Axochiapan frente al “efecto cucaracha”: Transparencia incómoda y el reto de no ser el eslabón débil
El alcalde de Axochiapan, Marco Antonio Cuate Romero, reconoció el repunte de extorsiones telefónicas y al menos dos casos recientes de secuestros exprés (o virtuales) en la comunidad de Telixtac, en el oriente de Morelos. Esto ocurrió tras un ataque armado el fin de semana pasado en una vinatería, donde varias personas resultaron lesionadas.
Cuate no minimizó el problema. Admitió que estos delitos generan inquietud entre los habitantes y señaló que el municipio, por ser zona de paso y colindar con Puebla, es vulnerable al traslado de la delincuencia desde entidades vecinas con mayor presencia policial o mayor presión sobre grupos criminales. Lo que muchos llaman “efecto cucaracha”: cuando se aprieta en un lugar, los delincuentes se mueven al más débil o menos vigilado.
Más allá de la declaración del alcalde, lo relevante no es solo que haya admitido el problema —algo que en muchos municipios todavía se evade—, sino que lo hizo de forma explícita y sin rodeos. Eso rompe con la tradición de “todo está bajo control” que suele predominar en alcaldías pequeñas. Sin embargo, la transparencia por sí sola no detiene balas ni llamadas extorsivas.
El verdadero desafío está en que Axochiapan no se convierta en el “lugar fácil” de la región. Colindar con Puebla y estar en el corredor oriente de Morelos lo pone en una posición geográfica complicada: lejos de la zona metropolitana de Cuernavaca (donde se concentra la mayor parte de recursos estatales), pero cerca de rutas de trasiego y de municipios poblanos que también enfrentan alta incidencia delictiva.
Las medidas anunciadas para reforzar la seguridad (más patrullajes, coordinación con la Guardia Nacional y el Estado, y probablemente mayor vigilancia en accesos y comunidades) son necesarias, pero insuficientes si no vienen acompañadas de inteligencia real: identificar quién está detrás de las llamadas y los secuestros exprés, cortar las líneas de comunicación que usan los delincuentes y, sobre todo, generar confianza real en la población para que denuncie sin miedo a represalias.
En resumen: el alcalde dio un paso valiente al no tapar el sol con un dedo, pero ahora el reloj corre. Si las acciones no son rápidas, visibles y efectivas, la percepción de inseguridad puede crecer más rápido que las patrullas. Y en un municipio pequeño, la confianza se pierde mucho más rápido de lo que se recupera.
