LA PATOLOGÍA DE LA MENTIRA: EL COMBUSTIBLE TÓXICO DE LA POLÍTICA MEXICANA
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Viernes 16 de enero de 2026
La mentira en la política es un mal antiguo y universal. Desde Platón, que admitía el “engaño noble” para preservar el orden, hasta Maquiavelo, que la consideraba herramienta legítima del poder, los clásicos ya reconocían su presencia inevitable. En México, sin embargo, esta práctica se convirtió en un hábito estructural que atraviesa sexenios, partidos y estilos de gobierno.
La mentira no es solo un recurso ocasional: es una estrategia sistemática que erosiona la confianza pública y convierte la verdad en un bien negociable. Sin mentira no hay debate, y sin debate no hay política; pero cuando el engaño se vuelve patológico, lo que queda es una caricatura de deliberación democrática.
En la psique del político mentiroso suelen convivir rasgos narcisistas y una notable tolerancia al autoengaño. La falsedad le permite inflar su imagen, proyectar omnipotencia y seducir a las masas con promesas que sabe incumplibles. La repetición constante de la mentira genera en él —y en sus seguidores— la “ilusión de verdad”: lo dicho muchas veces termina por sentirse verdadero, aunque los hechos lo desmientan.
En contextos de impunidad, este mecanismo se refuerza: el político no teme el descrédito porque el poder lo protege, y así la mentira deja de ser un medio para convertirse en fin en sí misma, una adicción que sostiene el ego y el control.
México ofrece ejemplos abundantes y dolorosos. Desde la “verdad histórica” fabricada en torno a Ayotzinapa hasta las decenas de miles de afirmaciones falsas documentadas en conferencias matutinas, la mentira organizada ha sido un sello de varios gobiernos recientes. Promesas de transformación radical, negaciones de corrupción evidente, cifras manipuladas sobre seguridad, salud o economía: todo forma parte de un repertorio que se repite con asombrosa naturalidad.
El mentiroso político mexicano no improvisa tanto como recicla; construye narrativas que apelan al resentimiento, al miedo o a la esperanza, sabiendo que la verificación es un lujo que pocos pueden permitirse.
Precisamente en sociedades con altos niveles de pobreza y bajos índices educativos la mentira encuentra su terreno más fértil. La falta de herramientas críticas y el acceso limitado a fuentes confiables convierten al electorado vulnerable en presa fácil de la demagogia.
Las promesas emocionales pesan más que los hechos, el discurso de confrontación contra “los de arriba” resulta más persuasivo que cualquier estadística. En este caldo de cultivo, el político mentiroso no solo engaña: construye lealtades ciegas y perpetúa ciclos de dependencia que facilitan el ascenso de liderazgos autoritarios. La educación deficiente no es solo una consecuencia de la pobreza; es también la condición que la hace sostenible.
La paradoja es brutal: el debate político necesita la confrontación de versiones distintas, y la mentira puede ser el detonante de esa disputa. Pero cuando la mentira se institucionaliza y se vuelve masiva, el debate se degrada. Lo que debería ser un intercambio de argumentos se transforma en un espectáculo de narrativas opuestas que ya no buscan la verdad, sino la dominación.
En México hemos visto cómo se acusa a la prensa de mentir mientras el gobierno propaga desinformación desde tribunas oficiales, creando un ambiente en el que la realidad se vuelve relativa y la deliberación genuina prácticamente desaparece.
La patología de la mentira no es un destino inevitable. Es una elección destructiva que prospera donde la ciudadanía no cuenta con educación suficiente para exigir rendición de cuentas ni con instituciones capaces de sancionar el engaño.
Romper este ciclo exige recuperar la verdad como valor no negociable y fortalecer una sociedad crítica que deje de ser cómplice involuntaria de su propia manipulación. Solo entonces la política podrá dejar de ser un terreno abonado para la falsedad y volver a ser, aunque imperfecta, un espacio de encuentro con la realidad.
