CARNAVALES DE MORELOS: FIESTA SÍ, DESMADRE NO
CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Sábado 17 de enero de 2026
Los carnavales y fiestas patronales son el alma vibrante de Morelos: una explosión de color, música y tradición que une comunidades y mueve la economía local. Los chinelos brincando al ritmo de las bandas, las máscaras elaboradas y el orgullo indígena en cada paso representan lo mejor de nuestra identidad cultural.
En este 2026, con eventos ya en marcha desde Jiutepec hasta Tepoztlán, Tlayacapan y Cuautla, el Gobierno estatal hace bien en reunir a alcaldes y autoridades para planear con anticipación y garantizar que estas celebraciones transcurran con orden y seguridad.
Aquí surge el mismo tumor de siempre: las cantinotas improvisadas en plena vía pública, la venta indiscriminada de alcohol sin control y el permiso tácito —o explícito— para que la fiesta derive en exceso.
Los alcaldes y alcaldesas de los municipios involucrados ya están grandecitos como para saber que autorizar o hacer la vista gorda ante este desorden no es “apoyar la tradición”, sino poner en riesgo a familias enteras, facilitar accidentes y empañar lo que debería ser una celebración digna.
La Mesa de Coordinación Estatal para la Construcción de Paz y Seguridad, encabezada por el secretario de Gobierno Edgar Maldonado, envió este viernes un mensaje claro: el acompañamiento estatal está, pero la responsabilidad primaria recae en los ediles. Si algo lucrativo se obtiene permitiendo el descontrol etílico, que lo digan de frente; de lo contrario, urge que actúen con la madurez que su cargo demanda. Porque el verdadero brinco del chinelo debe ser de alegría colectiva, no de irresponsabilidad disfrazada de fiesta.
Es momento de pasar de las buenas intenciones a los hechos concretos. Los operativos conjuntos entre policía municipal, estatal y fuerzas federales deben incluir supervisiones estrictas en los puntos de venta de bebidas alcohólicas, clausuras inmediatas de expendios irregulares y sanciones ejemplares a quienes incumplan. La ciudadanía merece disfrutar de sus carnavales sin tener que sortear riñas, accidentes viales o menores expuestos al consumo excesivo. La seguridad no es un lujo, es una obligación.
Finalmente, que quede claro: nadie pide prohibir la alegría ni matar la tradición. Lo que se exige es orden, responsabilidad y respeto. Si los gobiernos municipales demuestran que pueden organizar fiestas grandes sin convertirlas en zonas de riesgo, ganarán legitimidad y el cariño de su gente. De lo contrario, seguirán confirmando que, para algunos ediles, la fiesta patronal vale más por lo que dejan de ver que por lo que realmente protegen. ¡Que gane la tradición, no el negocio del vértigo!
