno continúa describiendo al país: en México puede pasar todo y aparentemente no pasar nada… hasta que llega el día en que algo sí pasa.
