Las tribus de Morena que ya pelean el 2027
A poco más de un año del arranque del gobierno de Claudia Sheinbaum, Morena ya dejó de ser un movimiento monolítico. Aunque el partido se resiste a reconocerlo en público, las viejas “tribus” del PRD volvieron a aparecer con otro nombre y con mucho más poder: las lealtades personales, los operadores territoriales y las redes de control político definen hoy quién manda y quién negocia las candidaturas rumbo a las elecciones intermedias de 2027.
Dos grandes bloques dominan la escena —el de Andrés Manuel López Obrador y el de la propia presidenta—, pero entre ellos sobreviven otras corrientes con peso específico que no pueden ser ignoradas.
El reparto de gubernaturas y la renovación total de la Cámara de Diputados ya se está cocinando en estas mesas paralelas.
El grupo de AMLO, el más antiguo y arraigado, sigue siendo el que conserva el alma del movimiento original. Se trata de la vieja guardia obradorista: figuras como Adán Augusto López Hernández, que mantiene una estructura territorial potente, gobernadores de la generación 2018-2024 y numerosos “caciques” regionales que controlan bases y estructuras locales. Este sector defiende con uñas y dientes el discurso populista clásico y resiste cualquier intento de “institucionalizar” demasiado el partido. Su fuerza radica en el arraigo en los territorios y en la lealtad inquebrantable al fundador, que aunque ya no tiene cargo formal, conserva un poder moral y de veto que pocos se atreven a desafiar abiertamente.
En el otro extremo, el círculo de Claudia Sheinbaum avanza con rapidez y consolida su propio grupo. Es un bloque más técnico, administrativo y disciplinado, integrado principalmente por quienes fueron sus colaboradores más cercanos en la Ciudad de México y ahora ocupan puestos clave en el gabinete federal. Luisa María Alcalde, como presidenta del partido, Rosa Icela Rodríguez en Gobernación, Omar García Harfuch en seguridad y varios asesores de confianza conforman el núcleo duro. Este sector apuesta por perfiles que garanticen continuidad del proyecto, pero con un estilo menos confrontacional y más negociador que el de la generación anterior. La presidenta, por su posición institucional, tiene hoy la iniciativa en muchas designaciones nacionales, aunque todavía debe sortear resistencias internas.
Sin embargo, Morena no se reduce a solo dos bandos. Existen otras tribus con capacidad de negociación y de veto parcial. Los ebrardistas, encabezados por Marcelo Ebrard, mantienen una estructura propia, pragmática y con experiencia en gestión pública; saben moverse en el Congreso y en las relaciones internacionales, y están dispuestos a ceder espacios a cambio de mantener influencia. Por su parte, los monrealistas, liderados por Ricardo Monreal, son los maestros de la negociación legislativa y del equilibrio con PT y PVEM. Su peso en la Cámara de Diputados y en los acuerdos parlamentarios les permite incidir en la asignación de plurinominales y en los equilibrios que se requieren para aprobar reformas.
Rumbo a 2027, la dinámica será clara: Sheinbaum tiene la ventaja del poder ejecutivo y de la última palabra en muchas decisiones, pero no cuenta con el control absoluto que tuvo AMLO en su momento. Las gubernaturas en disputa dependerán en gran medida de los acuerdos entre los grupos con poder territorial —donde los amloístas siguen fuertes—, mientras que la Cámara de Diputados será terreno de los operadores legislativos y de las dirigencias nacionales.
Las encuestas seguirán siendo el mecanismo oficial, pero los “dedazos” negociados, los jaloneos y los pactos entre tribus serán la regla.
La unidad se sostiene por el proyecto compartido y por el temor a perder la mayoría calificada, pero las tensiones ya son visibles: reformas atoradas, resistencias de aliados como el PT y el PVEM, y señalamientos que afectan más a ciertos sectores de la vieja guardia.
El 2027 no será una sucesión tranquila. Será una repartición de poder en la que cada tribu intentará colocar a sus mejores cartas. Y la presidenta, aunque lleva la batuta, sabe que no puede gobernar sin escuchar —y negociar— con las otras voces que conforman el mosaico de Morena.
