Evolución del bambú y su analogía con el crimen organizado en México y Morelos
El bambú es una planta fascinante que pertenece a la familia de las gramíneas, no a los árboles, aunque a menudo se le percibe como tal. Su crecimiento es único y se divide en dos tipos principales: el bambú “corredor” y el “agrupado”. El tipo corredor, que es el más invasivo, se propaga principalmente a través de un sistema de rizomas subterráneos —tallos horizontales que actúan como raíces extendidas—. Estos rizomas pueden expandirse hasta 15 metros o más por año en condiciones óptimas, almacenando energía en forma de almidones durante meses o años antes de producir brotes visibles.
Los brotes emergen en primavera (o finales de invierno en climas tropicales) y crecen explosivamente: un tallo puede alcanzar su altura máxima —hasta 30 metros en algunas especies— en solo 30-60 días, con tasas de hasta 1 metro por día en picos de crecimiento.
Esta expansión subterránea hace que el bambú sea difícil de controlar; cortar un brote no elimina la red de rizomas, que rápidamente genera reemplazos, convirtiéndolo en una especie invasiva que puede dominar ecosistemas enteros si no se maneja.
En resumen, lo que parece un “arbolito” pequeño es solo la punta visible de un vasto sistema subterráneo que se ha estado desarrollando sigilosamente.
Aplicando esta analogía a la situación actual de los mexicanos, el crimen organizado en México se asemeja al bambú corredor: comienza con manifestaciones visibles modestas (como un pequeño grupo de traficantes), pero sus “raíces” —redes de corrupción, alianzas políticas, rutas de tráfico y economías ilícitas— se extienden ampliamente de manera oculta durante décadas. Neutralizar a un líder criminal (como cortar un brote) no erradica el problema, ya que las estructuras subterráneas se reestructuran rápidamente, generando “reemplazos” a través de fragmentaciones, alianzas nuevas o células disidentes.
En México, esta multiplicación se ha agravado por factores como la corrupción institucional, la demanda de drogas en EE.UU. y políticas reactivas que, en lugar de atacar las raíces, han provocado una mayor dispersión y violencia.
En Morelos, esto se ve en cómo grupos locales emergen o se realinean tras detenciones, expandiendo actividades más allá del narcotráfico hacia extorsiones, secuestros y control territorial, haciendo que el “bosque” de crimen sea cada vez más denso e invasivo.
HISTORIA DEL CRIMEN ORGANIZADO EN MÉXICO: EL PRIMER “ARBOLITO” Y LA INVASIÓN DE LAS RAÍCES
El crimen organizado en México tiene raíces profundas que se remontan al siglo XIX, pero su forma moderna como narcotráfico estructurado surgió en las primeras décadas del XX. El primer “arbolito” visible podría identificarse en la década de 1920-1930, durante la Prohibición en EE.UU. (1920-1933), cuando México se convirtió en proveedor de alcohol y opio. Figuras como Ignacia “la Nacha” Jasso, desde Ciudad Juárez, controlaban el tráfico internacional de heroína, marihuana y cocaína, marcando el inicio de redes transfronterizas.
Sin embargo, el verdadero punto de inflexión —el momento en que las “raíces” comenzaron a expandirse sin control— fue en los años 1970, con la formación del Cártel de Guadalajara bajo líderes como Miguel Ángel Félix Gallardo. Este grupo monopolizó el tráfico de marihuana y heroína desde Sinaloa, aprovechando la corrupción en el PRI y la demanda estadounidense post-Vietnam.
La “invasión” de las raíces ha durado más de 50 años hasta alcanzar su dimensión actual:
1970s-1980s (Expansión inicial): El Cártel de Guadalajara domina, con operaciones en 10 estados. En 1985, el asesinato del agente DEA Enrique Camarena expone la colusión con autoridades. Tras arrestos en 1989, se fragmenta en carteles como Sinaloa, Tijuana y Juárez, extendiendo raíces a más territorios.
1990s-2000s (Profundización y diversificación): Bajo el neoliberalismo, los carteles se trasnacionalizan, incorporando cocaína de Colombia. Grupos como el Golfo y Los Zetas (exmilitares) emergen, diversificando a secuestros y extorsiones. En 2006, Felipe Calderón declara la “guerra contra el narcotráfico”, enviando tropas a Michoacán, lo que acelera la fragmentación: de 7 grandes carteles en 2006 a más de 200 grupos en 2011.
2010s-2020s (Dimensión actual): La violencia explota, con más de 400,000 homicidios desde 2006. Carteles como CJNG y Sinaloa se expanden globalmente, controlando el 70% del tráfico a EE.UU. La fragmentación genera guerras territoriales, con grupos menores llenando vacíos. En 2024-2025, México es el tercer país más afectado por crimen organizado globalmente, con tasas de homicidio en estados como Colima (98.4 por 100,000 habitantes) y Morelos (64.8).
Esta evolución no es solo criminal: involucra corrupción política (ejemplo gobernadores como Jorge Carrillo Olea en Morelos, acusado de nexos) y factores externos como la demanda de fentanilo en EE.UU.
SITUACIÓN ESPECÍFICA EN MORELOS
En Morelos, el crimen organizado está entrelazado con la evolución nacional, pero con raíces locales que se remontan a los 2000s. Inicialmente influenciado por La Familia Michoacana y Beltrán Leyva, se fragmentó en grupos como Los Rojos, Guerreros Unidos (implicados en la desaparición de los 43 de Ayotzinapa en 2014) y CJNG. Estas “raíces” se han extendido desde el narcotráfico a extorsiones a negocios, secuestros y control de rutas hacia CDMX.
Evolución reciente:
Desde 2019, la violencia ha escalado con más de 262 incidentes reportados en prensa hasta 2023. En 2024, Morelos registró 1,300 homicidios, colocándolo en el top 10 de estados violentos. En 2025-2026, persisten enfrentamientos en el norte (ej. Huitzilac), con extorsiones en aumento y cierres de negocios como una bodega de Coca-Cola por amenazas.
Reestructuración tras neutralizaciones: Arrestos como los de “El Carnal” y “Pelayo” en noviembre 2025 (en operativos con CDMX, Edomex y Puebla) muestran cómo células se reorganizan. Guerreros Unidos y otros han diversificado a tala ilegal y migración forzada, con más de una docena de grupos operando actualmente.
La analogía del bambú encaja perfectamente: en Morelos, cortar un “líder” genera brotes nuevos, alimentados por raíces de impunidad y pobreza. Soluciones reales requerirían atacar las causas subterráneas, como corrupción y desigualdad, no solo las manifestaciones visibles.
