Del Grito de Hidalgo a los “vivas” de 2026: una arenga que cada gobierno hace suya
El Grito de Independencia que cada 15 de septiembre encabezan la Presidencia de la República, gobernadoras, gobernadores y alcaldes tiene un punto de partida histórico, pero no un guion inmutable. De hecho, no existe una transcripción indiscutible de las palabras exactas pronunciadas por Miguel Hidalgo y Costilla en Dolores la madrugada del 16 de septiembre de 1810. Las reconstrucciones históricas difieren, aunque coinciden en que el sacerdote llamó al levantamiento contra el gobierno virreinal y que en las versiones más cercanas a la época aparecen referencias a la Virgen de Guadalupe, Fernando VII, América y el rechazo al mal gobierno.
La precisión es importante porque el Grito que actualmente escuchamos no constituye una reproducción literal de aquel llamado de Hidalgo. Se trata de una ceremonia cívica construida y modificada durante más de dos siglos, hasta consolidar un núcleo relativamente estable de vivas a la Independencia y a personajes como Miguel Hidalgo, José María Morelos, Ignacio Allende, Juan Aldama, Vicente Guerrero y otros protagonistas de la insurgencia.
Durante décadas apareció también el nombre de Josefa Ortiz de Domínguez, como se le conoció tradicionalmente en los libros de historia y en el ceremonial mexicano. Sin embargo, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo ha optado por nombrarla Josefa Ortiz Téllez-Girón, su nombre de nacimiento, en lugar de identificarla mediante el apellido de su esposo, Miguel Domínguez. El cambio forma parte de una tendencia por reconocer a las mujeres de la historia a partir de sus propios nombres.
Los presidentes mexicanos tampoco han repetido exactamente la misma arenga. Vicente Fox utilizó fórmulas relativamente breves; Felipe Calderón incorporó a otros insurgentes, como Hermenegildo Galeana y los hermanos Bravo; Enrique Peña Nieto permaneció más cerca del ceremonial tradicional y Andrés Manuel López Obrador amplió considerablemente el catálogo de vivas hasta incorporar conceptos, sectores sociales y causas que ya no pertenecían estrictamente a la evocación de los acontecimientos de 1810.
Con López Obrador aparecieron, entre otros, vivas a la libertad, igualdad, justicia, democracia, soberanía, fraternidad universal, migrantes, pueblos indígenas y grandeza cultural de México, además de expresiones contra la corrupción, la avaricia, el racismo y la discriminación. El Grito dejó así todavía más claro algo que venía ocurriendo desde tiempo atrás: además de recordar la Independencia, la arenga puede reflejar las prioridades y el discurso político del presidente en turno.
Claudia Sheinbaum continuó esa transformación. En su segundo Grito presidencial, la noche del 15 de septiembre de 2026, mencionó a Miguel Hidalgo y Costilla, Josefa Ortiz Téllez-Girón, José María Morelos y Pavón, Leona Vicario, Vicente Guerrero, Gertrudis Bocanegra, Guadalupe Victoria y Antonia Nava, además de las heroínas y héroes que dieron patria. Después vinieron los componentes contemporáneos: pueblos indígenas y afromexicanos, hermanas y hermanos migrantes, dignidad del pueblo de México, libertad, igualdad, justicia y democracia.
Una de las expresiones más significativas de la ceremonia presidencial de este año apareció prácticamente al final: “¡Viva México libre, independiente y soberano!”. La soberanía adquirió así un lugar destacado dentro de la arenga presidencial de 2026, antes de los tradicionales tres “¡Viva México!”.
Pero la modificación del Grito no ocurre solamente en Palacio Nacional. Un recorrido por distintas entidades permite observar cómo gobernadoras y gobernadores incorporan personajes regionales, reivindicaciones sociales, conceptos políticos e incluso expresiones directamente relacionadas con los problemas contemporáneos de sus estados.
En Morelos, la gobernadora Margarita González Saravia incorporó personajes estrechamente relacionados con la historia de la entidad, como Mariano Matamoros, Juana Barragán y Fermina Rivera, además de reconocer a mujeres de la Independencia, migrantes y pueblos originarios. La ceremonia adquirió así una dimensión regional: junto a los héroes nacionales aparecieron figuras vinculadas directamente con la memoria histórica morelense.
En Puebla, Alejandro Armenta llevó la actualización todavía más lejos. Además de Miguel Hidalgo, Morelos y otros personajes históricos —utilizando también el nombre de Josefa Ortiz Téllez-Girón—, incorporó a Carmen Serdán y a otras mujeres, pero la expresión que sobresalió fue “¡Vivan las madres y familias buscadoras!”. También incluyó a la presidenta Claudia Sheinbaum. De esta manera, una problemática dramáticamente contemporánea, la desaparición de personas y la lucha de sus familiares por encontrarlas, llegó al ceremonial de la Independencia.
Algo semejante ocurrió en Guanajuato, precisamente donde comenzó el movimiento insurgente. La gobernadora Libia Dennise García agregó numerosos personajes femeninos relacionados con la historia regional y nacional: Tomasa Esteves, Gertrudis Armendáriz, Manuela Taboada, María Josefa Marmolejo y María Ignacia Rodríguez, entre otras. También incorporó a las mujeres insurgentes de Pénjamo y, nuevamente, a las madres buscadoras, además de las mujeres que continúan construyendo la patria.
En Nuevo León, Samuel García llevó la arenga hacia la identidad regional. Junto a Hidalgo, Morelos y otros héroes nacionales aparecieron vivas a los héroes que forjaron aquella tierra, a los neoleoneses que “nunca se rinden”, a la ciudad de las montañas, al “espíritu norteño”, a Monterrey y a Nuevo León. Incluso introdujo la ceremonia hablando del orgullo de pertenecer al que calificó como “el mejor estado de México”.
En Jalisco, Pablo Lemus incorporó figuras directamente relacionadas con la historia de aquella entidad, como Pedro Moreno, Rita Pérez de Moreno, José Antonio “El Amo” Torres y Prisciliano Sánchez. A ellos agregó referencias a mujeres y hombres que construyen diariamente un México más justo y próspero, así como a las niñas y los niños de Jalisco.
En Oaxaca, la ceremonia incorporó referencias a los pueblos originarios, migrantes y otros sectores sociales, pero también expresiones relacionadas con el proyecto político gobernante. Allí se han incluido vivas a Claudia Sheinbaum y a la Cuarta Transformación, llevando hasta el ceremonial cívico una referencia explícita al movimiento político actualmente en el poder.
En Tabasco, Javier May construyó una arenga amplia en la que aparecieron niñas y niños, juventudes, pueblos indígenas y afromexicanos, migrantes, democracia, libertad, justicia, seguridad y tranquilidad de las familias. También hubo referencias al respeto entre quienes piensan diferente y una expresión relacionada directamente con la soberanía nacional y el rechazo a las injerencias extranjeras.
En Sonora, Alfonso Durazo incorporó a los pueblos originarios, la justicia social, “el tiempo de las mujeres”, el “Sonora profundo”, la autodeterminación de los pueblos, la soberanía y la transformación nacional. Nuevamente, el Grito funcionó simultáneamente como evocación histórica y como escaparate de conceptos utilizados en el discurso gubernamental contemporáneo.
En Michoacán, la ceremonia adquirió un marcado carácter regional con vivas a los pueblos p’urhépecha, náhuatl, mazahua, otomí y pirinda, además de figuras como Gertrudis Bocanegra y referencias a instituciones profundamente ligadas con la historia michoacana. La identidad local volvió a mezclarse con la celebración nacional.
En Aguascalientes, la arenga incorporó conceptos como educación, prosperidad, familia, paz, libertad y seguridad, además de expresiones asociadas con la identidad que el gobierno estatal ha buscado proyectar. Y en Veracruz, la ceremonia permaneció comparativamente más cercana al esquema histórico, aunque añadió referencias a las heroínas mexicanas y veracruzanas, así como a la libertad y la soberanía nacional.
El recorrido permite advertir algo que suele pasar inadvertido cada noche del 15 de septiembre. Hidalgo no pronunció en 1810 la larga enumeración de personajes y conceptos que hoy conocemos. Su llamado ocurrió en circunstancias completamente diferentes: era una convocatoria a levantarse contra el orden establecido. Con el paso de los años, aquel acontecimiento fue transformado en un ritual institucional del Estado mexicano.
Y posteriormente ocurrió algo más: cada generación de gobernantes comenzó a agregar personajes, valores, reivindicaciones e identidades propias. De ahí que actualmente encontremos en el mismo ceremonial a Hidalgo y Morelos junto a migrantes, pueblos originarios, madres buscadoras, niñas y niños, soberanía, seguridad, democracia, justicia social, identidad regional e incluso referencias a proyectos políticos contemporáneos.
Por eso quizá la comparación más interesante no sea determinar quién se apartó más o menos de un supuesto texto original —porque ese texto literal e incontrovertible no existe—, sino observar qué decide agregar cada gobernante. Lo añadido dice mucho del momento político y social desde el cual se pronuncia el Grito.
Doscientos dieciséis años después de aquella madrugada de Dolores, la campana continúa sonando y los nombres de Hidalgo, Morelos y los insurgentes permanecen. Pero alrededor de ellos ha crecido una arenga cada vez más extensa. El Grito dejó de ser solamente la evocación de 1810: también se ha convertido, año tras año, en un retrato de las causas, prioridades, identidades y discursos del México que lo pronuncia.
