EL OBISPO, LA MARCHA Y LA REUNIÓN CON EDGAR MALDONADO
ANÁLISIS
Por Guillermo Cinta Flores
Viernes 22 de mayo de 2026
En mi columna del 9 de mayo de 2024, titulada “El obispo y las candidatas”, recordé el patrón histórico del obispo Ramón Castro: su gusto por el protagonismo político, su habilidad para diseñar comunicación y, sobre todo, su condición de prelado pedigüeño que no ha dudado en presionar a gobernantes en busca de “indulgencias” materiales.
Ahí retomé aquella famosa frase que se le escapó en una comida en la Catedral con empresarios locales: “Graco no nos da nada”. Esa expresión reveló la verdadera naturaleza de su desencuentro con el exgobernador Graco Ramírez: no era solo un asunto de valores o posturas ideológicas (aborto, matrimonios igualitarios), sino principalmente económico. Graco no soltó la charola como él esperaba.
Han pasado dos años de aquella columna y el patrón se repite con precisión casi matemática. Este jueves, tras la reciente marcha por la seguridad que encabezó la Diócesis de Cuernavaca —en la que monseñor Castro volvió a hablar fuerte contra la inseguridad en el estado, mencionando incluso el cobro de piso hasta por vivir en Tlaquiltenango—, el obispo ya estaba sentado con Edgar Maldonado, secretario de Gobierno. No son coincidencias. Son resultados.
El protagonismo de Ramón Castro en las marchas por la seguridad nunca ha sido ingenuo ni puramente pastoral. Tiene intencionalidad política clara: generar presión pública, posicionarse como voz moral indispensable y, posteriormente, sentarse en la mesa del poder a cobrar la factura. Es el mismo libreto que utilizó con Graco, con Cuauhtémoc Blanco y que ahora, al parecer, sigue aplicando.
La secuencia es siempre idéntica:
- Marcha y declaraciones fuertes.
- Reflejos en medios.
- Reunión “de trabajo” con autoridades.
- Expectativa de “apoyos” (que nunca son gratuitos).
Nadie duda de la gravedad del problema de seguridad en Morelos. El cobro de piso, los homicidios y la extorsión son realidades dolorosas que merecen atención urgente. Pero cuando el principal promotor de las marchas es un obispo con historial documentado de cabildeo por recursos públicos (recordemos los 75 millones de pesos gestionados a través del exdiputado priista Matías Nazario para la Catedral), es legítimo cuestionar si detrás del “Compromiso por la Paz” hay genuina preocupación pastoral o un cálculo político-financiero.
Porque, como quedó claro en 2018 y sigue vigente: a Ramón Castro le gustan los reflectores, sí, pero más aún le gustan las indulgencias tangibles.
La Diócesis de Cuernavaca, bajo su conducción, ha demostrado ser un actor político más que un simple guía espiritual. Y en política morelense, donde los intereses siempre terminan encontrándose, conviene recordar que no hay coincidencias, sino consecuencias de la presión ejercida.
Seguiremos observando. Porque el obispo, como buen comunicador político, sabe que la visibilidad de hoy es la palanca de mañana.
