EL FIN DEL ORDEN LIBERAL: 2026, EL AÑO DEL DESPERTAR MULTIPOLAR
ANÁLISIS ELABORADO POR EL ÁREA DE PROSPECTIVA POLÍTICA DE LA CRÓNICA DE MORELOS
Jueves 15 de enero de 2026
El mundo que conocimos desde 1945 —el de la hegemonía estadounidense, el multilateralismo liberal, las instituciones como la ONU y la OTAN como pilares de un orden basado en reglas— está agonizando. En apenas unas semanas de 2026, los hechos han confirmado lo que analistas venían advirtiendo desde hace años: estamos ante el surgimiento acelerado de un nuevo orden internacional, más multipolar, fragmentado, transaccional y, sobre todo, regido por el poder crudo en lugar de normas compartidas.
El punto de inflexión ha sido brutal. La administración Trump, en su segundo mandato, ha tomado un martillo contra el sistema que Washington mismo construyó tras la Segunda Guerra Mundial. La invasión relámpago a Venezuela el 3 de enero, la captura del presidente Nicolás Maduro y su traslado a Nueva York para juicio, seguida de amenazas directas contra Groenlandia (territorio danés) y Colombia, no son incidentes aislados. Representan la aplicación explícita de una “Doctrina Donroe” —el corolario Trump a la Doctrina Monroe—, que busca restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental mediante el uso directo de la fuerza y la supremacía económica. Washington ya no actúa como guardián global de la democracia y el libre comercio; ahora prioriza su “esfera de influencia” inmediata, con un repliegue estratégico en otras regiones.
Este movimiento unilateral ha acelerado la multipolaridad que ya se cocinaba. China emerge como el “electroestado” dominante: líder indiscutible en energías limpias, cadenas de suministro tecnológicas y exportaciones verdes, mientras consolida su influencia en Asia y el Sur Global a través de los BRICS (que ya representan cerca del 35 por ciento del PIB mundial en paridad de poder adquisitivo, superando al G7).
Rusia, por su parte, consolida su zona de seguridad en Eurasia, con avances en Ucrania que parecen irreversibles y una alianza estratégica con Pekín que forma el eje “DragonBear” como contrapeso efectivo al Occidente.
El resultado es un mundo dividido en esferas de influencia pragmáticas: Estados Unidos domina su vecindad americana, Rusia su periferia euroasiática y China su entorno indo-pacífico.
El multilateralismo cede terreno al minilateralismo y a la diplomacia transaccional: acuerdos bilaterales o en grupos pequeños, donde el poder duro (militar, económico, energético) pesa más que las normas internacionales. Instituciones como la ONU pierden relevancia, con Washington retirándose de tratados y organizaciones consideradas contrarias a sus intereses. El crecimiento global se desacelera (el FMI proyecta 3.1 por ciento para 2026), afectado por el proteccionismo rampante, las guerras comerciales y la fragmentación de cadenas de suministro.
Este nuevo orden no promete estabilidad; al contrario, genera inestabilidad inherente. Más centros de poder capaces de bloquearse mutuamente, pero ninguno con capacidad para imponer reglas globales. Conflictos en Eurasia, Medio Oriente y el Indo-Pacífico se intensifican, mientras la carrera nuclear revive con el fin del último tratado vigente entre Washington y Moscú. Las crisis humanitarias se multiplican: casi 240 millones de personas necesitan ayuda urgente, en un contexto donde la cooperación global se evapora.
Para países como México y el resto de Latinoamérica, el mensaje es claro: el tiempo de alianzas automáticas ha terminado. La soberanía se defiende con pragmatismo, diversificando socios y priorizando intereses nacionales en un tablero donde las grandes potencias negocian esferas y recursos sin contemplaciones.
El año 2026 no será de caos absoluto, pero sí de transición dolorosa hacia un sistema donde el poder define las reglas, y la fuerza —no el derecho— dicta el destino de las naciones.
El viejo orden liberal ha muerto. El nuevo, naciente y brutal, ya está aquí. La pregunta no es si vendrá, sino cómo nos adaptaremos a él sin perdernos en el camino.
