UAEM virtual, restaurantes cerrados y calles desiertas: el pánico que los medios sembraron
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Domingo 22 de febrero de 2026
Este domingo 22 de febrero de 2026, los medios de comunicación de todo el país desbordaron sus plataformas con reportajes, análisis y alertas sobre el abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Desde noticieros matutinos hasta actualizaciones en redes sociales, se ha hablado de un golpe histórico al crimen organizado, con especulaciones sobre olas de violencia inminente.
Las portadas de diarios nacionales y portales digitales destacan la operación como un triunfo de la estrategia de seguridad del gobierno federal, citando fuentes oficiales que confirman la cooperación bilateral con Estados Unidos, pero enfatizando el mando exclusivo mexicano en la ejecución. Sin embargo, junto a estos relatos optimistas, proliferan advertencias sobre la eventual revancha del cártel.
En televisión y radio, expertos en seguridad han diseccionado escenarios prospectivos, similar al análisis que circula en círculos especializados, donde se prevé una fase de inestabilidad de 30 a 180 días, con riesgos de violencia reactiva, disputas internas y reconfiguraciones territoriales. La probabilidad de violencia inmediata se estima alta, entre 60 y 75 por ciento.
Redes sociales amplifican el eco: hashtags como #ElMencho y #CJNG dominan tendencias, con videos virales de bloqueos en carreteras de Jalisco y reportes no verificados de ataques en otras entidades. Algunos medios sensacionalistas avivan el pánico al sugerir un “día del juicio” para regiones con presencia del cártel.
El gobierno federal, a través de su Gabinete de Seguridad, ha respondido con mensajes claros para contrarrestar la desinformación, afirmando que no hay ataques contra civiles en aeropuertos u hospitales, ni secuestros masivos de turistas estadounidenses. Insisten en que la coordinación con los 32 gobernadores garantiza estabilidad.
A pesar de esta narrativa oficial, que llama a la calma y resalta resultados de la estrategia de seguridad, la percepción pública parece teñida de temor. En Morelos, donde resido, el contraste es palpable: salí del cine en Plaza Bugambilias de Cuernavaca alrededor de las 19:30, y el lugar estaba desierto, con solo unos cuantos espectadores. Restaurantes y negocios aledaños cerraron temprano, como si un toque de queda invisible hubiera sido decretado. Durante mi recorrido hacia el norte de la capital morelense, las calles lucían vacías, con un silencio opresivo que delata no solo precaución, sino un terror latente entre la gente.
En Morelos, no se han reportado incidentes de gran envergadura relacionados con el CJNG; apenas dos o tres episodios menores protagonizados por delincuentes locales de bajo perfil. Sin embargo, el miedo se ha propagado como un virus, impulsado por lo que se lee y escucha sobre Jalisco, Michoacán y otros estados con fuerte presencia del cártel.
Allá, en el núcleo estratégico del Occidente, el análisis prospectivo advierte de riesgos críticos: disputas sucesorias en Jalisco, Colima y Michoacán, con control de puertos como Manzanillo en juego. La violencia podría escalar en el Bajío, con homicidios focalizados y alianzas temporales entre grupos rivales.
El escenario más probable, según expertos, es una fragmentación competitiva con un 45 por ciento de probabilidad, donde mandos regionales compiten por el poder, incrementando la inestabilidad en corredores clave. Esto contrasta con la relativa tranquilidad en entidades como Morelos, donde la influencia del CJNG es marginal.
No obstante, el impacto psicológico es innegable: familias en Cuernavaca optan por quedarse en casa, negocios pierden ingresos y la economía local se resiente. Es como si el abatimiento, tácticamente significativo, generara una onda expansiva de ansiedad más allá de las zonas calientes.
Un factor que ha intensificado esta zozobra generalizada es el anuncio de varias instituciones de educación superior de pasar a clases virtuales este lunes 23 de febrero, entre ellas la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). La máxima casa de estudios morelense informó que, derivado de los hechos violentos registrados en el país y en el estado, las actividades académicas se mantendrán en modalidad virtual para salvaguardar la integridad de estudiantes, docentes y personal administrativo.
Esta medida, aunque preventiva y comprensible, contribuye a amplificar el estado de alerta colectiva: miles de jóvenes y familias perciben que incluso en Morelos, lejos de los focos rojos, la situación amerita precauciones extremas, lo que refuerza la sensación de inseguridad difusa y generalizada.
Para ser ecuánimes, debemos reconocer la resiliencia del CJNG: su red financiera diversificada y estructura transnacional no colapsarán de inmediato. El análisis sugiere que sin intervenciones estructurales simultáneas, como congelamiento de activos y programas de sustitución económica, la organización podría reconfigurarse.
En conclusión, mientras los medios pintan un panorama de caos potencial, la realidad en lugares como Morelos revela un terror inducido más por el exceso de información que por hechos concretos.
Mantengamos la calma, sigamos fuentes oficiales y recordemos que la variable crítica es la capacidad institucional para impedir recomposiciones criminales, no solo la eliminación de un líder.
