EL MAYOR ENEMIGO DE UN MORELENSE ES OTRO MORELENSE

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Lunes 17 de noviembre de 2025
Desde que inicié en el periodismo hace 53 años, siempre he escuchado lo siguiente: “El mayor enemigo de un morelense es otro morelense”. Esta frase, susurrada en pasillos de redacciones y sobremesas de Cuernavaca, resume una verdad amarga que trasciende fronteras estatales.
En Morelos, cuna de revolucionarios y paraísos fiscales, la política no es un juego de ideas, sino un campo minado de rencores personales. Hoy, con el estado gravemente afectado por los vaivenes de la inseguridad y una estela de corrupción que lo posiciona como uno de los más violentos de México en 2025, me pregunto si detrás de los balazos y las traiciones no late un viejo demonio: la envidia.
Patricia Amélia Tomei, en su libro Envidia en las Organizaciones (McGraw-Hill, 1995), nos ofrece una lupa para diseccionar este mal. La autora, psicóloga brasileña, describe la envidia no como un pecado capital cualquiera, sino como una emoción ambigua que envenena jerarquías como las partidistas. “Es un sentimiento de cólera ante la percepción de que otro posee algo deseable”, escribe Tomei, citando a Melanie Klein.
En política, ese “algo” puede ser un cargo, reflectores o un cheque en blanco. Lo destructivo surge cuando, en lugar de emular, optamos por sabotear.
Tomei ilustra cómo las organizaciones —y las cúpulas políticas lo son— fabrican mitos y héroes no para inspirar, sino para expiar culpas colectivas. “No nos debe extrañar las actitudes de idealización en el ambiente interno de las empresas; es frecuente elaborar mitos, héroes y superhombres con la finalidad, no de que sirvan como ejemplo, sino que se vuelvan chivos expiatorios”, advierte.
En México, esto se traduce en líderes intocables que, al caer en desgracia, arrastran a sus huestes en una avalancha de resentimientos. La envidia, entonces, no es solo individual: es el pegamento invisible de las facciones.
Piensen en el caso mexicano genérico: las escisiones en Morena, donde aspirantes a la sucesión presidencial se miraban con recelo, o las alianzas efímeras del PAN que se deshicieron por celos de reflectores. Tomei lo ve claro: en contextos de recesión y competencia —como nuestra pospandemia—, la envidia se disfraza de “clamores por justicia”, pero a menudo es solo el eco de una inferioridad no resuelta. “Cuando falta la idea de justicia, todos los clamores pueden juzgarse como producto de la envidia o como resultado de su destino”, sentencia la autora en la página 29. En un país donde el clientelismo reina, ¿quién distingue el reclamo legítimo del veneno personal?
Pero vayamos al caso que nos duele de cerca: los políticos de Morelos. Aquí, la envidia no es teoría; es el combustible de una guerra interna que ha salpicado de sangre las urnas y el Congreso local. El resultado: fracturas que debilitaron campañas y abrieron la puerta a la violencia. En Morelos, estos rencores no se quedan en susurros; explotan en sabotajes abiertos.
Durante las elecciones de 2024, denuncias de corrupción contra Cuauhtémoc Blanco —desde desvíos en el Palacio del Gobierno hasta nexos con el crimen organizado— fueron desechadas por sus aliados como “ataques de envidiosos”. Pero Tomei nos enseña que esta desvalorización es el lado oscuro de la idealización: cuando el héroe cae, el chivo expiatorio se sacrifica en altar colectivo. Hoy, en 2025, esos “envidiosos” se han convertido en facciones armadas, donde la cólera por un puesto perdido se mezcla con balas reales.
La envidia morelense, esa que el refrán inmortaliza, encuentra en Tomei un diagnóstico preciso: es cultural y tabú. En un estado marcado por el machismo y el clientelismo, admitir envidia es debilidad; mejor disfrazarla de lealtad traicionada o ambición patriótica. Recuerden las pugnas internas en Morena morelense: mientras el partido federal arrasaba nacionalmente, en Cuernavaca se cocinaban expulsiones y demandas por “traición”, todo por el control de candidaturas. Tomei respondería: sin equidad, todo clamor huele a rencor.
Este ciclo destructivo, advierte la autora, impide formar equipos sólidos. “Aquellas (organizaciones) que perpetúan sus comportamientos valorizados solo con la creación de mitos y héroes, probablemente tendrán dificultad para idear programas que formen grandes equipos de administración”, escribe. En Morelos, donde el PRI histórico se desmoronó por dinastías envidiosas y Morena repite errores priistas, el liderazgo se reduce a solistas egoístas. El resultado: un estado estupefacto, donde la inseguridad no es solo narco, sino política: envidias que invitan a carteles a llenar vacíos de autoridad.
Sin embargo, Tomei no es pesimista absoluta. Reconoce un lado constructivo en la envidia: la admiración que empuja a la emulación. Imaginen si en Morelos, en lugar de sabotear al “Cuau”, sus rivales hubieran copiado su astucia electoral para unir fuerzas contra la violencia. O si las facciones de Morena canalizaran ese “deseo ajeno” en políticas compartidas de justicia social. Pero para eso, urge romper el tabú: hablar de envidia como herramienta, no como arma. Líderes accesibles, no mitos; justicia distributiva, no clientelar.
Cincuenta y tres años en esto me han mostrado que México, y Morelos en particular, sangra por heridas autoinfligidas. La envidia, ese mayor enemigo morelense, no se erradica con balas ni decretos, sino con espejos: reconociendo que el éxito ajeno no nos quita, sino que nos invita. Tomei lo resume en una invitación: minimicemos sus repercusiones aprendiendo a manejarla. ¿Y si empezamos por desmitificar héroes y humanizar rivales? En un 2025 donde Morelos clama paz, esa podría ser la revolución pendiente. O, al menos, el antídoto contra nosotros mismos.
