CUERNAVACA: TIERRA DE NADIE
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Sábado 5 de abril de 2025
Durante la mañana de este sábado, los balazos resonaron en una gasolinera de la avenida Emiliano Zapata, al norte de Cuernavaca, como un recordatorio brutal: no hay rincón seguro en esta ciudad. Dos hombres heridos, casquillos regados y el eco del terror son la postal cotidiana de una urbe donde la violencia se ha apoderado de todo.
No es un hecho aislado, es la norma. Asaltos a mano armada proliferan como plaga, y la banda “El Enjambre” sigue campante, sembrando el miedo mientras las autoridades se rascan la barbilla. Nadie está a salvo: ni el que surte gasolina, ni el que camina a casa, ni el que osa respirar en esta selva de concreto y plomo.
Por cierto, las familias y las mujeres indefensas son las presas favoritas de esta pesadilla. Día tras día, se les despoja de sus vehículos, sus pertenencias, su dignidad, mientras los delincuentes operan con una impunidad que apesta a complicidad.
¿Dónde están los patrullajes? Desde el atardecer hasta el amanecer, las calles son un buffet libre para el crimen. La oscuridad no solo trae la noche, sino la certeza de que nadie vigila, nadie protege. La Guardia Nacional, esa promesa de acero y orden, brilla por su ausencia, perdida en quién sabe qué desfile o burocracia, dejando a los ciudadanos a merced de la barbarie.
Y qué decir de Guillermo García Delgado, el militar en retiro que llegó hace semanas con bombo y platillo, como si su pasado castrense fuera garantía de algo. Su ineptitud es tan evidente que da risa, si no fuera porque el chiste lo pagamos con sangre. Este supuesto “hombre fuerte” no ha movido un dedo para frenar la hemorragia de violencia que desangra a Cuernavaca. ¿Qué hace mientras las balas silban y las familias lloran? Probablemente ajustándose la corbata o posando para la foto, porque en las calles, donde se le necesita, no hay rastro de su sombra.
No hay esperanza en el horizonte, solo el sonido de sirenas que llegan tarde y el cinismo de un gobierno, el municipal, que se lava las manos. Cuernavaca no es una ciudad, es un campo de guerra donde los ciudadanos son rehenes y los criminales, reyes.
Si esto es el “nuevo amanecer” que nos prometieron, prefiero quedarme en la penumbra: al menos ahí sé a qué atenerme. Mientras tanto, la próxima bala ya tiene nombre, y nadie, absolutamente nadie, hará nada para detenerla.