LOS APELLIDOS DEL PODER: DE ZACATECAS A YAUTEPEC
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Jueves 17 de septiembre de 2026
Hay familias mexicanas a las que la política parece habérseles convertido en patrimonio. Zacatecas ofrece uno de los ejemplos más notorios: Ricardo Monreal gobernó aquella entidad de 1998 a 2004; su hermano David ocupa actualmente la gubernatura; Saúl Monreal fue alcalde de Fresnillo y hoy es senador, mientras Ricardo es diputado federal, coordinador de Morena y presidente de la Junta de Coordinación Política de San Lázaro. Ahora Morena designó como coordinadora estatal de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional a Verónica Díaz Robles, senadora con licencia, exdelegada de los Programas para el Bienestar y personaje políticamente cercano al llamado monrealismo. Hay un detalle nada menor: Díaz estuvo casada durante dos décadas con Luis Enrique Monreal Ávila, hermano de Ricardo, David y Saúl. Su nombramiento provocó incluso protestas durante el acto morenista, con expresiones contra la permanencia del grupo Monreal.
La influencia de esa familia lleva décadas construyéndose. Ricardo abrió una etapa fundamental al convertirse en gobernador; después David llegó al mismo cargo y Saúl consolidó su propia carrera desde Fresnillo hasta alcanzar el Senado. La expansión llegó también a la Ciudad de México: Ricardo gobernó la delegación Cuauhtémoc y, años después, su hija Catalina —Caty— Monreal contendió por esa alcaldía en 2024. Ganó Alessandra Rojo de la Vega y, después de una prolongada batalla jurisdiccional que incluyó la anulación temporal de la elección, el Tribunal Electoral federal dejó finalmente firme el triunfo de Rojo de la Vega. Ricardo Monreal, además, ya participó en el proceso interno presidencial de Morena de 2023. Sobre 2030 conviene no anticipar: actualmente no existe base suficiente para afirmar que volverá a buscar la Presidencia, pero su peso dentro del Congreso y de Morena mantiene inevitablemente su nombre dentro de las conversaciones sobre el futuro del partido.
Precisamente por fenómenos como éstos apareció en México la discusión sobre el nepotismo electoral: la utilización de una posición de poder para favorecer la llegada de familiares a cargos públicos o candidaturas, convirtiendo estructuras políticas en mecanismos de sucesión familiar. La reforma constitucional publicada el 1 de abril de 2025 modificó los artículos 55, 82, 115, 116 y 122 para impedir determinadas sucesiones entre familiares: comprende matrimonio, concubinato o unión de hecho; parentesco consanguíneo o civil en línea recta sin límite de grado, colateral hasta cuarto grado y afinidad hasta segundo grado, considerando los tres años anteriores a la elección. Pero aquí aparece una paradoja monumental: el propio decreto estableció que la prohibición del nepotismo electoral comenzará a aplicarse hasta los procesos electorales de 2030. Es decir, México incorporó el candado a su Constitución, pero dejó abierta la puerta durante 2027.
Y para encontrar ejemplos de concentración familiar del poder no necesitamos viajar hasta Zacatecas. Yautepec, Morelos, tiene su propia historia. Agustín Alonso Mendoza ocupó varias veces la presidencia municipal; posteriormente llegó su hijo Agustín Alonso Gutiérrez, quien gobernó el municipio y después saltó al Congreso local y al federal; la alcaldía regresó al padre y, tras las licencias de éste, terminó encabezada por otro de sus hijos, Éder Alonso Gutiérrez. La continuidad de los Alonso en el poder municipal se ha prolongado durante años y constituye un ejemplo perfecto para discutir dónde termina una legítima trayectoria política individual y dónde comienza la apropiación familiar de los espacios públicos. Las urnas pueden legitimar a una persona, desde luego, pero ninguna elección debería convertir un Ayuntamiento, una gubernatura, una diputación o cualquier otra institución en patrimonio transmisible de padres a hijos, hermanos, esposas, esposos o allegados.
El problema de fondo, por supuesto, rebasa a Morena, a los Monreal y a los Alonso. El tráfico de influencias, el amiguismo, el compadrazgo y las redes familiares han acompañado durante décadas a prácticamente todo el sistema político mexicano. Mientras miles de mujeres y hombres con preparación, experiencia y excelentes currículums jamás encuentran una puerta abierta en el servicio público, otros descubren que el mejor currículum puede ser un apellido, una amistad o el número telefónico correcto. México ya escribió en su Constitución que quiere combatir el nepotismo electoral; falta comprobar si la clase política está dispuesta a combatir también esa cultura mucho más profunda según la cual el poder público sirve para reproducir grupos, familias y lealtades. Porque cambiar los nombres de los partidos sin cambiar esas prácticas significa solamente modernizar el viejo cacicazgo: antes heredaban el poder los de siempre; ahora también, pero bajo nuevas siglas y nuevos discursos.
