ESAS LÁGRIMAS NO ME CONMUEVEN
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Martes 10 de febrero de 2026
La senadora Juanita Guerra Mena rompió en llanto durante su entrevista de prensa, como si el escándalo del salón de belleza clandestino en el Senado fuera una tragedia griega y no un episodio de vanidad captado en video. Ahí estaba ella, con el tinte aún fresco en el cabello, buscando no quedarse sola en la polémica.
El dramatismo resultó tan oportuno que parecía ensayado: lágrimas para despertar solidaridad y desviar la atención de lo evidente. Porque, al final, lo que molesta no es solo el tinte, sino el símbolo de una clase política que cree que el recinto legislativo es su salón privado.
Con notable destreza, la legisladora del PVEM intentó endilgarle la responsabilidad a algunas diputadas y senadoras de Morena. Según ella, fueron ellas quienes la invitaron al lugar hace tiempo y ahora, ante el escándalo, “la mandaron a acicalarse a otro lado” y niegan conocerlo. Es el clásico “fuego amigo” convertido en excusa: cuando te descubren, señalas a los compañeros de bancada como los verdaderos culpables. Resulta curioso cómo, en el momento de la verdad, las alianzas se diluyen más rápido que un mal tinte.
Pero vayamos al fondo. Los legisladores federales, en ambas cámaras, gozan de privilegios que para la inmensa mayoría de los mexicanos son pura ciencia ficción. Además de salarios que duplican o triplican lo que percibe un profesional calificado en el sector privado, disponen de cuantiosos recursos para gastos de representación, asesores, viáticos y toda clase de canonjías que pueden ejercer con amplia discrecionalidad. El mexicano de a pie, ese que madruga para llegar al trabajo, que paga impuestos con esfuerzo y que ve cómo la inflación le come el salario, jamás tendrá acceso a esas prebendas. Ni un tinte en horario laboral, ni un espacio exclusivo para “concentrarse mejor”.
Esas ventajas no son excepciones; son la norma en un Congreso que parece desconectado de la realidad cotidiana. Mientras millones de familias ajustan cuentas para llegar a fin de mes, sin derecho a “descansos de belleza” ni a servicios pagados con discreción, los legisladores discuten si un salón dentro del Senado es un derecho laboral o mera comodidad. La brecha no podría ser más insultante: unos deciden el destino del país con el cabello recién teñido; los otros, con las manos callosas, intentan que ese destino no los aplaste.
Esas lágrimas, francamente, no me conmueven. Recuerdan demasiado a los dramones de La Rosa de Guadalupe, donde el llanto llega justo antes del milagro, o a los episodios de Lo que callamos las mujeres, cargados de victimismo oportuno. Con el debido respeto, senadora, el público ya ha visto suficientes actuaciones. Cuando los privilegios son tan evidentes y la desconexión con la gente tan profunda, el llanto no lava la imagen: solo la hace más ridícula. México necesita legisladores con menos teatro y más resultados, no más lágrimas de cocodrilo en horario de oficina.
Hace apenas unos días, en pleno centro de Cuernavaca, la senadora Guerra Mena y su hermana Anita Sánchez Guerra protagonizaron una escena que circula por la internet en videos y que nadie en Morelos ha olvidado: empujones, insultos y, lo más grave, el señalamiento directo a elementos de la Guardia Nacional para que agredieran a reporteras que cumplían con su trabajo. Aquel desplante no fue un arrebato aislado; fue la muestra pública de una actitud de prepotencia que ahora choca frontalmente con la súplica de solidaridad y sororidad que la senadora invoca en su valle de lágrimas. Las mismas mujeres a las que antes se les faltó al respeto, se les violentó y se les intentó silenciar con la fuerza del Estado, no van a extenderle ahora el manto protector que ella reclama.
La senadora ya quedó grabada en la ignominia histórica de Morelos: no por un tinte mal aplicado, sino por una larga cadena de abusos, arrogancia y aberraciones que el llanto de hoy no borra, solo las hace más evidentes.
