CÁRTELES, DRONES Y SOBERANÍA: EL PLEITO QUE SOLO GANAN LOS NARCOS
LA CRÓNICA DE MORELOS
Martes 2 de junio de 2026
E D I T O R I A L
La semana arrancó con un mensaje claro del embajador de Estados Unidos en México, Ronald Johnson: “La lucha contra los cárteles debe unirnos, no dividirnos”. Horas después, la presidenta Claudia Sheinbaum reafirmó su línea: cooperación sí, injerencia no. Y este martes, el secretario de Estado Marco Rubio elevó la apuesta al advertir en el Senado que los cárteles mexicanos ya usan drones entre sí y que pronto podrían volverlos contra intereses estadounidenses.
Tres voces, un mismo problema: una amenaza transnacional que mata, corrompe y envenena a ambos lados de la frontera. Y, por ahora, un diálogo que parece más un duelo de banderas que una estrategia compartida.
Nadie sensato niega la soberanía mexicana. Es un principio histórico y legítimo. Cualquier gobierno de México —de cualquier color— lo defendería con uñas y dientes. Pero tampoco se puede negar la realidad incómoda: los cárteles no respetan fronteras, ni constituciones, ni discursos nacionalistas. Operan como empresas multinacionales del crimen con ejércitos privados, tecnología creciente (drones armados, narcosubmarinos, criptomonedas, precursores químicos asiáticos) y capacidad de captura de territorios y autoridades locales.
El fentanilo que llega a las calles de Ohio o California se produce o transita por México. Las armas de alto poder que usan los sicarios entran mayoritariamente por la frontera norte. La violencia que desangra Michoacán, Sinaloa, Guanajuato o Zacatecas genera migración y desesperanza que también golpea a Estados Unidos. Es un problema binacional con responsabilidades compartidas. Pretender que es “asunto interno” exclusivo de México es tan ingenuo como pretender que Washington puede resolverlo con drones o presiones unilaterales sin colaboración real de México.
El embajador Johnson tiene razón: cada minuto gastado en convertir la seguridad en disputa política es una oportunidad perdida para la gente que solo quiere vivir en paz. Rubio tiene razón al señalar la evolución tecnológica de los cárteles; ignorarla por orgullo soberano sería irresponsable. Y la presidenta Sheinbaum tiene razón al exigir que cualquier cooperación respete la dignidad y las leyes mexicanas. El problema no está en estas verdades aisladas, sino en que se están usando como trincheras en vez de como bases para un acuerdo pragmático.
Lo que México y Estados Unidos necesitan no es más retórica de “no nos van a decir cómo gobernarnos” ni de “amenaza inminente a nuestra seguridad nacional”. Necesitan resultados medibles: más decomisos de fentanilo, más extradiciones de capos y financieros, más inteligencia compartida contra las rutas de precursores, más presión conjunta sobre los bancos y empresas que lavan el dinero, y sí, también más respeto mutuo a las formas.
Los cárteles no están esperando a que termine el debate filosófico sobre soberanía. Mientras aquí discutimos si es injerencia o no, ellos siguen reclutando niños, asesinando alcaldes, contaminando jóvenes con fentanilo y diversificando sus negocios. Ellos son los únicos que celebran cuando Washington y Palacio Nacional se pelean en los titulares.
Trump, que entiende de pragmatismo y de “America First”, debería ver que un México estable y cooperador es la mejor muralla contra el narco. Sheinbaum, que llegó con mandato de continuidad transformadora, debería entender que la verdadera transformación incluye reconocer que la seguridad del siglo XXI no se defiende solo con doctrinas del siglo XIX.
El reloj corre. Los drones ya vuelan. El fentanilo ya mata. La gente de ambos países ya sufre. Es hora de bajar el tono, subir la coordinación y recordar una verdad elemental: contra un enemigo común, la división no es patriotismo. Es derrota.
Y aquí radica el nudo más doloroso del conflicto: la percepción cada vez más extendida en amplios sectores de la sociedad mexicana de que Morena se ha convertido en un partido salpicado por el narco-político. No son rumores vagos. La imputación formal del Departamento de Justicia de Estados Unidos contra el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya —un cuadro histórico del partido—, y nueve de sus cercanos colaboradores, por supuestamente conspirar con “Los Chapitos” para traficar fentanilo y otras drogas a cambio de apoyo electoral y protección, ha golpeado duramente la credibilidad de la 4T.
La cerrazón del gobierno de Sheinbaum para entregar a Rocha y sus coacusados sin “pruebas irrefutables” bajo derecho mexicano, aunque jurídicamente defendible, se lee en la práctica como un escudo protector a figuras propias. Esa imagen de “narco-partido” que la oposición agita y que ya cala en la opinión pública erosiona la autoridad moral con la que Morena llegó al poder prometiendo “no mentir, no robar, no traicionar”. Mientras Washington ve en estos casos una amenaza directa a su seguridad nacional que justifica presión, en México se vive como ataque a la soberanía. Pero el verdadero perdedor es el ciudadano que ve cómo, en medio del fuego cruzado de banderas, los cárteles siguen operando con impunidad en regiones enteras.
