La pecera quebrada: políticos y funcionarios bajo el escrutinio inevitable
Gerardo Fernández Noroña, eterno polemista de Morena, no deja de quejarse amargamente cada vez que un ciudadano lo increpa en un restaurante de Tepoztlán o en un aeropuerto, tildando estos encuentros de “acoso” orquestado por la “derecha fascista”.
Pero, ¿qué esperaba? Los políticos como él, que han construido su carrera sobre el escándalo y la confrontación —recordemos sus forcejeos en el Congreso con Alito Moreno o sus insultos misóginos que han generado denuncias de violencia de género—, ahora cosechan el hartazgo social que ellos mismos sembraron.
La vida pública no es un escudo para la impunidad; es una pecera de cristal donde cada movimiento se expone, y Noroña, con sus viajes de lujo por Europa y su casa en Tepoztlán, parece olvidar que el privilegio conlleva exposición. Aquí es donde termina la vida privada y comienza la pública: en el momento en que un servidor público jura el cargo, su existencia se convierte en dominio colectivo.
No hay privacidad para el gasto de recursos públicos, ni para las decisiones que afectan a millones, y mucho menos para los desplantes personales que Noroña ha convertido en espectáculo, como cuando obligó a un ciudadano a disculparse públicamente por increparlo, solo para humillarlo en redes.
La frontera es clara: lo privado se acaba donde inicia el interés público, y para figuras como él, que se victimizan ante reclamos ciudadanos mientras ignoran sus propias agresiones —incluso denunciadas por su propia hermana por misoginia—, la hipocresía es tan transparente como esa pecera que tanto les molesta.
Sin embargo, algunos personajes del régimen de Morena, obsesionados con el control, han hecho todo lo posible por opacar esa transparencia inherente a la vida pública. Bajo el pretexto de “austeridad” y “eficiencia”, han desmantelado el Instituto Nacional de Transparencia (INAI) y otros órganos autónomos, absorbiendo sus funciones en secretarías dependientes del Ejecutivo, lo que deja a la ciudadanía en la oscuridad sobre contratos, licitaciones y declaraciones patrimoniales.
Este asalto a la información pública no es casual: mientras políticos como Noroña exigen custodia federal por “agresiones” que ellos mismos provocan, el gobierno cierra las ventanas para que nada se vea, fomentando la opacidad que tanto critican en sus rivales.
Al final, la molestia de estos políticos vigentes revela su fragilidad: viven en una pecera que ellos mismos han intentado empañar, pero el escrutinio ciudadano persiste pese a los esfuerzos por eliminar vestigios de transparencia.
Noroña y sus pares deberían recordar que el poder no es un búnker privado, sino un escenario abierto donde los insultos y agresiones —reales o percibidos— son el precio de su ambición. Si no aguantan el calor, que salgan de la cocina; México necesita servidores públicos, no víctimas eternas en una era de opacidad deliberada.
