NO HAY ENEMIGO PEQUEÑO: LA SABIDURÍA POLÍTICA DE DON LAURO ORTEGA
LA CRÓNICA DE MORELOS
Lunes 6 de abril de 2026
Por Guillermo Cinta Flores
El doctor Lauro Ortega Martínez fue postulado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) como candidato a gobernador de Morelos el 24 de septiembre de 1981, cuando aún fungía como diputado federal por el IV distrito, con cabecera en Jojutla. Tuve el honor de conocerlo en 1979, cuando el mismo instituto político lo eligió candidato a ese cargo de representación popular ante el Congreso de la Unión. Por entonces transcurría el gobierno del presidente José López Portillo (1976-1982).
En alguna ocasión lo vi descender del helicóptero presidencial acompañando al jefe del Poder Ejecutivo federal. No dudé en comentar que sería gobernador de Morelos. El tiempo me dio la razón. Don Lauro no solo conocía al controversial López Portillo: lo asesoraba con franqueza y solvencia.
Cabe agregar que, al día siguiente de su postulación —el 25 de septiembre de 1981—, ocurrió algo similar con Miguel de la Madrid Hurtado, entonces secretario de Programación y Presupuesto (SPP), quien fue destapado como candidato a la Presidencia de la República.
A varios grupos políticos del PRI en Morelos les tomó por sorpresa el “destape” de Don Lauro, primero, y el de De la Madrid, después. En aquella época se estilaba cumplir el ritual en enero del año electoral: los comicios locales se realizaban en marzo y los federales en julio. Empatar ambas elecciones fue una decisión que tomó Jorge Carrillo Olea como gobernador en 1996, supuestamente para ahorrar recursos públicos —meta que nunca se cumplió—. Para algunos analistas morelenses, aquella reforma a la Constitución estatal contribuyó a la derrota de Juan Salgado Brito, candidato del PRI a la gubernatura, el 2 de julio de 2000, en las primeras elecciones concurrentes de gobernador y presidente.
Como diputado federal, Don Lauro desplegó una intensa actividad de gestión social en favor del IV distrito, donde era ampliamente conocido. Su cercanía con el presidente López Portillo resultó decisiva para canalizar fondos millonarios hacia obras de infraestructura y proyectos productivos. Igualmente importante fue su sólida amistad con Miguel de la Madrid Hurtado, titular de la Secretaría de Programación y Presupuesto.
Siendo ya gobernador, en Casa de Gobierno, Don Lauro nos relató una anécdota en la que Miguel de la Madrid fue el protagonista principal:
—Una ocasión —contó Don Lauro—, De la Madrid me pidió que intercediera por él ante el presidente de la República.
—¿Por qué, señor secretario? —le pregunté.
—Mire, don Lauro, yo siempre he querido ser gobernador de Colima y creo que tengo posibilidades de ser el candidato.
—¿En qué le puedo ayudar, Miguel?
—¡En mucho! Sé que el presidente lo escucha a usted. Por eso quiero pedirle un favor.
—Adelante.
—Dígale al presidente que quiero ser gobernador de Colima —le dijo De la Madrid.
—¿Eso es todo, señor secretario? —respondió Don Lauro con su habitual picardía.
—Es todo.
Don Lauro cumplió su palabra. Cuando se reunió con López Portillo, fue directo al grano:
—Señor presidente, tengo algo que comentarle respecto a Miguel de la Madrid.
—¿Qué? ¿Hizo algo?
—No, no. Es que De la Madrid me pidió hablar con usted sobre un anhelo personal.
—A ver, ¿cuál?
—Quiere ser candidato a gobernador de Colima —dijo Don Lauro con seguridad.
—Ah… Pues fíjese que no se va a poder, porque yo tengo otros planes para Miguel. ¿Qué más trae, don Lauro? —cortó tajantemente López Portillo.
Don Lauro nos confesó que se sintió apenado al transmitir la negativa. De la Madrid la aceptó con estoicismo. Nunca imaginó lo que ocurriría meses después, el 25 de septiembre de 1981. Por su mente cruzó la idea de que López Portillo veía en De la Madrid un prospecto presidencial, pero guardó el pensamiento para sí durante meses, consciente de los intrincados vericuetos del poder.
Lo más trascendente para el IV distrito fue la eficaz mancuerna que formaron Don Lauro y Miguel de la Madrid, la cual permitió aterrizar cuantiosas inversiones en la zona sur de Morelos. Esa alianza se mantuvo durante todo el sexenio 1982-1988 en beneficio de todo el estado.
La intensa labor de Don Lauro como diputado federal generó incomodidad en el gobierno estatal, encabezado entonces por el ortopedista Armando León Bejarano Valadez. Con la mira puesta en la gubernatura, Don Lauro movió hilos con López Portillo para asumir control de varias delegaciones federales clave, aquellas que manejaban fuertes partidas presupuestales.
En 1980 logró la remoción del delegado de la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos, Roberto Hernández Camalich —funcionario afín a Bejarano—. En su lugar llegó el ingeniero Enrique Dupré Ceniceros, exgobernador de Durango (1962-1966) y viejo amigo de Don Lauro. Dupré recibió instrucciones directas del titular de la SARH, Francisco Merino Rábago, para apoyar en todo al diputado federal. Así, los programas agrícolas y pecuarios de Morelos dejaron de depender del delegado para responder al diputado por el IV distrito, mientras el gobernador quedaba en segundo plano.
Días después entrevisté a Bejarano, quien respondió furioso:
—¡No se vale que quienes pretenden cargos en el futuro muevan funcionarios! ¡No los deben desplazar!
Bejarano sostenía que esos cambios obstruían el progreso del estado, lo cual no era cierto. Al menos durante dos años de su sexenio hubo avances notables en varias regiones, gracias precisamente al apoyo del diputado federal.
Tiempo después, platicando con Don Lauro sobre aquella reacción virulenta, él exclamó con su típica mordacidad:
—Bejarano es un buen hombre. Hay que ayudarle.Y esbozó una de sus sonrisas inconfundibles, la de quien sabía administrar el poder. Años más tarde diría exactamente lo mismo sobre Antonio Riva Palacio López.
Una vez consumado el “destape”, Don Lauro se aisló varias semanas de nuestro reducido grupo de amigos. No supimos de él hasta que nos convocó en un salón del hotel Posada Jacarandas, en la avenida Cuauhtémoc de Cuernavaca, para definir aspectos de la campaña.
La mecánica que usó para formar la Comisión de Prensa y Propaganda la aplicó en todas las comisiones de campaña. Aquello impactó a quienes se sentían dueños de la postulación, convencidos de que “se la habían jugado” con el galeno de Xochitepec. Cuán equivocados estaban. Todos, absolutamente todos, recibieron una oportunidad de colaborar en el gobierno estatal. Ninguno quedó fuera, y en más de una ocasión Don Lauro les demostró su gratitud.
Cuando uno de sus colaboradores más cercanos leyó la lista inicial de la Comisión de Prensa y Propaganda —integrada solo por nombres del círculo íntimo—, Don Lauro sonrió con sarcasmo y preguntó sin empacho:
—¿Es todo?
Nadie respondió. Se levantó, tomó un plumón y comenzó a pedir nombres de personas distinguidas de la sociedad local por diferentes méritos. Así surgió el del ingeniero Julio Mitre Goraieb, quien en ese momento padecía un problema renal y atendía una sombrerería y camisería en la calle Guerrero, en el centro de Cuernavaca. Mitre terminó como director de adquisiciones en su gobierno y, gracias a su compadrazgo con Antonio Riva Palacio, fue presidente municipal de Cuernavaca (1988-1991).
—¡Excelente! —dijo Don Lauro al escuchar el nombre—. Quiero más nombres, más y más.
La comisión pasó de diez o doce personas a cuarenta o cincuenta. Había de todo: de dulce, de chile y de manteca. Quienes se habían jugado con él estaban atónitos. Don Lauro los tranquilizó con una explicación que repetiría a lo largo de su sexenio:
—Ustedes deben estar seguros de que son mis amigos. Quien quiera seguirme, adelante. Pero no puedo estructurar mi gobierno solo con amigos, compadres o cuates. ¡Hay que abrir el gobierno! No quiero que me pase lo que le pasó a Bejarano. Además, a ninguno de ustedes le voy a permitir robar. Tómenlo o déjenlo. Ahora es el momento de decidir.
Abrir el gobierno. Evitar los errores del gobernador saliente, quien al concluir su mandato fue acusado de enriquecimiento inexplicable por la Procuraduría General de la República y permaneció prófugo varios años. Bejarano no reapareció en la vida pública morelense sino hasta el gobierno de Jorge Carrillo Olea (1994-1998).
Don Lauro solía decir que “siempre es necesario refrescar el gobierno” para evitar el desgaste. A Bejarano se le criticó siempre por importar a casi todo su gabinete —legal y ampliado— con funcionarios improvisados que, al terminar el sexenio de López Portillo, abandonaron Morelos convertidos en nuevos ricos.
El doctor Ortega realizó numerosos cambios en su administración, manteniendo siempre un control férreo, con especial atención al manejo financiero. Al inicio de su gobierno revisaba personalmente cada cheque que expedía la Tesorería del Estado. Dejó en sus cargos a varios colaboradores de Bejarano, pero los fue sustituyendo de manera paulatina.
Lejos del personalismo que suele marcar el reclutamiento político mexicano, Don Lauro evitó rodearse solo de allegados. Abrió el gobierno a figuras de partidos opositores, como el licenciado Francisco Xavier Aponte Robles, exmilitante del PAN, quien colaboró con él los seis años. También incorporó a colegios de profesionales, sentando las bases de lo que después se conocería como Comités de Planeación para el Desarrollo Municipal (COPLADEMUN). Su programa se llamó simplemente “Reuniones de Fortalecimiento Municipal”, en las que delegados federales y funcionarios estatales resolvían problemas directamente en las comunidades. Don Lauro comentaba que había visto esa práctica al general Lázaro Cárdenas del Río, quien la registró en su diario: el “Tata Lázaro” se quedaba a dormir en los pueblos, tal como lo hizo él en no pocas ocasiones.
En 1985, Don Lauro me llamó por la línea privada y me ordenó que fuera con él de inmediato. Lo encontré solo en su despacho, sin los famosos “ayudantes”.
—A sus órdenes, señor gobernador.
—Siéntese —me dijo.
Sacó de un cajón un periódico local de cuatro páginas que publicaba una nota crítica contra el programa de fortalecimiento municipal.
—Quiero que ahora mismo investigue dónde vive este señor —señaló al director del panfleto—. Vaya solo, que nadie lo acompañe, y luego me avisa.
No fue difícil localizar el domicilio en la colonia Antonio Barona de Cuernavaca. Por la tarde, alrededor de las cinco, me mandó llamar. Al confirmar que tenía la información, me ordenó tomar uno de los vehículos oficiales y estacionarlo en la puerta 1 de Casa de Gobierno.
Cuando Don Lauro salió a la calle, yo estaba al volante. Antes de subir por el lado del copiloto, le indicó al comandante de su escolta:
—Permanezcan aquí. No vayan conmigo.
Nos dirigimos a la colonia Antonio Barona. Al llegar, Don Lauro bajó del auto y tocó la puerta. Una señora abrió casi de inmediato.
—¿Cómo le va? ¿Se encuentra (fulano de tal)? —preguntó efusivamente.
La mujer, visiblemente nerviosa, balbuceó:
—Sí, señor gobernador. Ahorita lo llamo.
El director apareció tan sorprendido como su esposa.
—¡Señor gobernador! ¡Pase, pase a su humilde casa!
Don Lauro se sentó en uno de los modestos sillones y fue al grano:
—Oiga, me interesa responderle por la nota que publicó. Le faltan datos. Le pido de favor que en la siguiente edición publique esta entrevista.
El hombre quedó pasmado. Peor se puso cuando el gobernador añadió:
—A partir de hoy quiero que sea mi amigo. Cuantas veces lo necesite, vaya a Casa de Gobierno o a Palacio. Tendrá las puertas abiertas. Prefiero ser su amigo, no su enemigo.
—No, don Lauro, de ninguna manera. Cuente con mi apoyo. Con gusto publicaré la entrevista.
Sacó una grabadora y comenzó a entrevistarlo. Días después, la entrevista apareció como nota principal del semanario.
De regreso a Casa de Gobierno, le comenté:
—Doctor, ¿no exageró usted al prestarle tanta atención a ese periódico, que ni siquiera tiene gran tiraje?
El mejor gobernador que ha tenido Morelos me respondió con calma:
—Mire, Cinta. Es usted muy joven, pero sépalo de una vez: en la vida y en la política no hay enemigo pequeño. Es preferible tener cerca a los enemigos. No lo olvide. Y escuche esto: si un alacrán lo pica, píselo y asegúrese de que esté muerto, porque si no, lo vuelve a picar.
Una lección contundente sobre las consecuencias de subestimar al adversario. La historia política de Morelos está repleta de esos errores.
Respecto a los “ayudantes” que contrató Don Lauro en 1984, hay otra espléndida lección de gobierno. Aquel grupo era una verdadera olla de grillos: activistas de las Comunidades Eclesiales de Base (como Alberto Tapia Fernández, recomendado por el presbítero Rogelio Orozco Farías y cercano al obispo Sergio Méndez Arceo), exlíderes de sindicatos universitarios, militantes de izquierda y exdirigentes de la Federación de Estudiantes Universitarios de Morelos (FEUM).
Cuando los vi por primera vez siguiendo a Don Lauro en diferentes turnos, le pregunté:
—Doctor, ¿por qué les permite que escuchen casi todas sus conversaciones? Supongo que sabe de quiénes se trata.
—Claro que lo sé. Por eso están aquí. Como yo no tengo compromisos con nadie ni hago negocios en lo oscurito, ellos son los primeros chismosos: los primeros en ir a contar todo lo que pasa aquí adentro. No tengo ni tendré cola que me pisen.
Al buen entendedor, pocas palabras.
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Los primeros empresarios morelenses en la rama del servicio público de pasajeros jamás vislumbraron que el sector se llenaría de intereses económicos y políticos. No lo hicieron porque en 1897 las condiciones eran muy distintas.
William T. Pritchard y Eugenio J. Cañas, con el apoyo del gobierno, crearon en aquel entonces los tranvías de mulitas de Cuernavaca, pero nunca supusieron que más de un siglo después las autoridades estatales estarían a merced de los prestadores del servicio.
Aquellos tranvías se crearon a partir del movimiento migratorio que generó la operación del ferrocarril México-Cuernavaca. Su ruta era de la estación a la Plaza Juárez, en el centro citadino. Las vías fueron construidas sobre la calle que hoy conocemos como Leandro Valle.
La operación de los tranvías se interrumpió en varias ocasiones por la Revolución, reanudándose hasta 1928 con regularidad. Este medio de transporte finalmente desapareció por la competencia que ya existía desde 1920 con coches Ford (de pedales) cuyo recorrido era el mismo de los tranvías.
También funcionaban las carretelas o calandrias en dicho derrotero. Los primeros “permisionarios” fueron Mauricio Galindo, Jesús Gómez, Cayetano Torres y Juan Gándara, según explica Valentín López González en su libro “Cuernavaca: visión retrospectiva de una ciudad”.
Miguel Arozarena, Juan Viveros, Francisco Alvarez y la familia Rubí establecieron en 1921 el primer sitio de automóviles de alquiler. Eduardo Flores operó en 1929 el primer servicio colectivo con una camioneta de 8 pasajeros marca Ford, de pedales, y hacía el mismo recorrido a la estación del ferrocarril. En 1931 el señor Marcelo Rodríguez puso en funcionamiento varias camionetas del Zócalo a Chapultepec, que era un sitio turístico.
En 1940 Crisóforo Ocampo, Fernando Alba y Eduardo Mendoza establecieron rutas hacia Buena Vista, El Salto, Acapantzingo y otras colonias. La empresa se llamaba Circunvalación y en 1953 se asoció con una nueva línea organizada por los hermanos Rubí. El mismo año se fundó otra para dar servicio a toda la ciudad, extendiéndose hacia Jiutepec y Atlacomulco.
A principios de 1960 las líneas habían crecido notablemente, al ritmo de Cuernavaca y su zona suburbana. Operaban como sindicatos patronales. Se recuerdan como importantes permisionarios a los señores Agustín Pedroza, Ezequiel Ocampo Uribe, Gildardo Legorreta Solórzano, Ramón Lara, Luis González y otros. En Cuautla sucedía lo mismo. Juan Peña Chávez era de los permisionarios más relevantes.
A principios de 1970 las líneas camioneras de Cuernavaca eran Chapultepec, Emiliano Zapata y Urbanos de Morelos, pero en 1976 llegó Jesús Escudero al Estado. Era el accionista mayoritario de Flecha Roja y detectó la posibilidad de establecerse primero en Cuernavaca y después ampliarse al resto de la entidad con servicio local de pasajeros.
Apoyado por Rubén Figueroa Figueroa, presidente de la Alianza de Transportistas de la República Mexicana y quien gobernó a Guerrero en 1974, y también por el gobernador Armando León Bejarano, Jesús Escudero promovió una fusión con los sindicatos patronales existentes y se crearon sociedades mercantiles, naciendo entonces Omnibus de Morelos y Delfines. Se mantuvieron las denominaciones de Chapultepec y Emiliano Zapata, pero todos los permisionarios que habían proporcionado el servicio durante las tres décadas anteriores fueron nulificados. Surgió entonces el “pulpo camionero” y se creó la Alianza de Transportistas del Estado con Enrique Ramos Zepeda como presidente.
En 1982 llegó Don Lauro al gobierno del Estado con la intención de municipalizar el transporte colectivo. A pesar de las negociaciones, dicha municipalización fue suspendida en 1985 como resultado de un enfrentamiento entre Lauro Ortega y Jesús Escudero el 14 de abril de aquel año en la casa que poseía Rubén Figueroa en la calle Cerritos 56, de nuestra capital. Escudero amenazó al gobernador con paralizar el transporte, y a pesar de la intermediación de Figueroa para tranquilizar los ánimos, no se llegó a ningún acuerdo.
En julio de 1985 don Lauro liberó concesiones sin que mediara ninguna declaratoria de necesidades. Empezó el fin de pulpo camionero y nació Rutas Unidas de Cuernavaca y tras una escisión se creó la Federación Auténtica del Transporte
Así surgieron las 20 rutas actuales de Cuernavaca para microbuses, la Ruta Interescolar y la operada por la CTM. Lauro Ortega autorizó hasta 50 concesiones por derrotero, mientras en Cuautla, Jojutla y Zacatepec todo siguió igual, con alrededor de 1000 unidades en total.
A continuación la forma en que se gestó el actual sistema de transporte colectivo de Cuernavaca y casi todas las regiones de Morelos.
Transcurría marzo de 1985, cuando el entonces gobernador de Morelos, Lauro Ortega Martínez, recibió la visita del ex gobernador de Guerrero, Rubén Figueroa Figueroa. Ambos se conocían desde varias décadas atrás, pero al ex mandatario le urgía resolver un “problema” causado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia en un predio de su propiedad, ubicado en la mencionada calle Cerritos de Cuernavaca. El INAH había suspendido la construcción de varias casas debido al hallazgo de vestigios arqueológicos. Don Lauro giró órdenes para que se atendiese la petición de su amigo, sin vulnerar la normatividad de dicha institución. Figueroa estuvo de acuerdo con ello.
Empero, el también presidente vitalicio de la Alianza de Autotransportistas de la República Mexicana aprovechó el viaje para pedirle a don Lauro un encuentro con Jesús Escudero, quien movía los hilos conductores del antiguo sistema de transporte público en Morelos. El gobierno estatal, a pesar de las frecuentes presiones orquestadas por varias agrupaciones de permisionarios, no aceptaba el incremento de nuevas tarifas. Escudero, pues, tenía interés en conocer a Ortega Martínez y hacerle algunos planteamientos a nivel personal.
El encuentro se dio en una de las casas propiedad de Rubén Figueroa, cerca del sitio donde el INAH llevaba a cabo sus excavaciones. El guerrerense fue un magnífico anfitrión, disponiendo de exquisitas viandas y agua fresca a discreción. Nada más. Mientras duró la degustación, la plática de los tres personajes versó sobre temas ligeros, básicamente vinculados a la vida pública nacional. Nada trascendente. Vino la sobremesa y Jesús Escudero abordó entonces el asunto de su interés: el incremento a las tarifas del transporte público local.
El empresario transporteril, a quien se atribuía aquí la posesión del 90 por ciento de concesiones a través de sociedades mercantiles, quiso justificar la solicitud de aumento tarifario, pero sus argumentos no encontraron eco en el gobernador morelense, entonces bastante consolidado ante el gobierno federal gracias a su estrecha amistad con el presidente en turno, Miguel de la Madrid Hurtado, y porque simple y sencillamente no quería afectar la economía popular.
Tras aquella charla pudimos inferir que un gobernante, sin el adecuado respaldo desde Los Pinos, es un pobre gobernante.
Surgió entonces el manoteo sobre la mesa por parte de Escudero, quien le espetó a don Lauro sin medir las consecuencias de su soberbia:
-¡Métase conmigo, gobernador, y ya verá! Tengo el suficiente poder como para iniciar un paro en el transporte cuando a mí se me pegue la gana.
Sin embargo, el permisionario, otrora propietario de la poderosa línea camionera “Flecha Roja” y con un altísimo predominio en las costas chica y grande de Guerrero, escuchó estupefacto la rápida respuesta del gobernador de Morelos:
-¡A mí no me intimida, Jesús! Y déjese de manoteos, porque yo en ningún momento le he faltado al respeto. ¡A mí me respeta, sobre todo porque estamos en mi tierra! ¡Nomás eso me faltaba!
Y luego, dirigiéndose a Figueroa, le expresó:
-Amigo Rubén, lamento mucho que esto suceda en tu casa. Yo creí que estábamos entre gente madura.
Intervino entonces Rubén Figueroa con una moción de orden dirigida a Escudero:
-Jesús, debo recordarte que eres un magnífico amigo mío, pero Lauro también lo es. Así que te invito a calmarte, porque esa no es la forma de lograr acuerdos.
E inmediatamente cambió el tema comentando cualquier cosa relacionada con el tercer informe de don Lauro, a celebrarse a mediados de abril. Escudero ya no tocó más el asunto de las tarifas y se dedicó a esbozar sardónicas sonrisas o asentir con la cabeza sin decir nada.
Al día siguiente, Ortega me envió a la casa de Escudero en Cuernavaca portando la invitación para el tercer informe. Yo fui quien condujo al transportista hasta su sitio en el recinto legislativo, acompañándolo, al final del acto, hasta su automóvil.
Pero una vez cumplida la formalidad de leer el documento ante el Congreso local, don Lauro citó a su gabinete de seguridad pública y a directivos del transporte, a quienes les informó que en ese momento se abría la expedición de concesiones para establecer un nuevo sistema de transporte público en Morelos.
Fue así como nació lo que hoy conocemos como “rutas”, aglutinadas en Rutas Unidas y otra parte en la Federación Auténtica del Transporte. Al principio operó con improvisaciones, no sólo en los derroteros, sino también en cuanto a la comodidad de los vehículos, pero lo trascendente fue que Don Lauro no dio marcha atrás, ni cedió ante presiones del otrora denominado pulpo camionero. Insisto: Don Lauro mantuvo firme su premisa de trabajar a favor de la sociedad morelense, sin pensar jamás en beneficiarse a nivel particular.
