PATRIMONIO HISTÓRICO DE PAPEL, REALIDAD DE CONCRETO Y COMERCIO AMBULANTE POR TODOS LADOS EN CUERNAVACA

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Jueves 26 de marzo de 2026
La gobernadora Margarita González Saravia encabezó este miércoles una mesa de trabajo con el director del Centro INAH Morelos, Víctor Hugo Valencia, y el presidente municipal de Cuernavaca, José Luis Urióstegui Salgado. El anuncio suena prometedor: iniciar la integración del expediente técnico para solicitar la declaratoria de Zona de Monumentos Históricos del Centro Histórico de la capital morelense. Más de 200 inmuebles identificados, valor histórico, artístico y arqueológico por sustentar, certeza jurídica contra intervenciones no autorizadas y un futuro lugar en el Catálogo Nacional de Monumentos.
En el papel, es un paso firme. Una gobernadora que se interesa por el legado cultural de Cuernavaca merece reconocimiento. Coordinar esfuerzos entre los tres órdenes de gobierno para proteger lo que queda de la “Ciudad de la Eterna Primavera” no es poca cosa en un país donde el patrimonio suele ser la última prioridad presupuestal. Si el INAH elabora la propuesta y el Gobierno de México emite el decreto correspondiente, al menos habrá un marco legal que eleve el costo político de seguir degradando el corazón histórico de la ciudad.
Pero la realidad del Centro Histórico de Cuernavaca dista mucho de ese comunicado institucional. Ahí, el concepto de Patrimonio Histórico es más una aspiración retórica que una práctica cotidiana. Calles convertidas en tianguis permanente, banquetas invadidas, fachadas que se caen a pedazos y monumentos que sobreviven a pesar de las autoridades, no gracias a ellas.
Lleva más de cuatro años el actual ayuntamiento gestionando la capital, y el comercio ambulante y semifijo no solo no se ha controlado: se ha consolidado como parte del paisaje. Los comerciantes establecidos se quejan desde hace tiempo de que los ambulantes les obstruyen accesos, reducen sus ventas y deterioran la imagen que debería atraer turismo. El propio gobierno municipal ha reconocido en distintos momentos que el problema afecta vialidad, monumentos y economía formal. Sin embargo, las acciones concretas de reordenamiento han sido tímidas, intermitentes o simplemente inexistentes en muchos tramos.
Y luego están los casos que duelen en el orgullo colectivo. Tomemos el emblemático antiguo Hotel Palacio, en la histórica calle Morrow. Ahí se hospedaron y deliberaron figuras centrales de la historia nacional: Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas y otros actores clave en las discusiones que rodearon la Expropiación Petrolera de 1938. Era un inmueble que condensaba parte de la memoria moderna de México. Hoy, esa casona del siglo XIX luce deteriorada y funciona como expendio de pantaletas, camisones y ropa interior. Los balcones que alguna vez vieron pasar a presidentes y generales ahora sirven de escaparate para mercancía barata. No es un detalle menor: es la síntesis perfecta de cómo se ha tratado el patrimonio en Cuernavaca. Se conserva el cascarón (a duras penas), pero se pierde el alma y el uso digno.
Esto no es culpa exclusiva del ayuntamiento actual, por supuesto. El abandono del Centro Histórico de Cuernavaca es un proceso de décadas: falta de mantenimiento sistemático, permisos laxos, ausencia de un plan integral de restauración y, sobre todo, la priorización de lo inmediato (votos, cuotas políticas, tolerancia al desorden) por encima de lo estratégico (identidad cultural, turismo de calidad, legado para las próximas generaciones).
La declaratoria que ahora impulsa la gobernadora puede ser un instrumento poderoso, siempre y cuando no se quede en el expediente. Una zona de monumentos históricos implica obligaciones: regulación estricta de usos de suelo, sanciones reales a intervenciones indebidas, recursos para restauración y, sobre todo, voluntad política para hacer cumplir la ley. Si el ayuntamiento sigue permitiendo que el ambulantaje y el deterioro avancen mientras se celebra la firma de convenios, el decreto terminará siendo letra muerta, otro papel más en los archivos del INAH.
Margarita González Saravia muestra interés genuino al sentarse en esa mesa y sumar al gobierno estatal al esfuerzo. Es un gesto que ponderar. Pero el rescate real del Centro Histórico de Cuernavaca no se medirá por comunicados ni por expedientes técnicos. Se medirá por lo que se vea caminando por la calle Morrow, por la Plaza de Armas o por cualquier esquina del polígono: si los monumentos dejan de ser expendios improvisados, si las banquetas vuelven a ser para peatones y no para puestos, si el esplendor histórico deja de ser nostalgia y vuelve a ser experiencia viva.
Mientras eso no ocurra, el patrimonio seguirá siendo más una declaración de buenas intenciones que una realidad protegida. Cuernavaca merece mucho más que un expediente: merece que sus calles y sus edificios dejen de contar la historia del abandono y empiecen a narrar, otra vez, la de una ciudad que valora su pasado. El interés de la gobernadora es bienvenido. Ahora falta que el interés se traduzca en resultados visibles, y que el ayuntamiento asuma su responsabilidad directa en el día a día. Porque el patrimonio no se salva con mesas de trabajo. Se salva con acciones concretas, aunque duelan electoralmente.
