¡BASTA DE ETERNOS EN EL PODER! EL FIN INEVITABLE DE LOS PLURINOMINALES EN MÉXICO
LA CRÓNICA DE MORELOS
Miércoles 25 de febrero de 2026
E D I T O R I A L
En México, la figura de los legisladores plurinominales generó un rechazo masivo entre la ciudadanía, que ve en ellos un mecanismo para perpetuar élites políticas desconectadas de la realidad. Cada tres años para diputados y seis para senadores, estos cargos de representación proporcional se reparten como botín entre las cúpulas partidistas, a menudo premiando lealtades internas en lugar de méritos o votos directos.
Encuestas recientes revelan que la mayoría de los mexicanos considera este sistema como un vestigio de corrupción, donde “mafias” partidarias controlan el acceso al Congreso sin rendir cuentas al electorado. Esta indignación no es infundada: representa un clamor por una democracia más auténtica, donde los representantes ganen su lugar en las urnas y no en negociaciones a puerta cerrada.
Los plurinominales operan como un colchón para los partidos, asignando escaños basados en el porcentaje de votos totales, sin que los candidatos compitan directamente en distritos. En la Cámara de Diputados, de 500 integrantes, 200 son plurinominales, distribuidos en listas regionales que priorizan a figuras cercanas a los líderes partidistas. En el Senado, de 128 senadores, 32 son plurinominales nacionales, lo que permite a los partidos colocar a sus “favoritos” sin exposición al escrutinio popular.
Este diseño, ideado para garantizar pluralidad, mutó en un refugio para políticos profesionales que alternan entre cámaras, acumulando privilegios y sueldos millonarios mientras evaden la competencia electoral real.
Ejemplos abundan de estos “eternos” en el poder. Alberto Anaya del Partido del Trabajo ha ocupado ocho cargos legislativos desde 1988 —entre diputaciones y senadurías—, todos por vía plurinominal, sin ganar una sola elección directa. Ricardo Monreal ha saltado de diputado a senador en múltiples legislaturas sin someterse al voto popular, acumulando décadas en el Congreso. Dolores Padierna y Alejandro Moreno del PRI, conocido como “Alito”, han seguido patrones similares, brincando de una cámara a otra por más de una década, gracias a las listas partidistas que los blindan de la voluntad ciudadana. Estos casos ilustran cómo el sistema fomenta dinastías políticas, donde la lealtad al partido prima sobre el servicio público.
Eliminar los plurinominales no solo respondería al rechazo popular, sino que fortalecería la democracia al obligar a todos los legisladores a competir directamente por el voto. Las “mafias” partidistas perderían su control absoluto, reduciendo el nepotismo y el clientelismo que infectan la política mexicana.
Críticos argumentan que esto podría mermar la pluralidad, pero la experiencia muestra que los plurinominales han servido más para reciclar figuras obsoletas que para representar diversidad genuina.
En un país con desigualdades profundas, este cambio liberaría recursos —ahorrando millones en salarios y bonos— para invertir en prioridades como educación y salud, alineándose con la austeridad republicana que demanda la sociedad.
En suma, el fin de los plurinominales es un paso esencial hacia un Congreso más responsable y representativo. Con reformas en marcha, como la propuesta para eliminarlos en el Senado, México tiene la oportunidad de romper con décadas de inercia corrupta. La ciudadanía, harta de ver a los mismos rostros eternizarse en el poder, merece un sistema donde cada voto cuente y nadie se perpetúe sin ganárselo. ¡Es hora de que los plurinominales pasen a la historia, y con ellos, las mafias que los alimentan!
