TODOS LOS AFLUENTES DE MORELOS ESTÁN CONVERTIDOS EN AUTÉNTICAS CLOACAS
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Miércoles 21 de enero de 2026
La advertencia reciente del titular de la Comisión Estatal del Agua (Ceagua), Javier Bolaños Aguilar, retoma con crudeza una realidad que lleva décadas golpeando a Morelos: el 80 por ciento del agua utilizada en el estado se vierte sin ningún tratamiento. Esta cifra, alertada en las últimas semanas, no es un dato aislado ni una novedad absoluta; es la confirmación dolorosa de que el problema persiste, se agrava y sigue destruyendo nuestros ríos, barrancas y la salud pública.
En mi columna del 16 de julio de 2019, titulada “Las barrancas ya no existen; fueron sustituidas por gigantescas cloacas”, describía un panorama idéntico bajo la entonces dirección de Moisés Agosto Ulloa en Ceagua. Se reconocía la incapacidad técnica, operativa y financiera del gobierno para sanear los principales cauces.
Municipios como Cuernavaca, Jiutepec y Cuautla enfrentaban demandas judiciales por no tratar sus descargas, mientras el Río Apatlaco —y prácticamente todos los afluentes del estado— se convertían en cloacas abiertas.
Se mencionaban 46 descargas directas municipales y 88 indirectas a través de barrancas y arroyos, un sistema grotesco de drenaje que contaminaba cultivos de rosales, maíz, caña y hortalizas que riegan más de 3,500 hectáreas en la entidad.
Seis años y medio después, el diagnóstico de Bolaños Aguilar confirma que poco o nada ha cambiado de fondo. Las plantas tratadoras siguen siendo insuficientes, muchas inoperantes o subutilizadas, y las descargas clandestinas de drenaje continúan prevaleciendo de norte a sur y de oriente a poniente.
Las más de 38 barrancas de Cuernavaca y sus alrededores —con longitudes promedio de 8 a 15 km cada una— siguen sirviendo como tiraderos de desechos sólidos, cloacas anaerobias y receptáculos de coliformes fecales que representan un alto riesgo sanitario, especialmente en estiaje.
Lo más alarmante es la persistencia en el Río Apatlaco, uno de los más contaminados del país. Estudios recientes de la Conagua detectaron más de 200 descargas domésticas directas en su cauce, lo que obliga a jornadas de saneamiento urgentes, construcción de colectores y modernización de plantas.
La calidad del agua empeora conforme avanza por asentamientos humanos, llegando a Jojutla ya comprometida para la salud y la agricultura. En Xochitepec y otras zonas, habitantes denuncian el impacto en la producción de especies como la mojarra, mientras invasiones, saqueos y descargas siguen amenazando la vida acuática y la economía de cientos de familias.
A pesar de anuncios de inversión —como la duplicación de recursos en 2026 respecto a los 140 millones de pesos de 2025, o avances en Tepoztlán y Cuautla—, la brecha entre discursos y realidad es abismal. Miles de millones de pesos de administraciones pasadas se perdieron en plantas fantasmas o mal ejecutadas, y hoy el 80 por ciento sin tratar agrava el estrés hídrico en cuatro acuíferos (uno en veda, los otros en estrés), la sobreexplotación y la contaminación de aguas superficiales.
Morelos no puede seguir postergando lo impostergable. La firma reciente del Acuerdo Morelense por el Derecho Humano al Agua y la Sustentabilidad, con participación federal, estatal y municipal, debe traducirse en acciones concretas: operación efectiva de plantas, clausura real de descargas ilegales, inversión masiva en saneamiento y una cultura ambiental que deje de tolerar el uso de barrancas como basureros. De lo contrario, las náuseas que mencioné en 2019 se convertirán en una crisis sanitaria y ecológica irreversible.
Las barrancas siguen siendo cloacas gigantescas. El Apatlaco sigue agonizando. Y el 80 por ciento de nuestras aguas residuales continúan envenenando el futuro de Morelos. Ya es hora de que las palabras se conviertan en hechos, antes de que sea demasiado tarde.
