TRAS LA MUERTE DE “EL MENCHO”: DEJAR LA POLARIZACIÓN Y RESPALDAR LA SEGURIDAD QUE MÉXICO NECESITA

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Miércoles 25 de febrero de 2026
La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, en un operativo del Ejército en Tapalpa, Jalisco, el pasado 22 de febrero, marca un hito en la lucha contra el crimen organizado en México. Líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), uno de los grupos más violentos y expansivos del continente, “El Mencho” representaba durante años una de las mayores amenazas a la seguridad nacional y regional.
Su abatimiento, tras un enfrentamiento que cobró la vida de al menos 25 elementos de la Guardia Nacional y otros agentes, no es un hecho menor: es el golpe más significativo contra un capo de ese calibre desde la captura de Joaquín “El Chapo” Guzmán.
No soy un feligrés incondicional de la Cuarta Transformación ni de sus narrativas. He criticado en estas páginas muchas de sus políticas, incluyendo la estrategia de seguridad que, bajo el lema “abrazos, no balazos”, priorizó la contención social sobre la confrontación directa con los cárteles. Sin embargo, en este momento preciso, sería mezquino y contraproducente reducir el análisis a una discusión estéril sobre si el operativo representa un “viraje” o si la política anterior ya estaba rota.
Peor aún: indagar obsesivamente en la pregunta de “¿quién dio la orden al Ejército?” —como han hecho algunos analistas y opositores— equivale a buscar el huevo o la gallina en medio de un incendio. Lo que importa es el resultado: el Estado mexicano ejerció su monopolio legítimo de la fuerza, con inteligencia, coordinación y sacrificio humano, para neutralizar a un enemigo declarado.
Reconozco, sin reservas, el esfuerzo y la valentía desplegados por las fuerzas de seguridad. El saldo de 25 guardias nacionales caídos —hombres y mujeres que dejaron familias en Puebla, Morelos y otros estados— no puede pasar desapercibido.
En Morelos, donde hemos sufrido el embate del crimen organizado en sus formas más crueles, sabemos bien lo que cuesta cada operativo: vidas, miedo en las comunidades, bloqueos y retaliaciones. Ese sacrificio merece respeto y gratitud, no descalificaciones políticas ni teorías conspirativas sobre autonomías militares o presiones externas (aunque el intercambio de inteligencia con Estados Unidos, reconocido por la propia presidenta, fue clave).
La presidenta Claudia Sheinbaum ha manejado el tema con mesura en sus declaraciones iniciales: informó de los hechos sin fanfarrias, llamó a la calma ante la ola de violencia desatada por el CJNG (narcobloqueos, incendios de vehículos y ataques en varios estados), y enfatizó la coordinación con los gobiernos estatales.
Bien por eso. Pero aquí viene la crítica necesaria: en un contexto de alta polarización, donde el país enfrenta retos enormes —violencia residual, sucesión interna en el cártel, riesgos para el turismo y el Mundial de Futbol 2026—, la narrativa impugnativa y excluyente hacia los opositores no ayuda. Frases que dividen entre “pueblo bueno” y “conservadores golpistas”, o que descalifican cualquier crítica como “conservadurismo”, solo profundizan la grieta.
Ahora más que nunca, la presidenta necesita respaldo social y político amplio, no solo encuestas favorables. Las encuestas miden aprobación momentánea; la unidad nacional construye gobernabilidad duradera.
La caída de “El Mencho” no entierra automáticamente la violencia: expertos advierten de guerras intestinas en el CJNG, revanchas de rivales y posible escalada en Jalisco, Michoacán, Colima y otros territorios. Lo que sí puede marcar un parteaguas es si el gobierno aprovecha este golpe para transitar hacia una estrategia más integral: inteligencia, fortalecimiento institucional, inversión en prevención y, sí, uso legítimo de la fuerza cuando sea necesario, sin caer en la militarización indefinida ni en el “abrazos” ingenuo.
En Morelos, donde el crimen organizado penetró comunidades enteras, este momento invita a la reflexión colectiva: ¿seguiremos polarizados, o reconoceremos que la seguridad es un bien común que trasciende ideologías?
El abatimiento de El Mencho es un logro de las instituciones mexicanas, no de un partido o de una persona. Merece ser celebrado con sobriedad, honrando a los caídos y exigiendo que se mantenga la ofensiva sin caer en excesos.
La pregunta no es si fue “abrazos” o “balazos” lo que prevaleció hasta ahora. La pregunta real es: ¿estamos dispuestos, como sociedad, a respaldar una política de seguridad efectiva, incluyente y sin exclusiones ideológicas? Si la respuesta es sí, entonces este puede ser el inicio de algo mejor. Si no, seguiremos atrapados en el ciclo de violencia y polarización.
México necesita unidad, no más divisiones. “El Mencho” ya no está; ahora toca que el Estado y la sociedad demuestren que estamos a la altura.
