NUBARRONES EN EL HORIZONTE: CUANDO LA IRA JUVENIL DESPIERTA AL DRAGÓN DORMIDO
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Lunes 17 de noviembre de 2025
La Ciudad de México amaneció el sábado con el eco de miles de voces que no se callan. La marcha de la Generación Z, desde el Ángel de la Independencia hasta el Zócalo, no fue un capricho juvenil: fue un rugido colectivo contra la violencia que devora vidas, la corrupción que carcome instituciones y la inseguridad que acecha en cada esquina.
Bajo el sol implacable de noviembre, pancartas y consignas como “¡Fuera Claudia!” y “¡Abrazos no, justicia sí!” recordaron que la paciencia tiene límites. Y en medio del caos —gases lacrimógenos, el denominado “bloque negro”, heridos y detenidos—, un rumor se esparció como pólvora: Barron Trump, el hijo del expresidente estadounidense, habría presuntamente tuiteado que esto es “el inicio de algo”. Sea verdad o eco de cuentas fantasmas, el mensaje cala hondo: México hierve, y el mundo lo nota.
No es casualidad que esta protesta irrumpa justo cuando Claudia Sheinbaum está asumiendo las riendas de la Cuarta Transformación. La herencia de López Obrador prometía cambio radical, pero lo que vemos es un déjà vu de sexenios pasados: promesas evaporadas en el aire viciado de la impunidad.
He caminado estas calles durante décadas, y el patrón se repite como un guion mal escrito: gobiernos que excluyen a los “valiosos” —intelectuales, empresarios honestos, disidentes de toda raya— para cohesionar a sus bases con enemigos fabricados. Hoy, sin embargo, el descontento trasciende ideologías. Jóvenes apartidistas, hartos de balazos disfrazados de abrazos, marcan el pulso de una nación que ya no tolera el cinismo.
En este torbellino, un tuit anónimo pero viral me golpeó como un mazazo: “¿A quién van a culpar cuando Ricardo Salinas deje de ser el enemigo?”. El texto, crudo y sin filtros, desnuda la fractura de una sociedad manipulada. Acusa a los “chairos” —ese apelativo que una vez unió a los marginados— de ser peones en un tablero donde los líderes se enriquecen mientras las masas estancan.
No es solo retórica: es el lamento de quienes creyeron en la 4T como salvación y ahora ven espejismos. ¿Culpar a Claudio X. González, a Calderón, a Loret de Mola, al Reforma, a España o a Trump? El tuit lo dice claro: el verdadero robo ocurre bajo sus narices, y el despertar duele.
Profundicemos en las sombras que el tuit ilumina. Gerardo Fernández Noroña, el tribuno de la izquierda combativa, presume modestia mientras reportes lo vinculan a una mansión en Morelos que cuesta millones, financiada por donaciones opacas de su canal de YouTube. Adán Augusto López, el excoordinador de campaña de Morena, duplicó su fortuna en Tabasco con contratos dudosos y herencias millonarias en Houston que sus familiares disputan en tribunales. Y los hijos de AMLO, lejos de la austeridad paterna, lucen yates, Mercedes y residencias en Estados Unidos, frutos de negocios que huelen a tráfico de influencias. Estos no son chismes de pasillo; son datos públicos que erosionan la fe en el cambio prometido.
La exclusión que percibo no es solo económica: es un vituperio constante contra quienes cuestionan. Más allá de la 4T, he visto cómo clase tras clase gobernante demoniza a los críticos para desviar la mirada de sus fallas. Pero hoy, en 2025, con el Mundial de Fútbol asomando y una economía que patina, el juego se complica.
La protesta en CDMX no se replicó idéntica en el interior —Guadalajara y Monterrey tuvieron ecos, pero no el mismo estruendo—, sin embargo, las redes sociales la amplifican como un virus. Ese “inicio de algo” podría ser el detonante de una tormenta nacional, donde el hartazgo por la corrupción une a conservadores y progresistas en un clamor por justicia real.
Imaginemos el escenario: si el gobierno persiste en culpar a “fifís” o potencias extranjeras, ignorando el pantano interno, ¿qué sigue? Más marchas, sí, pero también riesgos de escalada. La Generación Z, con su apartidismo feroz, no busca venganza, sino transformación. No son los “perros que cambiaron de dueño” del tuit; son lobos que aprenden a cazar solos. Y en ese despertar, radica tanto el peligro como la esperanza. Porque si no se atienden las raíces —violencia endémica, desigualdad rampante—, el dragón dormido de la sociedad mexicana podría incendiarlo todo.
No perdamos de vista el panorama global: con Trump de vuelta en la Casa Blanca y tensiones migratorias al norte, México no puede permitirse implosionar. La exclusión de “mujeres y hombres valiosos” —científicos boicoteados, periodistas acosados, emprendedores ahuyentados— debilita al país entero. Es hora de que la clase gobernante baje del podio y dialogue, no confronte.
El tuit viral grita “¡Ya despierten, carajo!”, y yo agrego: despierten todos. No solo los bases manipuladas, sino los élites ciegas. Porque en esta tormenta, nadie navega solo. Al final del día, mi preocupación no es pesimismo, sino un llamado urgente. He visto tormentas pasar, pero esta se siente diferente: más profunda, más conectada.
Si la protesta de ayer es el trueno, que sirva de advertencia. México merece líderes que unan, no que dividan; que construyan, no que derroquen. Y mientras el sol se pone sobre el Zócalo herido, me pregunto: ¿será este el inicio de la renovación, o del caos? Solo el tiempo lo dirá, pero una cosa es segura: el silencio ya no es opción. Despertemos, México, antes de que la lluvia nos arrastre a todos.
