Después de la violencia queda otra crisis: desaparecidos, cuerpos sin nombre y familias sin respuestas en Morelos
La violencia en Morelos no termina cuando cesan los disparos ni cuando las autoridades retiran un cuerpo de la escena del crimen.
Detrás de los homicidios y las desapariciones se ha formado otra crisis, menos visible pero igualmente dolorosa: la acumulación de personas desaparecidas, restos pendientes de identificación y familias que durante meses o años esperan saber qué ocurrió con sus seres queridos. Las recientes denuncias de colectivos de búsqueda en la zona oriente vuelven a colocar sobre la mesa las limitaciones institucionales para investigar, identificar y devolver una respuesta a quienes viven en una incertidumbre permanente.
El problema tiene antecedentes graves en la entidad. Los casos de las fosas de Tetelcingo y Jojutla exhibieron desde hace años deficiencias en el manejo, registro e identificación de cuerpos por parte de las instituciones encargadas de procurar justicia. Desde entonces, colectivos de familiares han insistido en fortalecer los servicios periciales, mejorar los bancos de información genética y acelerar la confronta de perfiles de ADN. Sin embargo, el rezago forense continúa apareciendo como uno de los grandes pendientes de Morelos, ahora agravado por una violencia que sigue generando víctimas y nuevas investigaciones.
Existe además un círculo particularmente preocupante. Cada desaparición que no se investiga con rapidez puede convertirse en un expediente estancado; cada cuerpo que permanece sin identificar representa posiblemente una familia que continúa buscando. La crisis de desaparecidos y la crisis forense son, por ello, dos caras del mismo problema. No basta localizar fosas, recuperar restos o contabilizar cadáveres: se necesitan especialistas, laboratorios, bases de datos compatibles, recursos suficientes y coordinación entre Fiscalía, comisiones de búsqueda y autoridades estatales y federales. Sobre todo, se requiere impedir que la burocracia prolongue indefinidamente el sufrimiento de las familias.
Morelos enfrenta entonces una consecuencia profunda de años de violencia e impunidad. La verdadera dimensión de la inseguridad no debería medirse únicamente por homicidios, robos o extorsiones, sino también por quienes desaparecen y por aquellos que, aun después de muertos, permanecen sin recuperar su identidad. Detrás de cada expediente existe una persona y detrás de cada persona una familia esperando respuestas. Ese es quizá el rostro más doloroso de la crisis: mientras las estadísticas cambian cada mes, hay familias morelenses para quienes el tiempo permanece detenido hasta encontrar a quien buscan y conocer finalmente la verdad.
