EL DIPUTADO QUE NO DEJA HABLAR: ¿INFANTILISMO POLÍTICO O ESTRATEGIA CALCULADA?
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Viernes 9 de enero de 2026
En un país donde la polarización política se ha convertido en el pan de cada día, un video viral nos recuerda que las confrontaciones no siempre se libran en el pleno del Congreso, sino en pasillos y oficinas. El diputado federal de Morena, Sergio Gutiérrez Luna, vicepresidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, protagonizó un episodio que ha generado debate nacional: una emboscada verbal contra el exconsejero presidente del INE, Lorenzo Córdova, donde lo acusa de mentiroso, lo interrumpe repetidamente y, ante la petición de diálogo, responde con un tajante “No” antes de cerrar la puerta.
Este acto, grabado y compartido por el propio legislador en redes sociales, no solo expone tensiones sobre la sobrerrepresentación electoral, sino que invita a un análisis más profundo: ¿qué revela esta conducta sobre la psique de un funcionario público en el poder? A nivel nacional, en un México que anhela madurez democrática, incidentes como este cuestionan si nuestros representantes priorizan el debate racional o el espectáculo infantil para ganar aplausos digitales.
Desde una perspectiva psicológica, la conducta de Gutiérrez Luna en este encuentro –y en patrones previos– evoca un infantilismo regresivo, donde un adulto recurre a tácticas inmaduras para manejar conflictos. Como si se tratara de un niño en el patio de recreo, el diputado inicia la provocación con acusaciones directas (“No vengas a decir tantas mentiras”), pero evade cualquier réplica sustantiva, cortando el diálogo con interrupciones y un cierre abrupto.
Esta regresión emocional, según teorías del desarrollo como las de Erik Erikson, podría surgir bajo estrés político, revelando una baja tolerancia a la frustración y una necesidad de control inmediato sin riesgo de ser desafiado. No es un hecho aislado: desde 2021, Gutiérrez Luna ha mantenido una fijación con Córdova, llamándolo “lacayo de la derecha”, “falso demócrata” e incluso celebrando el fin de su mandato como un “regalo de Navidad”.
Tales ataques recurrentes sugieren una obsesión ideológica o personal, donde el otro se convierte en un enemigo simbólico para canalizar resentimientos partidistas. Más allá del infantilismo, emergen rasgos narcisistas que alimentan esta dinámica.
El acto de subir el video a redes, justificándolo como una “oportunidad para decirle que era un mentiroso”, busca validación externa y admiración de su base. En términos del DSM-5, esto alinea con una grandiosidad que prioriza la exposición mediática sobre el diálogo constructivo, posicionándose como el “justiciero” moral.
Críticos lo han tildado de “cobarde” por evitar debates profundos, como en eventos pasados en la UNAM, optando por críticas unilaterales que evitan vulnerabilidad. Esta búsqueda de atención digital –con posts que acumulan cientos de interacciones– podría ser un mecanismo de defensa, reforzando un ego frágil en un ecosistema político polarizado.
La agresividad autoritaria también juega un rol clave. Usando su posición institucional, Gutiérrez Luna suprime la disidencia con interrupciones y acusaciones sin evidencia inmediata, recordando la teoría de la personalidad autoritaria de Theodor Adorno. En un contexto donde Morena impulsa reformas electorales controvertidas, como el “Plan B”, esta conducta no solo ataca a Córdova –símbolo de oposición al INE– sino que proyecta inseguridades partidistas, atribuyendo mentiras a otros mientras evade escrutinio. La impulsividad del incidente, saliendo de su oficina al ver pasar a su “objetivo”, indica una pobre regulación emocional, dominada por el “pensamiento rápido” emocional en lugar de la razón.
En un México que aspira a una democracia madura, conductas como esta no solo erosionan la credibilidad institucional, sino que alimentan la percepción de que la política es un circo de egos.
¿Es Gutiérrez Luna un estratega calculado que usa el espectáculo para movilizar bases, o un ejemplo de cómo el poder amplifica inmadureces personales? Sea como fuere, este episodio nos urge a reflexionar: en pasillos del poder, ¿ganan los que gritan más fuerte o los que dialogan? La respuesta podría definir el futuro de nuestra representación nacional.
