¿De qué están muriendo los jóvenes en Morelos? La estadística que merece una explicación
En Morelos estamos acostumbrados a hablar de muerte a partir de la violencia. Homicidios, accidentes y feminicidios ocupan buena parte de la conversación pública. Pero existe otra mortalidad, menos visible y quizá insuficientemente analizada: la de personas que fallecen prematuramente por cáncer, enfermedades cardiovasculares, diabetes, padecimientos renales y otras enfermedades crónicas.
La pregunta parece sencilla, aunque su respuesta podría revelar un problema de salud pública: ¿de qué están muriendo los morelenses cuando todavía deberían tener por delante varias décadas de vida?
El tema adquiere relevancia porque el Instituto Nacional de Salud Pública (INSP), con sede en el norte de Cuernavaca, mantiene distintas líneas de investigación relacionadas con las enfermedades crónicas y la mortalidad prematura. Uno de sus proyectos estudia precisamente los factores de riesgo asociados con hospitalización y muerte prematura por enfermedades crónicas no transmisibles, mediante la vinculación de información de las Encuestas Nacionales de Salud y Nutrición con registros administrativos. Los investigadores parten de un problema ampliamente reconocido: las enfermedades crónicas representan una enorme proporción de las defunciones y provocan una considerable carga de mortalidad antes de alcanzar edades avanzadas.
Esto obliga a mirar las estadísticas desde una perspectiva diferente. No es epidemiológicamente igual que una persona muera de cáncer a los 35 años que a los 85. En ambos casos aparecerá una defunción por tumor maligno, pero el primero representa una pérdida mucho mayor de años potenciales de vida y plantea preguntas sobre factores genéticos, ambientales, alimentación, obesidad, tabaquismo, exposición a sustancias nocivas, detección tardía y acceso oportuno a los servicios médicos.
Morelos tiene razones adicionales para hacerse esas preguntas. Los datos nacionales disponibles muestran que los tumores malignos se mantienen entre las principales causas de fallecimiento. Durante el primer trimestre de 2024, por ejemplo, el cáncer ocupó el tercer lugar entre las causas de muerte en Morelos, con 452 defunciones registradas en ese periodo; fue la tercera causa entre las mujeres y la cuarta entre los hombres. Por encima se encontraban las enfermedades del corazón y la diabetes mellitus, mientras que entre los varones las agresiones —homicidios— ocuparon el segundo sitio.
El panorama nacional también confirma que el cáncer ha adquirido un peso creciente. La tasa de mortalidad por tumores malignos pasó de 63.7 defunciones por cada 100 mil habitantes en 2014 a 70.9 en 2023, de acuerdo con INEGI. El incremento acumulado durante una década obliga a mirar más allá de las cifras generales y preguntarnos qué está sucediendo específicamente entre los adultos jóvenes y de mediana edad.
Pero existe otro aspecto poco conocido fuera de los círculos médicos y epidemiológicos: una persona puede llegar al final de su vida padeciendo simultáneamente diferentes enfermedades, y las estadísticas deben identificar una causa básica de defunción dentro de una cadena de acontecimientos médicos. Por ello, conocer únicamente el gran rubro bajo el cual finalmente quedó clasificada una muerte no siempre permite al ciudadano comprender toda la historia clínica que condujo al fallecimiento.
Esto no significa que las autoridades estén ocultando deliberadamente muertes por cáncer bajo la clasificación de “otras causas”, ni existe hasta ahora evidencia suficiente para afirmarlo. Sí significa que para comprender adecuadamente la mortalidad prematura necesitamos profundizar en los registros y no limitarnos a las grandes cifras agregadas. El propio INSP desarrolla herramientas que vinculan encuestas de salud, egresos hospitalarios y registros de mortalidad; una de sus investigaciones trabaja con información correspondiente a fallecimientos ocurridos entre 2006 y 2023.
INEGI dispone además de las bases de las Estadísticas de Defunciones Registradas, que permiten estudiar la mortalidad por entidad, municipio y localidad, así como por características de las personas fallecidas. Se trata de información suficientemente amplia para formular una pregunta que hasta ahora parece recibir poca atención pública en Morelos: ¿qué enfermedades están provocando la muerte de personas de 20, 30 y 40 años y cómo ha evolucionado ese fenómeno durante la última década?
La investigación tendría que separar cuando menos los grupos de 20 a 24, 25 a 29, 30 a 34, 35 a 39 y 40 a 44 años y observar cáncer, enfermedades cardiovasculares, diabetes, insuficiencia renal, padecimientos hepáticos y otras enfermedades crónicas. Después habría que comparar las tasas de Morelos con las nacionales y con entidades vecinas. Solamente así podremos determinar si existe un comportamiento extraordinario o si estamos frente a una percepción que los datos no respaldan.
También sería necesario identificar qué tipos de cáncer están provocando esas muertes. No basta saber cuántas personas fallecieron por tumores malignos. Importa conocer si existe crecimiento de determinados cánceres entre adultos jóvenes, si afecta particularmente a mujeres u hombres, si aparecen concentraciones en determinados municipios y, sobre todo, si las personas están llegando demasiado tarde al diagnóstico y al tratamiento.
El asunto adquiere incluso cierta paradoja. Morelos alberga al Instituto Nacional de Salud Pública, una institución dedicada precisamente al análisis de los grandes problemas sanitarios del país. El INSP mantiene proyectos para estudiar la carga económica de la mortalidad prematura por las principales enfermedades crónicas y para vincular enormes bases de información sanitaria con el propósito de entender mejor sus causas y consecuencias.
Por eso, antes de generar alarma, corresponde hacer preguntas. A la Secretaría de Salud de Morelos y al propio INSP les tocaría explicar qué está ocurriendo con la mortalidad prematura en nuestra entidad: cuántos morelenses están muriendo antes de los 45 años por enfermedades graves, cuáles son las principales causas, cómo han evolucionado durante los últimos diez años y si existen señales epidemiológicas que deban preocuparnos.
La violencia mata y sus víctimas son inmediatamente visibles. Las enfermedades crónicas, en cambio, avanzan muchas veces silenciosamente y sus víctimas terminan convertidas en números dentro de enormes bases estadísticas. Quizá ha llegado el momento de mirar esos números con mayor detenimiento.
Porque la pregunta verdaderamente importante no es solamente cuántos morelenses están muriendo de cáncer, diabetes, enfermedades cardiovasculares o padecimientos renales.
La pregunta que debería preocuparnos es cuántos están muriendo antes de tiempo.
