LA RAZÓN INCÓMODA DETRÁS DE LA TRANSICIÓN EN VENEZUELA
LA CRÓNICA DE MORELOS
Domingo 4 de enero de 2026
E D I T O R I A L
En momentos de crisis profunda como la que vive Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, las emociones suelen nublar el análisis frío de la realidad política. Muchos esperaban que, con la salida del dictador, la oposición democrática, encabezada por figuras como María Corina Machado y Edmundo González, asumiera inmediatamente el control. Sin embargo, la dinámica actual apunta a una negociación pragmática con sectores del chavismo, particularmente con Delcy Rodríguez, designada como presidenta interina por el Tribunal Supremo de Justicia.
Esta elección no responde a simpatías ideológicas, sino a una lógica cruda: en transiciones abruptas y violentas, se negocia con quien detenta el poder real, no necesariamente con quien ostenta la razón moral o el apoyo popular.
El poder efectivo en Venezuela sigue residiendo en las estructuras armadas y administrativas que el chavismo ha controlado durante décadas. Aunque Maduro ha sido removido y enfrenta cargos en Nueva York, los militares, la inteligencia y los aparatos estatales, como PDVSA, los ministerios y los puertos, permanecen en manos de leales al régimen. Delcy Rodríguez, como vicepresidenta ejecutiva saliente, representa la continuidad operativa que Washington necesita para evitar un colapso total: paralización económica, caos social o incluso una guerra civil. No se trata de legitimidad, sino de utilidad práctica.
Rodríguez no es una figura improvisada. Encarna tres elementos clave que Estados Unidos prioriza en esta fase inicial. Primero, la continuidad administrativa, ya que controla las riendas de la economía petrolera, los bancos y la logística estatal; sin su cooperación, el país podría paralizarse en cuestión de días, agravando la crisis humanitaria y generando inestabilidad regional. Segundo, actúa como canal con el poder duro, coordinando, aunque no comandando directamente, con militares, servicios de inteligencia y colectivos armados; su presencia facilita desmovilizar potenciales focos de resistencia. Tercero, tiene capacidad de entrega, ofreciendo información sensible, órdenes de desescalada o firmas que estabilicen el terreno.
La administración Trump ha señalado públicamente que Rodríguez es una interlocutora viable, alguien con quien se puede negociar a diferencia de Maduro. Fuentes cercanas indican contactos directos, incluido con el secretario de Estado Marco Rubio. Esto no implica aprobación moral, sino reconocimiento de que, en el corto plazo, ella es el puente hacia la estabilización.
Aquí radica el dolor para muchos venezolanos que sueñan con una transición inmediata y pura. Machado, ganadora del Nobel de la Paz 2025 y símbolo de la resistencia democrática, junto a González, considerado por la oposición y gran parte de la comunidad internacional como el presidente electo en 2024, representan la legitimidad popular y moral. Sin embargo, no controlan armas ni territorio, no manejan la logística estatal ni pueden garantizar ausencia de violencia en un contexto volátil. Para el chavismo residual y sectores militares, Machado es vista como una amenaza existencial, lo que bloquearía cualquier acuerdo inmediato.
Trump ha sido explícito: aunque reconoce a Machado como una mujer agradable, duda de su capacidad para liderar en este momento caótico, priorizando la estabilidad sobre la narrativa democrática pura. González, por su parte, sirve como símbolo electoral y figura de consenso civil, pero no como operador en una crisis de poder duro.
La historia de las transiciones posdictatoriales enseña que no son lineales ni inmediatas, sino que suelen dividirse en etapas claras. En la primera fase, el control del caos, se prioriza negociar con quienes detentan armas y pueden encender o apagar el incendio; aquí entra Rodríguez, no por preferencia, sino por necesidad. En la segunda, el reacomodo institucional, se incorporan técnicos, civiles moderados y actores aceptables, donde podrían sumarse figuras como González u otros opositores consensuados. Finalmente, en la tercera fase, la legitimación democrática, llegan elecciones libres, reconocimiento pleno de la voluntad popular y rol protagónico para líderes como Machado.
El error común es creer que, con la caída de un autócrata, inmediatamente mandan los buenos. Primero imperan quienes evitan el colapso; luego, quienes gobiernan con eficiencia; finalmente, quienes representan al pueblo. Esto no significa que María Corina Machado esté excluida permanentemente; al contrario, su legitimidad la posiciona como la gran capitalizadora en fases posteriores, posiblemente como figura unificadora o incluso presidenciable en elecciones futuras. Sacarla del juego por completo sería la verdadera alarma.
Hoy, la prioridad es estabilizar un país al borde del abismo. Se habla con Delcy para apagar el incendio inmediato; mañana, con civiles moderados para reconstruir; pasado mañana, con el país entero para legitimar. La historia rara vez comienza donde uno desea, pero las transiciones exitosas exigen pragmatismo antes que purismo. Venezuela necesita ambas cosas, en el orden correcto, para no repetir errores del pasado.
