LA SOBERANÍA MEXICANA: ENTRE LA RETÓRICA Y LA DEPENDENCIA ESTRUCTURAL
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Martes 27 de enero de 2026
La insistencia del gobierno mexicano en negar cualquier operativo conjunto en el caso de Ryan James Wedding y en promover la narrativa de una entrega voluntaria en la embajada estadounidense en México responde a una estrategia profunda para preservar la apariencia de soberanía nacional, en un contexto donde la dependencia de México respecto a Estados Unidos es innegable y ha marcado la relación bilateral durante décadas.
Este enfoque no es nuevo; forma parte de un patrón histórico en el que los gobiernos mexicanos, independientemente de su ideología, han utilizado el discurso de la soberanía como un escudo retórico para mitigar percepciones de sumisión ante Washington, especialmente en temas sensibles como el narcotráfico, la migración y la economía.
En el caso específico de Wedding, un exatleta canadiense convertido en presunto líder de una red criminal ligada al Cártel de Sinaloa, las autoridades mexicanas, encabezadas por la presidenta Claudia Sheinbaum y el secretario de Seguridad Omar García Harfuch, han enfatizado que no hubo incursión del FBI en territorio nacional, atribuyendo la entrega a una presión bilateral que forzó al fugitivo a rendirse voluntariamente. Esta versión contrasta con las declaraciones del abogado de Wedding, quien sostiene que se trató de un arresto forzado, y con evidencias como una supuesta publicación en redes sociales generada por inteligencia artificial, lo que ha alimentado dudas sobre un posible encubrimiento de una operación estadounidense no autorizada.
Sin embargo, esta narrativa oficial ilustra precisamente cómo el concepto de soberanía mexicana se ha vuelto un recurso cada vez más desgastado, erosionado por una dependencia estructural que permea prácticamente todos los aspectos de la relación con Estados Unidos.
Con más de cinco décadas en el periodismo, he sido testigo de cómo esta dependencia se manifiesta en tratados comerciales como el T-MEC, que atan la economía mexicana a la estadounidense en un 80 por ciento de sus exportaciones, o en la gestión del flujo migratorio, donde México actúa como un filtro para las políticas de contención de Washington. En el ámbito de la seguridad, la Iniciativa Mérida y sus sucesoras han implicado una colaboración profunda, con entrenamiento y equipo proporcionados por EE.UU., pero siempre bajo el velo de una soberanía que se invoca para evitar admitir intervenciones directas.
El discurso de defensa de la soberanía, aunque convenenciero, sirve para mantener una cohesión interna y proyectar autonomía ante la opinión pública, evitando críticas de la oposición que podrían acusar al gobierno de debilidad o traición. En realidad, esta retórica oculta una asimetría inevitable: México depende de la inversión estadounidense, de remesas que superan los 60 mil millones de dólares anuales y de la cooperación en inteligencia para combatir el crimen organizado, mientras que EE.UU. ejerce presión constante sobre temas como el fentanilo o el control fronterizo.
La persistencia en esta línea, como en el caso de Wedding, también busca evitar escaladas diplomáticas que podrían complicar negociaciones en otros frentes, especialmente en un año como 2026, marcado por elecciones en EE.UU. y tensiones por el narcotráfico.
Admitir un operativo conjunto no solo cuestionaría la soberanía, sino que abriría debates sobre legalidad, derechos humanos y posibles demandas internacionales, debilitando la posición mexicana en foros bilaterales. No obstante, esta estrategia tiene límites: las contradicciones evidentes, como las versiones encontradas entre gobiernos y la sospecha de una captura disfrazada, erosionan la credibilidad del discurso soberanista, convirtiéndolo en un instrumento cada vez más obsoleto ante una realidad de interdependencia profunda.
En última instancia, mientras la soberanía se invoca como principio inquebrantable, la práctica revela una relación pragmática donde México navega entre la autonomía simbólica y la necesidad de colaboración, un equilibrio que ha sido una constante en la historia reciente del país.
