MORENA: DOBLE MORAL Y DOBLE DISCURSO
LA CRÓNICA DE MORELOS
Martes 1 de septiembre de 2026
La doble moral consiste en exigir a los demás una conducta que uno mismo no está dispuesto a observar; el doble discurso, en proclamar principios para consumo público mientras se practica exactamente lo contrario en privado. Cuando ambos convergen en el poder, el resultado tiene un nombre inevitable: hipocresía.
La “austeridad republicana” y la “pobreza franciscana” pregonadas durante seis años por Andrés Manuel López Obrador terminaron convertidas en un montaje político: una escenografía cuidadosamente levantada para persuadir a millones de mexicanos de que había surgido una nueva clase gobernante, desprendida de los lujos, enemiga de los privilegios y moralmente superior a todos sus antecesores. Hoy sabemos que el problema no era vivir con comodidades, sino condenarlas desde la tribuna mientras familiares, dirigentes y funcionarios disfrutaban aquello que señalaban como símbolo de corrupción.
La escena más reciente parece escrita para ilustrar esa contradicción. El pasado 24 de agosto, Andrés Manuel “Andy” López Beltrán, secretario de Organización de Morena e hijo del expresidente, fue captado en una reunión de más de cinco horas en el restaurante Magazzino, ubicado en la colonia Condesa de la Ciudad de México. Lo acompañaban su hermano Gonzalo, Daniel Asaf y otros personajes; según las imágenes y versiones difundidas, hubo tequila y una botella de vino Sassicaia cuyo precio comercial oscila entre 16 mil y 24 mil pesos. Andy tiene derecho a comer y beber donde pueda pagarlo; lo que resulta políticamente ofensivo es que forme parte de una élite construida sobre el sermón de la medianía. No es el vino lo que escandaliza, sino el abismo entre la prédica franciscana y la mesa principesca.
Morena se parece cada vez más al PRI de sus años hegemónicos y casi monárquicos: una familia colocada en el centro del sistema, una burocracia que confunde partido, gobierno y patrimonio, dirigentes que se consideran depositarios exclusivos de la virtud y una maquinaria dedicada a desacreditar cualquier cuestionamiento. Cambiaron los colores, las consignas y los apellidos, pero permanecen los mismos vicios estructurales, la misma deshonestidad y las mismas mentiras. La llamada transformación no desmontó el antiguo régimen: recicló su culto al líder, su disciplina cortesana y su inclinación por los privilegios. La diferencia es que ahora todo se cubre con una retórica de pueblo, mientras los nuevos potentados comen, viajan y viven como la élite que prometieron desterrar.
Abajo permanece un México de salarios insuficientes, hospitales sin medicamentos, familias endeudadas, trabajadores informales y millones de personas obligadas a escoger entre alimentos, transporte o atención médica.
La comparación con la Francia anterior a la Revolución no es gratuita: mientras la monarquía y la aristocracia disfrutaban privilegios, el Estado estaba quebrado, los impuestos recaían principalmente sobre el pueblo y la escasez encarecía el pan hasta volverlo inaccesible. A María Antonieta se le atribuyó la frase “que coman pastel”, aunque no existe evidencia de que realmente la pronunciara; sobrevivió porque resumía la indiferencia de una corte aislada frente al hambre popular. En el México morenista tampoco hace falta que nadie repita aquella frase: basta observar el banquete de los herederos mientras al pueblo se le sigue sirviendo austeridad.
