EL RESPALDO PRESIDENCIAL NO BASTA: MORELOS Y LA HORA DE OXIGENAR EL GABINETE
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Lunes 24 de agosto de 2026
Durante más de cinco décadas de ejercicio periodístico he visto pasar a doce gobernadores de Morelos, incluida la primera mujer en ocupar el cargo, Margarita González Saravia. Cambiaron los partidos, las circunstancias nacionales, los estilos personales y hasta la forma de ejercer el poder, pero hubo una constante: para un gobernador de Morelos siempre ha sido importante contar con el respaldo del presidente de la República. Ese apoyo no resuelve por sí mismo los problemas estatales, pero históricamente ha servido como una poderosa red política cuando aparecen las turbulencias.
Todos los gobiernos enfrentan, tarde o temprano, crisis de gobernabilidad o problemas de gobernanza. Conviene distinguirlas. La gobernabilidad se pone en riesgo cuando la autoridad pierde capacidad para conducir políticamente al estado, procesar conflictos, generar acuerdos y mantener estabilidad. La gobernanza se deteriora cuando las instituciones y los funcionarios dejan de responder eficazmente a las necesidades sociales. Una puede terminar alimentando a la otra. Un gobierno que administra mal puede comenzar perdiendo eficacia y terminar perdiendo autoridad política.
Morelos tiene suficientes antecedentes para saberlo. Gobernadores de distintos signos políticos atravesaron conflictos graves y lograron sortearlos, algunos con mayores dificultades que otros. El caso excepcional sigue siendo el de Jorge Carrillo Olea. Llegó al gobierno en 1994 y salió anticipadamente en 1998, en medio de una acumulación de factores políticos y sociales, con la inseguridad y la crisis de secuestros como elementos centrales. Para entonces ya era evidente que no contaba con el respaldo político suficiente del presidente Ernesto Zedillo. Finalmente fue sustituido por Jorge Morales Barud. Aquellos años permanecen en la memoria política de Morelos como uno de los periodos de mayor inestabilidad de nuestra historia contemporánea.
En el extremo contrario estuvo Lauro Ortega Martínez. Su cercanía con Miguel de la Madrid Hurtado no era producto de las fotografías protocolarias ni de las declaraciones circunstanciales: existía una relación política y personal sólida. El respaldo presidencial facilitó durante aquel sexenio proyectos, inversiones y obras que transformaron diferentes regiones del estado. Pero Lauro Ortega tenía además algo que ningún presidente puede transferir mediante decreto: oficio político. Sabía escuchar, negociar, contener, conceder cuando era necesario y ejercer autoridad cuando las circunstancias lo exigían. El respaldo de Los Pinos era importantísimo, pero había capacidad propia para convertirlo en resultados.
Ahí está precisamente la lección para el presente.
Margarita González Saravia parece contar con un respaldo muy importante de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. Esa relación constituye un activo político para Morelos. La coincidencia partidista, la comunicación con el Gobierno federal y la posibilidad de impulsar proyectos conjuntos proporcionan a la gobernadora condiciones que otros mandatarios estatales hubieran deseado. Puede darle tranquilidad para gobernar y fortaleza frente a eventuales presiones. Sin embargo, sería un error confundir respaldo presidencial con inmunidad política.
Porque las crisis generalmente no comienzan en Palacio de Gobierno. Empiezan abajo, en los problemas que no fueron atendidos; en el conflicto pequeño que alguien menospreció; en el funcionario que dejó de escuchar; en la protesta que nadie quiso recibir; en el compromiso incumplido; en la organización social que encontró cerradas las puertas; en una decisión mal comunicada o en la incapacidad de algún secretario para detectar que aquello que parecía un asunto menor estaba convirtiéndose en un problema político.
Son los famosos “problemas domésticos”.
Y esos problemas son responsabilidad exclusiva del gobierno estatal. Claudia Sheinbaum puede respaldar políticamente a Margarita González Saravia, impulsar inversiones para Morelos y mantener una relación cercana con ella, pero no puede venir a Cuernavaca a resolver cada conflicto administrativo, político o social provocado por funcionarios estatales que carezcan de sensibilidad, experiencia o capacidad de negociación. Esa tarea corresponde al gabinete de la gobernadora.
Por eso hay áreas donde la pericia política resulta indispensable. No basta administrar expedientes, organizar reuniones, emitir comunicados o esperar que los conflictos se desgasten solos. Gobernar significa anticiparse. Un buen operador político no es quien apaga incendios todos los días, sino quien evita que la chispa se convierta en incendio. Y cuando determinados funcionarios comienzan a ser señalados reiteradamente por falta de resultados, desgaste prematuro, incapacidad de interlocución o por no marchar al ritmo de quien encabeza el Ejecutivo, la gobernadora debe preguntarse cuánto cuesta mantenerlos y cuánto podría costarle sustituirlos.
En política también existe el desgaste por permanencia. Hay funcionarios que llegan con enormes expectativas y pocos meses después muestran sus limitaciones. Otros alcanzan rápidamente su nivel de incompetencia. Algunos funcionan extraordinariamente bien en una posición técnica, pero fracasan cuando se les exige operación política. Y existen también quienes comienzan a comportarse como si el cargo les perteneciera, olvidando que solamente administran temporalmente una responsabilidad pública.
Ningún colaborador debería convertirse en indispensable.
Mucho menos cuando su permanencia comienza a generar un costo para quien gobierna. Un secretario cuestionado rara vez absorbe durante mucho tiempo todo el desgaste: tarde o temprano éste termina trasladándose a la titular del Ejecutivo, porque ante la sociedad existe una pregunta inevitable: si el funcionario no funciona, ¿por qué sigue ahí?
Esa pregunta puede ser más corrosiva que el problema original.
Por ello Margarita González Saravia debería realizar periódicamente una evaluación rigurosa de su equipo. No para satisfacer presiones mediáticas, venganzas políticas o intereses de grupos, sino para determinar quién está cumpliendo, quién conserva capacidad de interlocución, quién resuelve problemas, quién genera innecesariamente nuevos conflictos y quién simplemente ya agotó su ciclo dentro de determinada responsabilidad.
La oxigenación de un gabinete es una práctica normal en cualquier administración. Permite introducir nuevas capacidades, modificar inercias y enviar una señal hacia dentro y hacia fuera del gobierno: los cargos no son patrimonio personal de nadie. Si Margarita González Saravia llegara a la conclusión de que alguno de sus colaboradores ya no responde a las necesidades de su administración, relevarlo demostraría autoridad, no debilidad.
También permitiría despejar cualquier percepción de compromisos personalistas, afectos particulares o cuotas intocables. Una gobernadora debe tener colaboradores cercanos y personas de confianza; sería absurdo pretender lo contrario. Pero existe una frontera que nunca debería cruzarse: cuando la confianza personal comienza a estar por encima de la eficacia pública. Llegado ese momento, conservar a alguien deja de ser lealtad y puede convertirse en un costo político.
El verdadero respaldo que necesita un gobernador comienza dentro de su propio gobierno.
De poco serviría tener abiertas las puertas de Palacio Nacional si algunas oficinas estatales permanecen cerradas a los ciudadanos, a los sectores productivos, a los presidentes municipales, a las organizaciones sociales o a quienes buscan interlocución para evitar conflictos. Tampoco bastará una excelente relación con la Federación si los problemas cotidianos de Morelos comienzan a acumularse hasta producir una percepción de inmovilidad.
Margarita González Saravia dispone todavía de una ventaja considerable: puede corregir antes de que los problemas domésticos se conviertan en problemas estructurales. Tiene respaldo presidencial, legitimidad política y la oportunidad de realizar ajustes sin que éstos necesariamente sean interpretados como consecuencia de una crisis. Precisamente por eso, si considera necesario oxigenar su gabinete, el mejor momento es antes de necesitar hacerlo bajo presión.
La historia política de Morelos demuestra que ninguna estabilidad es permanente.
Jorge Carrillo Olea comprobó dolorosamente lo que significa enfrentar una crisis profunda sin suficiente respaldo presidencial. Lauro Ortega demostró, desde el otro extremo, cuánto puede lograrse cuando coinciden apoyo federal, liderazgo estatal y oficio político. Pero existe una tercera enseñanza que no deberíamos perder de vista: ni siquiera la amistad o cercanía con un presidente sustituye la eficacia de un gabinete.
Claudia Sheinbaum puede respaldar a Margarita González Saravia.
Pero gobernar Morelos le corresponde a Margarita González Saravia.
Y precisamente porque el poder desgasta —a veces mucho más rápido de lo previsto—, la gobernadora tendrá que decidir quiénes todavía pueden acompañarla eficazmente durante el resto del camino y quiénes comenzaron a convertirse en parte del problema. Hacer ajustes oportunos no debilita a un gobierno. Muchas veces lo salva de tener que hacerlos demasiado tarde.
En política, como en tantas cosas, siempre resulta menos costoso cambiar una pieza a tiempo que reparar después toda la maquinaria.
