LA SOBERANÍA NACIONAL: MÁS QUE UNA CONSIGNA
LA CRÓNICA DE MORELOS
Viernes 8 de mayo de 2026
E D I T O R I A L
La soberanía nacional es el principio según el cual un Estado ejerce el poder supremo dentro de sus fronteras, decide sus propias leyes, administra sus recursos y define sus relaciones con el exterior sin subordinarse a voluntades ajenas. En teoría, representa la independencia y la capacidad de un pueblo para trazar su destino. En la práctica, se ha convertido en una de las expresiones más usadas —y abusadas— en la retórica política mexicana, invocada tanto para justificar aperturas económicas como para cerrar fronteras o expropiar.
Desde hace décadas, cada régimen ha manejado el concepto a su conveniencia. Recordamos bien cómo, en tiempos del PRI de Jesús Reyes Heroles (mediados de los setenta), el discurso oficial hablaba de “regular la inversión extranjera” como baluarte de la soberanía. Los titulares de entonces lo celebraban. Sin embargo, el paso del tiempo mostró que las declaraciones grandilocuentes no siempre se tradujeron en mayor autonomía real. Hoy seguimos viendo corporaciones trasnacionales con enorme influencia, monopolios que dominan mercados clave y una dependencia alimentaria que pone en manos externas una parte significativa de lo que comemos los mexicanos.
La verdadera soberanía no se mide solo por discursos o por banderas en los balcones. Se construye con instituciones sólidas, Estado de derecho, educación de calidad, inversión en ciencia y tecnología propias, y una economía que genere riqueza interna en vez de mera redistribución. Cuando un país depende excesivamente de capital, tecnología o incluso alimentos extranjeros, su capacidad de decisión se reduce, aunque los discursos sigan sonando patrióticos.
En tiempos recientes, cuando la soberanía vuelve a estar de moda en los debates, vale la pena recordarlo con serenidad: no basta con repetir la palabra. La soberanía auténtica se gana con hechos concretos que fortalezcan al país desde adentro, más allá de la alharaca y de los intereses del momento. Solo así dejará de ser una consigna cambiante para convertirse en una realidad duradera.
La soberanía nacional implica el ejercicio pleno y exclusivo del poder del Estado sobre su territorio, sus instituciones y sus decisiones estratégicas. Por ello, resulta incompatible con cualquier forma de sometimiento al crimen organizado en todas sus modalidades: narcotráfico, extorsión, tráfico de personas, control territorial, infiltración de instituciones o imposición de su propia ley paralela. Cuando el crimen organizado desafía la autoridad del Estado, cobra impuestos ilegales, administra justicia por su cuenta o limita las libertades de los ciudadanos, la soberanía se erosiona gravemente.
Un Estado que no puede garantizar el monopolio legítimo de la fuerza dentro de sus fronteras pierde, por definición, el control de su soberanía. Defenderla exige, por tanto, combatir sin tregua al crimen organizado, sin ambigüedades ni pactos que lo legitimen, porque permitir su avance equivale a ceder fragmentos de la independencia nacional a manos de grupos delincuenciales.
