LA REFORMA ELECTORAL DE SHEINBAUM: ¿DEMOCRACIA POPULAR O REGRESO AL PARTIDO DE ESTADO?
La propuesta de reforma electoral presentada por la presidenta Claudia Sheinbaum ha desatado un debate polarizado en México. Anunciada este miércoles en Palacio Nacional, la iniciativa promete reducir en un 25% los costos del sistema electoral, eliminar senadores plurinominales, modificar la asignación de diputados de representación proporcional y acortar tiempos de campaña en medios electrónicos, entre otros cambios.
El gobierno argumenta que responde a demandas ciudadanas de hacer la democracia más barata, directa y menos burocrática. Sin embargo, buena parte de la oposición y varios analistas advierten que estos ajustes podrían consolidar a Morena como un partido hegemónico, reminiscente del viejo PRI que dominó el país durante más de siete décadas. ¿Estamos ante una modernización necesaria o ante el diseño de un nuevo esquema de partido de Estado?
LOS ELEMENTOS CENTRALES DE LA REFORMA
Entre las medidas más destacadas se encuentran:
Reducción presupuestal del 25% al INE, a los partidos políticos y a los organismos electorales locales.
Eliminación del PREP y sustitución por un conteo directo de votos.
Disminución de senadores de 128 a 96, suprimiendo los 32 plurinominales.
Reajuste en la fórmula de asignación de diputados plurinominales, priorizando la elección directa.
Reducción de tiempos de spots en radio y televisión (de 48 a 35 minutos diarios por partido).
Nuevas reglas para el uso de inteligencia artificial en campañas y mayor fiscalización.
El argumento oficial es que el sistema electoral actual es excesivamente caro y que muchos mexicanos perciben que el dinero se desperdicia en campañas y estructuras opacas. Morena presenta la reforma como un paso hacia una democracia más cercana al pueblo, menos mediada por instituciones costosas y más centrada en el voto directo.
La oposición, por su parte, sostiene que la eliminación o debilitamiento de figuras plurinominales reduciría drásticamente la representación de fuerzas minoritarias, dejando al partido mayoritario con una ventaja estructural casi insuperable. También se cuestiona la posible centralización de funciones del INE y la falta de medidas contundentes contra el financiamiento ilícito o la intervención del crimen organizado en procesos electorales.
EL CONTEXTO DE OPINIÓN PÚBLICA: ¿APOYO A LA DEMOCRACIA?
Un elemento clave en el discurso oficial es que la reforma responde a “peticiones de la gente”. Aquí entra en juego el pulso que reflejan encuestas como Latinobarómetro. En su edición más reciente (2024), México registró el nivel más alto de satisfacción con la democracia desde que se mide el indicador: 50 %, colocándose como el tercer país de América Latina con mayor satisfacción, solo por debajo de Uruguay y El Salvador. El apoyo a la democracia como “el mejor sistema posible” alcanzó el 74 %, y la preferencia explícita por ella subió significativamente en los últimos años.
Este dato coincide con el amplio respaldo electoral que obtuvo la llamada cuarta transformación en 2024. Muchos mexicanos asocian los gobiernos de Morena con resultados tangibles (programas sociales, obras de infraestructura, combate percibido a la corrupción) y ven en las instituciones electorales tradicionales un gasto innecesario o incluso un obstáculo.
Sin embargo, la misma encuesta revela paradojas: aunque la satisfacción es la más alta en décadas, el 50 % restante sigue insatisfecho, y el país aún tiene un porcentaje considerable de personas que no descartan soluciones autoritarias ante problemas graves. En América Latina en su conjunto, la insatisfacción con la democracia ronda el 65 %, alimentada por desigualdad, inseguridad y desconfianza en las instituciones. En México, esa mezcla de alto respaldo al proyecto en turno y persistente descontento con el “sistema” crea un terreno fértil para reformas que prometen simplificar y abaratar la política.
¿HACIA UN NUEVO PARTIDO DE ESTADO?
El paralelismo con el PRI no es gratuito. Durante casi 80 años, el PRI mantuvo el poder mediante un control casi total del aparato electoral, del financiamiento público, de los medios y de las estructuras corporativas del Estado. Morena no ha llegado (ni parece necesitar) a ese nivel de control autoritario directo, pero sí cuenta con supermayorías legislativas, dominio del Ejecutivo y el Poder Judicial, y un respaldo popular muy sólido.
La reforma, tal como está planteada, podría inclinar aún más la balanza:
Al reducir drásticamente los plurinominales, se limitaría la supervivencia electoral de partidos pequeños o emergentes.
Un INE con menos recursos y mayor dependencia funcional podría volverse más vulnerable a presiones políticas.
La narrativa de “democracia directa” y “ahorro para el pueblo” legitima cambios que benefician estructuralmente al partido dominante.
No hay prueba documental de un plan explícito para instaurar un partido único o hegemónico permanente. Pero el patrón acumulado —reforma judicial previa, militarización de funciones civiles, concentración presupuestal y ahora ajustes electorales— genera preocupación legítima entre quienes defienden el pluralismo.
CONCLUSIÓN
La reforma electoral tiene argumentos de eficiencia: México destina sumas enormes a organizar elecciones, y eliminar redundancias podría liberar recursos para otras prioridades. Al mismo tiempo, cualquier cambio que reduzca contrapesos o representación plural en un contexto de hegemonía de un solo partido debe examinarse con extremo cuidado.
Sheinbaum tiene la oportunidad histórica de usar esta iniciativa para fortalecer una democracia más participativa y menos costosa sin sacrificar pluralismo ni independencia institucional. Si, en cambio, el resultado final debilita los mecanismos que permiten alternancia y representación diversa, México podría estar asistiendo —quizá sin proponérselo del todo— al nacimiento de un nuevo esquema de partido de Estado, esta vez vestido de transformación popular.
El Congreso será el campo de batalla. Allí se definirá si esta reforma democratiza o concentra, moderniza o retrocede. El tiempo dirá si el alto respaldo actual a la democracia se traduce en instituciones más fuertes… o en una sola fuerza política que se confunde con el Estado mismo.
