CLAUDIA SHEINBAUM: LA GUARDIANA DEL LEGADO Y LOS EXPEDIENTES

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Martes 1 de septiembre de 2026
¿Para qué se invirtieron tantos recursos políticos, propagandísticos, electorales y gubernamentales en convertir a Claudia Sheinbaum Pardo en presidenta de la República? La respuesta comienza a dibujarse con mayor claridad: para garantizar la continuidad del proyecto personal de Andrés Manuel López Obrador y colocar en Palacio Nacional a alguien capaz de proteger su legado, a sus hijos, a su círculo íntimo y a figuras distinguidas de la llamada Cuarta Transformación. No afirmo que las acusaciones existentes equivalgan automáticamente a culpabilidad; afirmo algo diferente y políticamente verificable: desde la Presidencia se construye una defensa anticipada de los señalados, aun antes de que las instituciones investigadoras agoten su trabajo.
El 28 de febrero de 2023 publiqué una columna titulada “LAS BURLAS”. Había advertido que López Obrador respondería con insultos, desprecio y sarcasmo a la movilización ciudadana del domingo 26 de febrero (dos días antes) en defensa del Instituto Nacional Electoral. No me equivoqué. Desde su conferencia mañanera atacó a los participantes y redujo una expresión multitudinaria a una concentración de corruptos, conservadores, hipócritas y defensores de privilegios. Aquella era su especialidad: no responder al argumento, sino degradar moralmente a quien se atreviera a formularlo.
Durante seis años, López Obrador gobernó también mediante la burla. El apodo, la caricaturización y el escarnio fueron armas de poder. No necesitaba probar que un periodista, empresario, científico, juez, ambientalista, integrante de la clase media o miembro de la oposición fuera corrupto; bastaba con colocarlo diariamente en el paredón verbal de Palacio Nacional. La mañanera no era solamente una conferencia: funcionaba como tribunal político sin derecho de réplica. Ahí se repartían certificados de honestidad entre los leales y condenas públicas contra los adversarios.
Claudia Sheinbaum no posee ese histrionismo. Cuando intenta imitar a su antecesor, la representación se nota forzada. Es más recatada, calcula sus palabras y en ocasiones parece frenar antes de cruzar la línea del insulto. Pero la diferencia está en el estilo, no necesariamente en el propósito. López Obrador ridiculizaba; Sheinbaum reformula. Él atacaba directamente al mensajero; ella cuestiona el origen de la información. Él gritaba “calumnia”; ella habla de “campañas”, “asuntos políticos”, “versiones sin pruebas” o intereses de la oposición.
El mecanismo quedó expuesto ante los señalamientos contra Andrés Manuel López Beltrán. Frente a versiones periodísticas que han intentado relacionarlo con el huachicol fiscal y ante la revocación de su visa estadounidense, Sheinbaum aseguró que “no hay nada” en su contra, negó que estuviera bajo investigación de la Fiscalía General de la República y atribuyó el episodio a motivaciones políticas. La presidenta tiene razón al exigir pruebas y respetar la presunción de inocencia. Sin embargo, una cosa es no condenar sin evidencia y otra muy distinta es expedir desde Palacio Nacional un certificado anticipado de inexistencia de responsabilidades.
Algo semejante ocurrió con Adán Augusto López Hernández y el caso de Hernán Bermúdez Requena, quien fue secretario de Seguridad de Tabasco y quedó bajo graves señalamientos por sus presuntos vínculos con una organización criminal. Sheinbaum insistió en que no existían pruebas contra el exgobernador y hasta reconstruyó una narrativa según la cual López Obrador y el propio Adán Augusto habrían buscado separar a Bermúdez. En lugar de exigir una investigación independiente sobre quién sabía qué, desde cuándo lo sabía y por qué el personaje permaneció en una posición estratégica, la Presidencia se apresuró a levantar una muralla alrededor de dos figuras fundamentales del obradorismo.
La misma lógica aparece cuando los escándalos rozan el sexenio anterior: el huachicol fiscal, las irregularidades de Segalmex, los negocios vinculados a personajes cercanos al poder, las redes detectadas en aduanas y los señalamientos sobre mandos o familiares de altos funcionarios. Sheinbaum repite que no habrá impunidad y que las investigaciones llegarán hasta donde existan pruebas, pero simultáneamente sostiene que el gobierno de López Obrador fue honesto y que las acusaciones forman parte de una ofensiva conservadora. ¿Cómo puede garantizarse una investigación sin límites cuando de antemano se declara moralmente intocable al régimen donde presuntamente germinaron los hechos?
Ahí reside el verdadero problema. No se trata únicamente de determinar si López Obrador continúa dando instrucciones desde Palenque. El expresidente no necesita descolgar el teléfono todos los días si dejó instalados a sus cuadros en el gobierno, Morena, el Congreso y numerosas instituciones. Su mayor blindaje no es personal, sino estructural. Claudia Sheinbaum recibió la candidatura, la maquinaria partidista, los programas sociales, la movilización territorial y la herencia política del fundador. Y toda herencia impone obligaciones.
Por eso cabe preguntar si México eligió a una presidenta de la República o a la albacea política del obradorismo. Su obligación constitucional no consiste en cuidar la tranquilidad de López Obrador, de sus hijos, de sus amigos ni de los personajes emblemáticos de la 4T. Su obligación es permitir que las fiscalías, los tribunales y los órganos fiscalizadores trabajen sin consignas, vetos ni absoluciones presidenciales. La presunción de inocencia debe proteger a todos, pero no puede convertirse en presunción de santidad para quienes pertenecen al grupo gobernante.
López Obrador utilizó las burlas para desactivar los cuestionamientos. Sheinbaum utiliza una narrativa más sobria para contenerlos. Cambió el tono, pero el escudo permanece. Y si Claudia fue colocada en Palacio Nacional para proteger al expresidente y administrar el cierre de sus expedientes políticos, entonces no habrá segundo piso de la transformación: habrá solamente un enorme techo de impunidad construido sobre el primero.
