LAS ADICCIONES: RAÍCES EMOCIONALES PROFUNDAS Y EL LLAMADO ACTUAL A LA JUVENTUD
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Jueves 12 de marzo de 2026
En la década de 1990, específicamente alrededor de 1995-1996, un distinguido psiquiatra y psicólogo mexicano, experto en el tratamiento de adicciones a sustancias químicas, introdujo a muchos profesionales y audiencias el concepto de un “síndrome de dependencia química”. Este enfoque, aplicable tanto a hombres como a mujeres, enfatizaba que las adicciones no eran meros vicios morales, sino manifestaciones de desequilibrios profundos en el manejo emocional.
En sus exposiciones, criticaba campañas como la del gobierno federal “Di no a las drogas”, comparándola con decir “Di no a la tos”: un abordaje superficial que ataca el síntoma visible, pero ignora la raíz de una dolencia subyacente. Según este experto, en el fondo de las adicciones predomina un estado emocional descontrolado, donde emociones como la ira, la ansiedad, el miedo o las pérdidas se disparan, llevando a los individuos a buscar alivio en sustancias para “tranquilizar” el sistema límbico, el centro neural de las emociones.
Hoy, más de tres décadas después, esta perspectiva resuena con fuerza en el entendimiento científico moderno de las adicciones. La neurobiología actual confirma que las dependencias químicas no son solo hábitos adquiridos, sino alteraciones en el cableado cerebral ancestral, diseñado para la supervivencia, pero vulnerable a ser secuestrado por sustancias adictivas.
El sistema límbico, que incluye estructuras como la amígdala (responsable del procesamiento del miedo y la ansiedad) y el núcleo subcortical (centro de recompensa), juega un rol fundamental. Cuando una persona experimenta emociones intensas, este sistema se activa para motivar respuestas adaptativas, como huir de un peligro o buscar alimento. Sin embargo, en contextos de estrés crónico o trauma, las emociones pueden volverse incontrolables, llevando a un fenómeno conocido como “automedicación”: el uso de sustancias para modular estos estados.
Estudios científicos han demostrado que las adicciones alteran el cerebro, afectando tanto el sistema límbico (encargado de la “supervivencia emocional”) como la corteza prefrontal (responsable de la toma de decisiones racionales). Por ejemplo, drogas como el alcohol o los opioides inundan el sistema con dopamina, un neurotransmisor que genera sensaciones de placer y calma inmediata, pero a costa de desregular el equilibrio natural.
Esto explica por qué, para la mayoría de los adictos, las sustancias sirven como un “freno” temporal para episodios de ira, ansiedad o duelo: no resuelven el problema emocional subyacente, sino que lo enmascaran, perpetuando un ciclo de dependencia.
Investigaciones en psiquiatría translacional destacan que la disregulación emocional es un impulsor crítico de las recaídas, y que tratamientos efectivos deben enfocarse en la regulación emocional, como terapias cognitivo-conductuales o neuromodulación límbica, en lugar de solo en la abstinencia forzada.Esta visión científica no solo valida las observaciones del experto de los 90, sino que subraya la necesidad de enfoques integrales que aborden las causas raíz.
En México, donde las adicciones afectan a millones, particularmente entre la juventud vulnerable a factores como la violencia, la pobreza o el estrés postraumático, ignorar el componente emocional equivale a tratar solo la “tos” de una neumonía crónica.
Precisamente en este contexto, este miércoles 11 de marzo, la gobernadora de Morelos, Margarita González Saravia, emitió un mensaje directo a la juventud del estado durante un evento de incineración de narcóticos y destrucción de armas en Cuernavaca. Al reconocer el trabajo interinstitucional de entidades como la Secretaría de la Defensa Nacional, la Guardia Nacional y la Fiscalía General del Estado, la mandataria enfatizó: “Proteger a la juventud de las adicciones es salvar vidas”. Dirigiéndose a estudiantes del Colegio de Bachilleres del Estado de Morelos, exhortó a tomar conciencia de los daños de las drogas, afirmando que “las drogas destruyen la vida” y llamando a los jóvenes a mantenerse alejados de sustancias ilícitas. Además, subrayó la responsabilidad colectiva: “Todas y todos somos responsables de no permitir que la delincuencia destruya a nuestros jóvenes”, reconociendo el rol de la sociedad en prevenir que la delincuencia organice y explote estas vulnerabilidades.
Aunque el mensaje de la gobernadora se alinea con campañas preventivas tradicionales, como el “Di no” criticado por el experto, su énfasis en la protección colectiva y la conciencia invita a una reflexión más profunda. En el Morelos actual, donde la violencia y las presiones socioeconómicas pueden disparar emociones incontrolables en la juventud, aplicar la perspectiva del síndrome de dependencia química podría potenciar estos esfuerzos.
Por ejemplo, integrar programas educativos que enseñen regulación emocional –como mindfulness o terapia focalizada en el trauma– junto a la disuasión, abordaría no solo el síntoma (el consumo), sino la raíz límbica-emocional. De esta manera, el legado del experto de 1995 sigue vigente: tratar las adicciones como un desorden emocional, no solo conductual, podría transformar la prevención en Morelos y más allá, salvando vidas de manera más efectiva y humana.
