DINASTÍAS DEL PODER: EL NEPOTISMO QUE ASFIXIA A MÉXICO
LA CRÓNICA DE MORELOS. Martes 25 de febrero de 2025.
COMENTARIO EDITORIAL
En México, la política a menudo se convierte en un negocio familiar, donde el nepotismo reina sin pudor alguno. Saúl Monreal, senador de Morena, tuvo el descaro de calificar la reforma contra el nepotismo como un “acto de justicia”, mientras su apellido se extiende como una plaga por el paisaje político de Zacatecas. Su hermano Ricardo, diputado federal y figura influyente en el partido, y su otro hermano David, gobernador del estado, han tejido una red de poder que parece más una dinastía monárquica que una representación democrática. Añadan a esto a Caty Monreal, sobrina de Saúl e hija de Ricardo, quien buscó la alcaldía Cuauhtémoc, y el cuadro familiar está completo: una casta que se reparte cargos como si fueran herencias.
No es un caso aislado. A lo largo y ancho del país, nombres como Salgado en Guerrero, Alcalde en la Ciudad de México o Batres en el gobierno federal ilustran cómo las élites de la autoproclamada “Cuarta Transformación” predican austeridad y justicia mientras aseguran que sus allegados ocupen posiciones clave. Félix Salgado Macedonio, por ejemplo, maniobró para que su hija Evelyn gobernara Guerrero, y ya planea sucederla en 2027, burlándose de cualquier intento de reforma que limite estas prácticas. Estas familias no solo monopolizan el poder, sino que lo hacen con una hipocresía que raya en lo insultante, presentándose como defensores del pueblo mientras convierten la función pública en un coto privado.
La reforma contra el nepotismo, propuesta por la presidenta Claudia Sheinbaum, pretende poner freno a estas dinastías, pero su aplicación diferida hasta 2027 (o incluso 2030 para la reelección) da tiempo de sobra a estas “lacras” para afianzar su dominio.
Los Monreal, los Salgado y sus similares seguirán explotando las grietas del sistema, confiados en que la memoria corta del electorado y la complicidad de sus aliados les permitirán mantenerse intocables. Mientras tanto, el discurso de justicia se queda en palabras vacías, y el pueblo, al que dicen servir, sigue viendo cómo los mismos apellidos se turnan las sillas del poder sin rendir cuentas ni mostrar vergüenza.