LA DOCTRINA DEL SHOCK EN LA 4T: ¿TRANSFORMACIÓN O EROSIÓN DEMOCRÁTICA?
LA CRÓNICA DE MORELOS
Lunes 17 de noviembre de 2025
E D I T O R I A L
En las páginas de Naomi Klein, la doctrina del shock se presenta como un manual cínico para las élites: aprovechar el caos para imponer agendas que la sociedad rechazaría en tiempos de calma. México, tierra de terremotos políticos y económicos, ha sido un laboratorio perfecto para esta táctica. Bajo la Cuarta Transformación (4T), lo que se vende como una revolución popular parece replicar, con giros ideológicos, esa misma estrategia: gobiernos que fabrican o capitalizan “shocks” para reformar a golpe de urgencia.
En noviembre de 2025, con Claudia Sheinbaum al frente, el país acumula 19 reformas constitucionales en su primer año, un ritmo vertiginoso que despierta ecos de Friedman y sus “terapias de electroshock” económico. ¿Es esto soberanía recuperada o un nuevo capítulo de control centralizado?
La historia mexicana está plagada de estos episodios. Recordemos la crisis de 1982, cuando el shock de la deuda abrió las puertas al neoliberalismo salvaje, o el “error de diciembre” de 1994, que Zedillo usó para desmantelar el Estado benefactor. Incluso los sismos de 2017 sirvieron a Peña Nieto para privatizar la reconstrucción bajo el manto de la emergencia. Estos no fueron desastres fortuitos, sino ventanas de oportunidad que el poder en turno explotó sin pudor.
La 4T, que prometió romper con ese legado, parece haber internalizado la lección: el shock no siempre viene de afuera; a veces, se orquesta desde Los Pinos —o ahora desde Palacio Nacional— para silenciar disidencias y reescribir las reglas del juego.
Andrés Manuel López Obrador llegó en 2018 con un mandato abrumador, pero su arsenal incluyó shocks controlados desde el arranque. La cancelación del aeropuerto de Texcoco, enmarcada en una “consulta” exprés, generó un pánico financiero que justificó recortes y reasignaciones presupuestales. Fue el primer ensayo: polarizar para unir, desestabilizar para recentralizar. Sheinbaum hereda esa tradición, pero la acelera. En su primer informe de gobierno, en septiembre de 2025, presumió no solo de 19 reformas constitucionales, sino de 40 leyes nuevas, todo bajo el pretexto de una “transformación profunda” que no admite pausas. El momentum postelectoral de junio se convirtió en un torbellino legislativo, donde el debate se ahoga en la velocidad.
La pandemia de COVID-19 fue el shock maestro de la era AMLO, un caos global que el gobierno mexicano navegó con centralización extrema. Mientras el mundo colapsaba en hospitales improvisados, la 4T impulsó compras consolidadas de insumos y austeridad fiscal, debilitando la economía informal que sustenta a millones. No fue solo negligencia en vacunas —que llegó tarde y mal—; fue una oportunidad para moldear el tejido social, preparando el terreno para reformas que, en tiempos normales, habrían enfrentado paros y marchas.
Hoy, en 2025, vemos las secuelas: un país más dependiente del Estado, pero con menos contrapesos, donde la “nueva normalidad” significa obediencia amplificada. La reforma energética de 2021-2024 ilustra cómo un shock autoinfligido puede revertir el reloj neoliberal. Usando la “crisis” de precios post-pandemia como excusa, el gobierno fortaleció a Pemex y CFE, expulsando inversionistas extranjeros y priorizando el control estatal sobre la eficiencia. Críticos lo tildaron de retroceso ambiental y económico, pero para la 4T fue un triunfo soberano. Sheinbaum lo ha defendido en mañaneras recientes, argumentando que protege a México de “intervenciones externas”, un guiño a tensiones con EE.UU. en 2025. Sin embargo, el costo: devaluaciones ocultas y un nearshoring estancado, todo justificado por el pánico colectivo que un shock bien administrado genera.
Pero el pináculo llegó con la reforma judicial de 2024, extendida a 2025. Aprobada a contrarreloj tras la supermayoría de Morena, introdujo elecciones populares para jueces y recortes masivos al Poder Judicial, extinguiendo fideicomisos y reestructurando el sistema en meses. Opositores la bautizaron “shock autoritario”: el caos electoral de junio creó una desorientación perfecta para desarmar al último bastión independiente. En junio de 2025, se celebraron esas elecciones para ministros, un experimento que Sheinbaum celebra como “democratización”, pero que generó alertas de injerencia —incluso de Washington— y volatilidad en los mercados. ¿Elecciones o cooptación? El shock judicial no solo reformó; pulverizó equilibrios de poder.
En 2025, el frenesí no cesa. Sheinbaum ha impulsado reformas en telecomunicaciones, seguridad contra extorsiones y hasta en respuesta a designaciones de cárteles como terroristas por EE.UU., todo en un paquete de 19 enmiendas constitucionales. La última, en noviembre, toca la soberanía nacional, defendida en conferencias donde la presidenta descarta “intervenciones” yankis. Es un torrente: pensiones ampliadas, Guardia Nacional militarizada, planes contra la extorsión. Cada una, enmarcada en una “emergencia” —migratoria, criminal, económica— que no deja espacio para escrutinio. La doctrina del shock aquí muta: ya no es neoliberal, sino estatista, pero el mecanismo es idéntico: golpear primero, preguntar después.
Las implicaciones son profundas y escalofriantes. Económicamente, México cojea: el PIB crece a trompicones, la inflación acecha y el nearshoring se enfría ante la incertidumbre jurídica. Socialmente, la polarización se enquista; la 4T gana lealtad entre los beneficiarios de programas sociales, pero aliena a clases medias y élites que ven en estas reformas un retroceso a la era priísta del presidencialismo absoluto. Internacionalmente, tensiones con EE.UU. —desde aranceles amenazados hasta presiones por migración— se agudizan, con Sheinbaum respondiendo con soberanía retórica que oculta vulnerabilidades. El shock, en suma, fortalece al Ejecutivo a costa de la pluralidad.
Críticos de izquierda y derecha coinciden en un punto: esto no es transformación, es ingeniería social a la fuerza. La 4T critica el neoliberalismo como “doctrina del shock”, pero replica su esencia al usar crisis para concentrar poder. ¿Dónde queda la deliberación democrática? Las mañaneras, convertidas en monólogos, y el Congreso, en sello de goma, pintan un panorama donde el disenso es traición. Incluso aliados como la Suprema Corte, ahora electa, podrían convertirse en extensiones del Ejecutivo.
Es un giro maquiavélico: el anti-shock que se vuelve shock. Frente a esto, México necesita vigilancia colectiva, no aplausos acríticos. La doctrina del shock prospera en la apatía; resistirla exige debates públicos, no decretos exprés. Sheinbaum, científica de formación, debería honrar la evidencia: reformas duraderas nacen del consenso, no del pánico. Si la 4T quiere ser legado, que abandone los atajos del caos. De lo contrario, 2026 podría traer no una consolidación, sino una reacción que desestabilice todo. La historia, maestra cruel, nos advierte: los shocks se pagan con intereses eternos.
