La oncóloga que olvida el Juramento Hipocrático: el contraste entre el esfuerzo institucional y el maltrato a pacientes en el Hospital Parres de Cuernavaca
En el Hospital Parres de Cuernavaca, institución adscrita a la Secretaría de Salud de Morelos, el doctor Mario Ocampo Ocampo —morelense de cepa, comprometido con mejorar los servicios de salud— enfrenta día a día los problemas históricos de burocracia, deficiencias operativas, corrupción y un sindicalismo acostumbrado a canonjías y contratos leoninos.
A pesar de los recursos limitados y las crisis heredadas, Ocampo ha demostrado un compromiso real: ha logrado aumentar la carga de trabajo con prácticamente el mismo personal, manteniendo un relativo orden laboral y buscando soluciones concretas a problemas ancestrales. No alcanzará, como prometió alguna vez Andrés Manuel López Obrador, los estándares de Dinamarca, pero su dedicación al ciento por ciento y su interés genuino por superar las dificultades son evidentes.

Sin embargo, dentro de esta institución persisten contrastes dolorosos que minan la confianza de los pacientes. Una de las figuras más visibles en el servicio de Oncología es la doctora Landy Marlette Rivera Cadenas, actual jefa del departamento, oncóloga y ginecóloga conocida tanto en el sector público como en el privado.
Diversos pacientes oncológicos, familiares, médicos y enfermeras coinciden en describir un trato despótico y deshumanizado por parte de la especialista. En el Hospital Parres, donde atiende a población abierta y de escasos recursos, se reportan sus conductas que van desde la impaciencia extrema —casi “corriendo” a los pacientes— hasta comentarios directos y crueles sobre el pronóstico de los enfermos. Muchas personas con cáncer han escuchado de sus labios que los tratamientos paliativos son “inútiles” o que su situación es tan grave que poco se puede hacer, sin aparente empatía ni contención emocional.
Esta actitud contrasta fuertemente con el comportamiento que, según testimonios, la doctora exhibe en el lujoso Hospital San Diego de Cuernavaca, donde también ofrece servicios de Oncología. Allí, el trato parece ser distinto, más medido y profesional, lo que genera una percepción de doble estándar según el origen socioeconómico del paciente.
Este tipo de conducta choca frontalmente con el Juramento Hipocrático, que todo médico pronuncia al iniciar su práctica profesional. Entre sus principios fundamentales se encuentran:
“Consideraré a mis semejantes como hermanos y, en cuanto de mí dependa, no pediré a los enfermos más de lo que puedan dar.”
“Entraré en las casas para socorro de los enfermos y me abstendré de todo mal y de toda injusticia.”
“Jamás daré a nadie, aunque me lo pidan, un remedio mortal, ni tomaré iniciativa alguna con este fin.”
Y, sobre todo, el compromiso implícito de no causar daño (primun non nocere) y tratar al paciente con dignidad, compasión y respeto, independientemente de su condición económica o pronóstico.
Cuando una oncóloga, encargada de acompañar a personas en uno de los momentos más vulnerables de su vida, les arrebata esperanza con frialdad o las hace sentir una molestia por su mera presencia, no solo falla como profesional: traiciona la esencia misma de la medicina.
Es necesario que las autoridades de Salud de Morelos, encabezadas por el doctor Mario Ocampo, revisen con seriedad estos señalamientos.
Mejorar la infraestructura y los recursos es importante, pero resulta insuficiente si el trato humano sigue siendo deficiente. Los pacientes con cáncer merecen competencia técnica, sí, pero también dignidad, respeto y verdadera vocación de servicio.

