LA CAÍDA DE UN ÍDOLO: CUAUHTÉMOC BLANCO Y LA POLÍTICA SIN ESCRÚPULOS
LA CRÓNICA DE MORELOS. Sábado 5 de abril de 2025.
EDITORIAL
Cuauhtémoc Blanco, un ícono del fútbol mexicano, entró al terreno de la política sin prever que este juego no respeta las reglas de fair play que alguna vez dominó en la cancha. Su imagen de héroe popular, construida con goles y carisma, comenzó a desmoronarse cuando decidió ignorar el viejo adagio de “quien se lleva, se aguanta”.
En 2015, los hinchas, especialmente los fieles seguidores americanistas y habitantes de Morelos, fueron clave para catapultarlo a la presidencia municipal de Cuernavaca. Su fama como deportista fue el anzuelo perfecto para los hermanos Roberto y Julio Yáñez Moreno, líderes del Partido Social Demócrata (PSD), quienes, según se reveló después, lo contrataron por siete millones de pesos para aprovechar su popularidad y salvar el registro de un partido al borde de la extinción. Sin embargo, este primer paso ya marcaba el inicio de una trayectoria política basada más en oportunismo que en capacidad.
La estrategia funcionó en un principio: los hinchas y simpatizantes, cegados por la idolatría, lo llevaron al triunfo en las elecciones de 2015 con el 25 por ciento de los votos. Pero el costo fue alto. Pronto surgieron señalamientos de que su candidatura había sido una transacción mercenaria, y su gestión como alcalde estuvo plagada de polémicas, desde un juicio político hasta una huelga de hambre frente a la catedral de Cuernavaca. Aunque logró sortear esas tormentas, su imagen comenzó a fracturarse: el héroe deportivo no estaba preparado para la política, un terreno donde los escrúpulos son un lujo que pocos se permiten. La percepción de Blanco como un “outsider” honesto empezó a diluirse, reemplazada por la de un peón en un juego de intereses más grande, donde su falta de experiencia y principios lo dejaba vulnerable.
El salto a la gubernatura en 2018 marcó el siguiente capítulo de su ascenso y, paradójicamente, de su declive. Postulado por el Partido Encuentro Social (PES) dentro de la coalición “Juntos Haremos Historia” —junto a Morena y el PT—, Blanco arrasó con el 52.4 por ciento de los votos. Sin embargo, el triunfo no fue obra del PES, que no alcanzó el umbral necesario para mantener su registro, sino de Morena, cuyos simpatizantes, impulsados por el efecto López Obrador, le dieron la victoria. Aquí, su imagen de “ciudadano común” que luchaba contra la élite corrupta se sostuvo brevemente, pero el espejismo no duró. Las acusaciones de nepotismo, corrupción y vínculos con el crimen organizado comenzaron a circular, y su incapacidad para gobernar un estado azotado por la violencia erosionó aún más su credibilidad.
La política, esa actividad humana sin piedad, no perdona a quienes no saben jugar sus reglas. Blanco, al intentar mantener su fachada de “hombre del pueblo”, no resistió el embate de escándalos que lo persiguieron como gobernador: desde fotos con presuntos narcos hasta denuncias de malversación de millones de pesos. Su blindaje por parte de Morena, que lo protegió incluso tras acusaciones tan graves como un presunto intento de violación en 2023, evidenció que su valor político radicaba en su popularidad residual, no en su integridad. Los hinchas que lo encumbraron en 2015 y 2018 se convirtieron en testigos de una transformación: el ídolo pasó de ser un símbolo de esperanza a un ejemplo de cómo la fama no basta para sobrevivir en un mundo donde la traición y el oportunismo son moneda corriente.
Así, la destrucción de la imagen de Cuauhtémoc Blanco no fue solo obra de sus adversarios, sino también de su propia ingenuidad y de quienes lo usaron como títere. Los hermanos Yáñez lo vendieron como salvador del PSD; el PES y Morena lo aprovecharon como imán electoral. Pero él, al no “aguantarse” las consecuencias de sus pactos, dejó que su legado se manchara.
La política, al final, no distingue entre héroes y villanos: devora a ambos si no saben defenderse. Blanco, el que alguna vez fue aclamado en los estadios, hoy es un recordatorio de que la admiración popular tiene un límite cuando se cruza al campo minado de la ambición sin escrúpulos.