NADA QUE INTERCAMBIAR: CUERNAVACA VIAJA A CHINA CON LAS MANOS VACÍAS
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Lunes 3 de agosto de 2026
El alcalde José Luis Urióstegui Salgado está en China. Diez días de gira oficial para “intercambiar experiencias de desarrollo urbano” con autoridades de un país que construye megaciudades, opera sistemas de videovigilancia de escala continental y planifica con décadas de anticipación. Mientras tanto, en Cuernavaca la realidad sigue siendo otra: la de una ciudad que acumula agravios urbanos más que logros exportables.
Hablar de “intercambio” implica que ambas partes tienen algo valioso que ofrecer. China tiene tecnología, infraestructura, capacidad de ejecución y un modelo de control urbano que, nos guste o no, funciona a una escala que México apenas imagina. ¿Y Cuernavaca? La neta es que no tiene casi nada que poner sobre la mesa.
Los rezagos son evidentes y de larga data. El bacheo se anuncia como logro cada temporada de lluvias, pero las avenidas siguen siendo un campo minado. Las inundaciones se repiten en las mismas zonas porque el drenaje pluvial nunca se resolvió de fondo. El agua llega con intermitencia a colonias enteras mientras en otras se desperdicia. La basura se acumula en camellones y calles secundarias a pesar de los operativos de “mejoramiento de imagen urbana”. El transporte público es precario, saturado e inseguro. Y la movilidad sigue dominada por el automóvil en una ciudad que creció sin planeación seria.
La seguridad, el tema que más se presume con el C2 y las promesas de miles de cámaras, tampoco es un modelo. Morelos y su capital cargan con tasas de violencia que obligan a hablar de prevención y tecnología, pero la percepción ciudadana y las cifras siguen lejos de ser ejemplo para nadie. Mostrar el centro de comando a delegaciones chinas que manejan redes de cientos de miles de cámaras resulta, en el mejor de los casos, un ejercicio de marketing local. En el peor, una ironía cruel.
Cuernavaca fue alguna vez “la ciudad de la eterna primavera”. Hoy es una ciudad de contrastes dolorosos: un centro histórico que intenta sobrevivir al abandono y a la informalidad, colonias populares con servicios deficientes, zonas residenciales que se cierran sobre sí mismas y una periferia que crece sin orden. La pérdida de áreas verdes, la presión inmobiliaria y la falta de una visión metropolitana clara han convertido lo que debió ser una ventaja climática y geográfica en un recurso desperdiciado.
No se trata de negar que existan esfuerzos. Se bachea, se podan árboles, se limpian camellones, se habla de más cámaras. Son acciones necesarias, pero insuficientes y, sobre todo, no constituyen un “modelo de desarrollo urbano” que interese a ciudades chinas que planifican a 20 o 30 años. Lo que Cuernavaca puede aprender de China es mucho: ejecución, escala, integración tecnológica, disciplina en el uso del suelo. Lo que puede enseñar es prácticamente nada, salvo cómo se gestiona (o se sobrevive a) el rezago crónico, la improvisación y la distancia entre el discurso y la calle.
El viaje se paga con recursos propios, se dice, y el Cabildo lo autorizó. Eso evita una crítica presupuestal inmediata. Pero no evita la pregunta de fondo: ¿para qué se va a intercambiar experiencias cuando lo que se tiene es, esencialmente, una lista de pendientes? La diplomacia municipal puede abrir puertas, atraer proveedores de tecnología o generar fotografías. No convierte automáticamente a Cuernavaca en interlocutor de igual a igual.
La neta es simple. Mientras el alcalde recorre China hablando de cooperación y desarrollo urbano, en Cuernavaca siguen los mismos agravios de siempre: baches, inundaciones, basura, agua irregular, inseguridad y una planeación que nunca terminó de cuajar. Viajar está bien. Presumir está bien. Pero confundir el deseo de modernidad con la posesión de un modelo exportable es otra cosa.
Cuernavaca no tiene, hoy, nada significativo que ofrecer al desarrollo chino. Y reconocer esa realidad —sin victimismos ni triunfalismos— es el primer paso para dejar de vender humo y empezar a construir ciudad de verdad.
