EL SHA EN CUERNAVACA: REFUGIO OLVIDADO QUE RESUENA EN LA CRISIS ACTUAL DE IRÁN
Por Guillermo Cinta Flores
En 1979, Cuernavaca —la Ciudad de la Eterna Primavera— se convirtió en escenario inesperado de uno de los capítulos más dramáticos del siglo XX: el exilio del último Sha de Irán, Mohammad Reza Pahlavi. Derrocado por la Revolución Islámica liderada por el Ayatolá Ruhollah Jomeini, el monarca que gobernó desde 1941 huyó de Teherán el 16 de enero de ese año.
Tras breves estancias en Egipto, Marruecos y las Bahamas, llegó a México el 10 de junio de 1979, atraído por recuerdos positivos de una visita oficial en 1975. El Sha, su esposa la emperatriz Farah Pahlavi, su hijo Reza (entonces de 18 años) y un reducido séquito se instalaron en una lujosa villa rentada en la Avenida Palmira (específicamente en la zona conocida como Privada del Río número 100, colonia Palmira), una calle exclusiva de mansiones con jardines exuberantes y vistas al río. La residencia, propiedad de una familia acomodada de apellido Riverol (según reportes de la época, rentada por unos mil dólares diarios), era ideal para la discreción: rodeada de vegetación, con piscina y salones amplios.
La vida allí fue opulenta pero aislada. Comidas de varios platillos con carnes, pescados, vinos y champán servidos en vajilla de plata o bañada en oro; un dispositivo de seguridad impresionante con tres anillos concéntricos: 12 agentes iraníes en el interior, 20 estadounidenses en el medio y 40 mexicanos del Estado Mayor Presidencial y la extinta DFS en el perímetro exterior (72 en total).
El Sha visitó lugares emblemáticos como el Racquet Club, el restaurante Las Mañanitas y Taxco, y recibió visitas de alto perfil: el ex presidente Richard Nixon voló especialmente para verlo, al igual que Henry Kissinger.
Permanecieron en Cuernavaca desde junio hasta el 22 de octubre de 1979, cuando partieron a Estados Unidos para tratar en secreto el cáncer linfático que padecía el Sha (fallecería en Egipto en 1980). México les extendió asilo temporal gracias a gestiones diplomáticas, incluyendo la intervención de figuras como Kissinger.
Hoy, este episodio cobra vigencia renovada. En marzo de 2026, con la escalada de tensiones en Irán —ataques conjuntos de EE.UU. e Israel, la muerte del líder supremo Alí Jamenei y la aparente descomposición del régimen—, Reza Pahlavi (el mismo joven que acompañó a sus padres en esa villa de Palmira) ha emergido como figura central de la oposición.
Desde el exilio, exige a funcionarios y fuerzas de seguridad que se “rindan”, declaren lealtad a una transición democrática y eviten más derramamiento de sangre. Llama al pueblo iraní a “terminar el trabajo” y aplaude la “intervención humanitaria” que podría abrir paso a un cambio de régimen.
Cuernavaca fue testigo silencioso del ocaso de una monarquía y el inicio de una teocracia que, 47 años después, parece tambalearse. La mansión ya no existe (hoy hay un desarrollo de lujo en el sitio), pero la historia permanece: un recordatorio de cómo Morelos, con su calma y hospitalidad, albergó a uno de los hombres más poderosos del mundo en su hora más vulnerable.
