LAS GRIETAS URBANAS QUE COBIJAN AL CRIMEN: EL CASO DE CUERNAVACA Y JIUTEPEC
LA CRÓNICA DE MORELOS
Viernes 6 de febrero de 2026
E D I T O R I A L
En ciudades como Cuernavaca y Jiutepec, el deterioro urbano se convirtió en un aliado silencioso del crimen organizado. Las avenidas principales, como la Avenida Río Mayo en Cuernavaca o el Boulevard Cuauhnáhuac en Jiutepec, a menudo presentan un panorama de iluminación deficiente y señalización obsoleta, lo que facilita emboscadas nocturnas y robos vehiculares. Estas vías amplias, diseñadas para el flujo vehicular, se transforman en corredores oscuros donde la ausencia de cámaras de vigilancia y patrullaje constante permite que grupos delictivos operen con impunidad.
Además, el abandono de banquetas agrietadas y vegetación descuidada crea escondrijos perfectos para acechos, exacerbando la percepción de inseguridad entre los residentes que evitan transitar solos después del atardecer. Ni qué decir del graffiti.
Las calles secundarias y colonias periféricas agravan esta vulnerabilidad, convirtiéndose en nidos ideales para actividades ilícitas. En barrios como Lomas de Atzingo en Cuernavaca o Civac en Jiutepec, las vialidades estrechas y laberínticas, con baches profundos y falta de pavimentación adecuada, dificultan la respuesta rápida de las autoridades.
Estas áreas, plagadas de lotes baldíos y construcciones inconclusas, ofrecen refugios temporales para narcotraficantes y ladrones, quienes aprovechan la proximidad a rutas de escape hacia zonas rurales. La acumulación de basura y escombros no solo degrada el entorno visual, sino que genera un sentido de abandono que disuade la inversión comunitaria y fomenta la proliferación de pandillas locales.
Las fachadas de edificios y viviendas contribuyen directamente a esta atmósfera de temor. En muchas colonias céntricas, como el Centro de Cuernavaca o Tejalpa en Jiutepec, las estructuras con pintura descascarada, ventanas rotas y puertas desvencijadas proyectan una imagen de desolación que invita a la intrusión. La prevalencia de casas abandonadas o en ruinas, a menudo resultado de disputas legales o migración económica, se convierten en puntos de reunión para criminales, donde se almacenan bienes robados o se planean extorsiones.
Esta decadencia arquitectónica no solo erosiona el orgullo cívico, sino que perpetúa un ciclo de inseguridad al hacer que los vecinos se sientan expuestos y desprotegidos en su propio entorno.
Para romper este ciclo, es imperativo que las autoridades locales inviertan en rehabilitación urbana integral, desde iluminación LED en avenidas hasta programas de limpieza en colonias marginadas.
Sin embargo, mientras persistan estas condiciones —fruto de años de negligencia gubernamental y corrupción— las ciudades como Cuernavaca y Jiutepec seguirán siendo caldo de cultivo para el crimen. La percepción de inseguridad no es solo un sentimiento abstracto; es el reflejo tangible de un urbanismo fallido que urge ser reformado para restaurar la paz y la confianza en la comunidad.
