El legado de la verdad alternativa: ¿Sheinbaum repite el patrón de AMLO?
En el panorama político mexicano, donde la retórica ha sido un arma tan poderosa como las políticas mismas, la transición de Andrés Manuel López Obrador a Claudia Sheinbaum invita a un examen riguroso y objetivo.
AMLO popularizó el adagio “no mentir, no robar y no traicionar”, pero su sexenio fue ampliamente criticado por contradecirlo a través de afirmaciones no verificadas, justificaciones sistemáticas de errores y la constante atribución de los problemas actuales al pasado neoliberal. Ahora, con Sheinbaum al frente del Ejecutivo desde octubre de 2024, la pregunta central es si está reproduciendo ese mismo patrón de manejo de la verdad pública o si aún tiene margen para un viraje que le permita preservar la hegemonía de Morena y la continuidad de la Cuarta Transformación sin erosionar aún más la credibilidad institucional.
Los primeros quince meses de su gobierno muestran claras continuidades en la narrativa oficial. Al igual que su antecesor, la presidenta ha recurrido con frecuencia a descalificar a críticos, medios y opositores como promotores de “mentiras” y “campañas sucias” destinadas a desestabilizar al gobierno. Ha calificado de “ignorancia” y “falsedades” las observaciones de analistas, académicos y exfuncionarios, y ha mantenido el tono de confrontación con quienes cuestionan la versión oficial de los hechos.
Esta dinámica recuerda fuertemente las conferencias matutinas de AMLO, en las que se construía una narrativa binaria: el pueblo y el gobierno de un lado, y los “conservadores”, “fifís” y “corruptos del pasado” del otro.
En temas concretos, el patrón también se repite. En materia de seguridad, Sheinbaum ha heredado y optimizado el enfoque de “abrazos, no balazos” sin romper con sus premisas fundamentales, aunque ha introducido algunos ajustes operativos. Sin embargo, evita reconocer de manera directa los límites y costos de esa estrategia durante el sexenio anterior.
En salud, economía y combate a la pobreza, el gobierno celebra avances con base en indicadores oficiales, pero omite o minimiza las voces independientes que señalan retrocesos en acceso real a servicios médicos, deterioro de finanzas públicas o inconsistencias en las cifras de pobreza multidimensional. La tendencia a culpar al “modelo neoliberal” por los dislates del presente sigue siendo un recurso habitual, incluso cuando los problemas tienen raíces más recientes o son consecuencia de decisiones propias.
A pesar de estas similitudes, existen señales de diferenciación. Sheinbaum, con su formación científica y estilo más técnico, ha impulsado algunas políticas con mayor énfasis en datos y planeación: avances en energías renovables, el diseño de un Sistema Nacional de Cuidados y una mayor proyección internacional, como su participación activa en foros multilaterales. Estos elementos indican que busca construir una identidad propia dentro del marco de la 4T, sin romper con el legado de AMLO.
¿Está a tiempo de un viraje? Sí, y con amplio margen. Morena cuenta con supermayorías legislativas, controla la mayoría de las gubernaturas y mantiene una base social sólida. Ese poder le otorga a Sheinbaum una posición de fuerza inusual para corregir rumbo sin poner en riesgo la hegemonía del proyecto. Un cambio de estilo —más reconocimiento de errores, menor polarización discursiva, mayor apertura al escrutinio independiente y menor dependencia de la narrativa de confrontación— no solo ayudaría a fortalecer la legitimidad del gobierno, sino que podría consolidar el legado de la 4T como un proceso institucionalmente más sólido y menos dependiente de la figura de un líder carismático.
La pregunta ya no es si Sheinbaum puede romper con el pasado de AMLO —eso sería políticamente costoso e innecesario—, sino si está dispuesta a corregir los vicios más dañinos de ese pasado sin perder el control del relato ni del poder. El tiempo para ese ajuste existe; la voluntad, aún está por verse.
