LOS “OLÉS” DEL AZTECA Y LA ESTUPIDEZ SCHOPENHAUERIANA QUE NOS ACOMPAÑA DESDE SIEMPRE
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Lunes 30 de marzo de 2026
El pasado fin de semana, en la reinauguración del Estadio Azteca (ahora Estadio Banorte), un amistoso México-Portugal terminó con un empate sin goles y con un coreo de “olés” que, más que a Portugal, parecía dirigido al propio partido y, desde luego, a la selección nacional mexicana. No fue un incidente aislado de mal humor futbolero. Fue, como explica el video de Youtube titulado “¿Por qué existe la gente estúpida?” (al final les proporciono el link), la manifestación sonora de un mecanismo humano muy antiguo: la expectativa inflada choca con la realidad y la frustración colectiva encuentra su megáfono.
Schopenhauer lo decía con crudeza germánica: la mayoría de las personas no actúa por razón, sino por voluntad y pasión. Cuando la realidad no coincide con lo que se “quería” creer, la ignorancia no se esconde; se sube al escenario. Y el estadio —ese templo donde “la afición manda”— se convirtió en el escenario perfecto. Los medios habían construido durante semanas la narrativa del “nuevo Azteca”, del “renacer del fútbol mexicano”, del partido que marcaría el camino al Mundial 2026. La emoción colectiva hizo el resto. El resultado fue previsible para cualquiera que viera el partido con frialdad: un amistoso de preparación. Pero la pasión ya había elegido su relato. Es el nivel del futbol en nuestro amado país.
Ahora bien, apliquemos el mismo lente, sin que nadie se ponga el saco, al caso mexicano que más nos duele y más nos define: la política. Porque lo que ocurrió en el Azteca no es nuevo, ni es exclusivo del fútbol. Es el mismo patrón que ha marcado la vida pública de México desde hace más de dos siglos. Siempre ha habido un “nuevo estadio” político: una promesa grandilocuente, un proyecto simbólico, un discurso que infla expectativas hasta el cielo. Y siempre, tarde o temprano, llega el momento en que la realidad —con sus números, sus plazos y sus límites— aparece en la cancha. Entonces surge el coreo.
Piensen en cualquier periodo de nuestra historia. Da igual la bandera que ondeara en Palacio Nacional. Siempre se repite la secuencia schopenhaueriana:
- Se construye una narrativa de “renacimiento” o “cambio histórico”.
- Los medios y las tribunas amplifican la expectativa hasta convertirla en casi obligación cósmica.
- La voluntad colectiva (esa “voluntad” de la que hablaba Schopenhauer) se enamora de la promesa más que de la evidencia.
- Cuando el partido no sale como se esperaba —porque la realidad nunca sale como se esperaba—, aparece el “olé” colectivo: el desencanto ruidoso, el meme, el grito en la plaza, el voto de castigo, la frase que se repite en todas las sobremesas.
No es que los mexicanos seamos especialmente “estúpidos”. Es que somos especialmente humanos. Y la política, como el fútbol de alta expectación, es uno de los pocos escenarios donde esa humanidad se exhibe sin filtro.
Los políticos —de siempre, sin excepción— han entendido a la perfección el mecanismo: saben que la pasión mueve más votos que los balances fríos. Por eso inflan el globo. Y la sociedad, por su parte, entra al estadio dispuesta a creer, porque creer duele menos que aceptar que los problemas son complejos, lentos y casi siempre incómodos.
El video de Schopenhauer no ofrece consuelo fácil. Dice, simplemente, que la ignorancia no aumenta; solo se hace más visible cuando hay altavoces. En México los altavoces han sido, históricamente, los periódicos, la radio, la televisión y ahora las redes. Pero el mecanismo es idéntico al de 1821, al de 1910, al de 1930, al de 2000 o al de hoy. Cambian los nombres, cambian los colores, pero el coreo de fondo es el mismo: expectativa desmedida → realidad terca → frustración audible.
La reflexión incómoda —y liberadora— es que no hay “ellos” culpables y “nosotros” víctimas. Hay un patrón humano que se repite porque nadie, ni gobernantes ni gobernados, hemos logrado domesticar del todo esa voluntad schopenhaueriana que prefiere el espectáculo a la contabilidad.
Quizá la única forma de romper el ciclo no sea gritar más fuerte ni prometer más alto, sino aprender a entrar al estadio (político o futbolero) con menos expectativa y más curiosidad. Ver el partido tal como es, no como nos contaron que iba a ser.
Porque, al final, el “olé” más peligroso no es el que se escucha en el Azteca. Es el que llevamos dentro cuando preferimos la emoción de la promesa a la paciencia de la realidad.Y eso, amigos, es un mal de siempre. No de ahora. De siempre.
LINK DE YOUTUBE CON EL VIDEO: https://www.youtube.com/watch?v=1qoZ8UAcfV8
